LA IGLESIA Y YO

La sensación que hoy tengo cuando entro a una Iglesia es muy distinta a la que tenía hace años, tanto como la diferencia que hay entre la noche y el día. Han tenido que pasar algunas experiencias en mi vida, para que ese cambio se produjera.

Hace años no podía oír hablar de la Iglesia y todo lo que ella significa, me hacia sentir como frente a un enemigo cuando hablaba con alguien sobre ella.

Fueron muchas veces, y en ocasiones de forma repetitiva las que escuche a cerca del Dios castigador y justiciero, del cielo y el infierno, que en lugar de acercarme aunque fuera a través del miedo y por temor a condenarme, lograron en mí el efecto contrario, me alejaron más y más, hasta no querer saber nada de ella.

Nos pintaban a Dios como un enemigo, más que a un amigo. Un enemigo que estaba en constante vigilancia, para cuando te equivocaras caerte encima, ¡era terrible! Sentir que unos ojos te observaban donde quiera que fueras, y con el dedo acusador cuestionándote a cada paso, si eras bueno o malo, nos alejo de ser nosotros mismos, más y mas.

Lo menos que te inspiