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Llegó la película anhelada por muchos. Y con mucho ruido y amplia publicidad, con tanta fantasía como es la obra cinematográfica en sí. Pero detrás de tanta parafernalia, uno se plantea en seguida la cuestión del cine de modo crucial después de los primeros segundos de la película. Se ve a Audreu Tautou y a Tom Hans moverse de una parte para otra tras haberlos visto inmóviles en la portada de las revistas. Rodada en Francia e Inglaterra, los actores de estas naciones brillan por su ausencia. Son juguetes rocambolescos que hablan como charlatanes contra la naturaleza de Cristo y la mafia de la Iglesia.
Da Vinci es el encuentro entre Sophie Neveu y Robert Langdon alrededor de del asesino del abuelo de la primera. Juntos quieren dilucidar el enigma supremo que va a llevarles a la búsqueda del Grial. Mientras que no se comprende por qué la intriga se oscurece con misterios, uno se da cuenta de que Da Vinci es ante todo una novela de estación. El guión sigue a la novela. Y el lenguaje debe ser distinto. Por eso, al no saber Ron traducir el libro a la imagen, todo resulta un tostón por el ritmo horrible y la falta de elipsis en los sermoncetes gnóstico-mistéricos. Sea cual sea el éxito de la novela, nada haría pensar que se pudiera llegar a tantas necedades en el cine. Los acontecimientos se encadenan forzosamente sin tener relación unos con otros. Los solos sofismas llevan a la siguiente escena y permiten que la historia avance a saltos. Constituida por elementos sencillamente fijados, tan sólo se justifica gracias a complicaciones inútiles de términos oscuros que no hacen nada más que subrayar la vaciedad del film.
Las secuencias de flash-back (vueltas atrás en el tiempo) —sobre todo las de las Cruzadas, la conversión de Constantino, la vida de María Magdalena y su crac-crac con Jesús— están mal dirigidas, filmadas con una foto de grano poco adecuado y de color deslavado, y subrayan continuamente que estamos en el campo del recuerdo. Tanto que se llega uno a cansar. Y es que a fuerza de repetir las necedades, entra la tentación de sacar la limusina transformada en ambulancia.
La única razón para los curiosos reside en el hecho de que el film ha sido censurado en numerosos países por sus propósitos religiosos censurados como blasfemos. Ciertamente, el Código Da Vinci es un cine malo. Todo el mundo estará de acuerdo. Y también es verdad que Ron Howard, artesano de cine, ha realizado esta mala película con plena libertad idiota. Y por dinero. En el fondo no importa quién pueda decir qué. Es un signo de libertad del creador —que no lo es— así como lo es también del espectador. Y se presenta en Cannes. Se ve que el ridículo no tiene límites. Así Da Vinci se encuentra crucificado por la crítica. Film sin importancia artística pero ofensivo por su falseamiento de la historia que cuenta.
Y la historia: Asesinato del jefe de la sociedad secreta la Orden de Sión en la Gran Galería del Louvre.
Orientación educativa: No es apta para nadie. Sólo personas con formación y criterio critico.
©2006 Felipe Santos