APRENDER A NADAR...

Era algo que tenía siempre en mente, unas veces por falta de tiempo y otras por el miedo, lo fui aplazando año tras año. Hasta que un día pensé que ya era hora de aprender a nadar, y me dirigí a la piscina, con toda la ilusión del mundo y al igual que un niño que va por primera vez, fascinada por el evento.

Me daba igual que los demás viesen la edad que tenía, que no sabía nadar y que me daba mucho miedo, pensé que con esa valentía era suficiente para empezar algo que parecía fácil de aprender. De lo que no era consciente, era del pánico que tenía al verme en el agua, pensé que únicamente era algo de miedo, pero el pánico se mostró con toda su crudeza.

Al principio no salía de la escalera de la piscina, lo cual me venía bien, según el monitor, para ir practicando respiración, ejercicios de brazos y familiarizarme con el hecho de estar dentro de la piscina. Lo tremendo empezó cuando el monitor decidió entrar en el agua para hacer otros ejercicios e ir soltándome un poquito de la escalera.

Al principio no parecían tener dificultad para mí, pero cuando me agarro de las manos e intento llevarme nadando por toda la piscina, ahí empezó la pesadilla. Fue como si de repente abrieses una puerta donde se escondía monstruos detrás y empezaran a salir uno tras otro.

Pánico… mucho pánico… miedo… mucho miedo… gritos… muchos gritos… llantos... muchos llantos.

De repente en toda la piscina, aunque era una visión rápida y general en busca de ayuda y auxilio, me di cuenta que todos los que estaban allí miraban asombrados, creyendo que me pasaba algo. ¡Y claro que me pasaba! era como si se te fuera la vida, y no pudieras hacer nada para evitarlo. El monitor trataba de darme confianza, y me pedía que confiara en él, pero yo no le escuchaba, todo mi ser estaba en pie de guerra pidiendo auxilio. Era como si toda mi vida pasara por mi mente, como en esas experiencias que tiene la gente cuando esta alborde de la muerte.

Puede que parezca algo exagerado lo que estoy contando, pero creo que me quedo corta, nunca pensé que el pánico que había en mi fuera tan grande. El monitor ante los gritos decidió dejarme un tiempo pegada a la escalera, practicando movimientos y ejercicios, siempre mirando a la piscina a lo largo, para ir integrando la idea de salir a nadar, algo que pensé que nunca ocurriría.

Además de ser monitor, resultó ser una persona con unas vivencias tan claras y profundas, que en ciertos momentos se acercaba a mí, tratando de ayudarme a vencer el miedo, e intentando profundizar en mí, cosa que me encantaba porque me parece que, aunque él lo hacia de forma natural sin que fuera parte de su trabajo, es un método muy práctico para ayudar a vencer los miedos.

Pasábamos horas charlando acerca de todos los temas, parecía un libro abierto, y me contaba muchas experiencias parecidas a las mías, de gente que habían pasado por los mismo, y que al final lo consiguieron. Todo eso me ayudaba a albergar ilusión por aprender a nadar, pero cuando estaba en el agua la sensación era diferente.

Pasé semanas pegada a la escalera de la piscina, haciendo ejercicios, y cuando el monitor se dirigía hacia una de las puertas de salida, respiraba tranquila pensando que ese día no me haría nadar con él. Pero la cosa cambiaba bruscamente cuando al girarme en uno de los ejercicios de la escalera, le veía venir con el bañador y el gorro, lo cual era impactante para mí, tal es así que daba un grito solo con verle y comenzaba a decirle: “no…no…no…no quiero nadar…por favor…no..no….”

Sin hacerme mucho caso a pesar de mis gritos, entraba en el agua, dirigiéndose hacia mi como un tiburón, y sin pensárselo me agarraba de las manos, y sus palabras era: “confía en mí….confía en mí..” Yo no paraba de llorar y gritar desconsolada, hasta que el me dijo:

“¡¡¡ Rosa…escúchame !!!:… ¿ confías en mí ?

No podía fingir la respuesta:

“no…no confío en ti..”

Él me miraba riendo, creyendo que era quizás una estrategia mía para no nadar, pero ¡era cierto! No confiaba en él, el pánico no me dejaba ver con claridad. Hasta que se paró delante de mí y dijo: ¡¡¡ Escucha Rosa, tu quieres aprender a nadar, y sino te enfrentas a esos miedos, ¿ sabes qué va a pasar? Que se van agrandando en ti, y cada vez serán mayores, y lo que es peor, llevarás esos miedos a todo lo que hagas en tu vida !!!

¡¡ Por favor confía en mi !!, vamos poquito a poco, tan lento como tú quieras, que cuando yo te vea preparada, iremos un poquito más allá. Pero sí necesito que te calmes, si no no podemos hacer nada, y ya hemos aplazado esto mucho tiempo, al menos vamos a intentarlo una vez más a ver qué pasa, ¿Qué te parece ?

Me quedé sin palabras, porque además su voz firme era la voz de una persona que habla con certeza, seguridad y fortaleza, porque sabe de lo que está hablando por experiencia, lo cual me llegó hondo, y acalló un poco el pánico, que solo pretendía sacarme de allí y llevarme corriendo a casa.

Decidí intentarlo, confiando un poquito en él, y en las personas que también nadaban en ese momento en la piscina, pidiéndoles que por favor nos acompañaran en aquel paseo acuático, a lo cual nadie se negó, creo que mi cara lo expresaba todo, y se dieron cuenta que aquello era superior a mí.

A la vez que le miraba a los ojos, hacia ejercicios de respiración, y a sus palabras, de: “ muy bien Rosa, sigue así… muy bien Rosa… sigue así”, fui poco a poco deslizándome por aquella piscina que me parecía por momentos, el océano atlántico, ¡ grande y profundo !

Mientras esto ocurría dentro del recinto de la piscina, fuera del agua, la gente que me conocía y sabia de mis miedos, me alentaban, con aplausos y palabras de ánimos, que me hacían estremecer dentro del agua.

Después de aquella gran proeza para mí, al llegar a la escalera de la piscina, no podía contener el llanto, me sentía tan feliz y orgullosa de lo que había hecho, que en lugar de una piscina, parecía que había escalado el Everest...

Tanto el monitor como las demás personas, me felicitaban diciéndome lo bien que lo había hecho, y entre lágrimas les agradecía sus palabras, que para mí eran como las medallas que se dan en las competiciones.

Poco a poco me iba relajando, aunque cierto es, que aun no podía superar el miedo cuando veía al monitor entrar en el agua, yo sabía que él cada vez iría a más, y a parte de ser su misión también pretendía que fuera perdiendo los miedos terribles, que traje el primer día.

Un día, en el grupo de “la palabra” donde voy cada semana en la Iglesia, comenté lo que me estaba pasando en la piscina, y que a pesar de los miedos, seguía ilusionada, entonces una de las personas que lleva el grupo me dijo:

“ Imagina que la piscina es tu vida, y que el monitor es Dios, y hazte esta preguntas cuando estés en el agua con él:

¿Confías en Dios para dejarte llevar solo por Él ?

¿Dejas tu vida totalmente en manos de Dios?

Desde luego el ejemplo me dio de lleno; el estómago lanzó un grito de: ¿qué…pero esta esta mujer está loca… cómo se atreve a lanzarme un reto así…?, llevar esa cuestión hasta ese punto tan tremendo de mi vida, en que entrar en la piscina era toda una batalla campal, me dejó sin habla.

Me llevé las preguntas a casa, y a mitad del camino pensé, que si intento hacer un camino hacia Dios, la confianza y la fe en Él es imprescindible y vital, porque al final solo queda Dios y tú...

Había decidido que sí, mi respuesta era un sí firme y rotundo, y había que afrontarlo con todas las consecuencias, para quitarme los miedos disfrazados que albergue durante mucho tiempo, y que estaba decidida a deshacerme de ellos.

Aquel día el monitor entro en la piscina, y retuve el grito de Tarzán, que me salía por los poros, respiré profundamente, y a la pregunta del monitor:

- Rosa, ¿estás preparada?

Con un afirmativo y decidido sí, conteste, a la vez que acallaba el miedo de mí estomago que parecía una pelota de pimpón y parecía decirme:
“dile que no …que no estás preparada…que lo deje hoy…”.

Mientras nadaba, él hablaba como siempre dándome ánimos, sin dejar de mirarme a los ojos, mientras yo solo pensaba en la propuesta que me había hecho el grupo el lunes anterior.

Para mí en aquellos momentos, era Dios y yo, le agarraba las manos con tanta fuerza, que el me pidió que aflojara un poquito, mientras mentalmente repetía:
“Dios está conmigo, nada he de temer....Dios esta aquí…Dios me ayuda a seguir…Dios me cuida…. Dios me protege….Dios y yo….”
Así hasta que dimos la vuelta y llegamos a la escalera de la piscina, mientras aplaudían los amigos que estaban fuera y el monitor, por lo bien que lo había hecho, y sobre todo porque era la primera vez que no había gritado.

Me sentía tan feliz y orgullosa de mi valentía, que de vuelta a casa iba como flotando en el aire, era como los héroes cuando vienen de la guerra, dando gracias a Dios por su ayuda inmensa y por la nueva etapa que estaba comenzando en mi vida, aquella noche dormir mejor que nunca.

Estoy convencida de que la vida te va poniendo en el camino, todo aquello que necesitas para seguir adelante, para caminar, para ser feliz y para ser libre de tus ataduras.

Aquellas personas en la piscina, siempre estarán en mi corazón, porque significaron mucho para mi, no solo por lo que estaba aprendiendo, sino también por el cariño que me dieron, sin conocerme de nada, y que se convirtieron en la fuerza que necesitaba para superar aquellos miedos, disfrazados de piscina, que luego fui descubriendo que habían estado, como dijo el monitor, en muchas facetas de mi vida.

(c)2009 Rosa Díaz Santiago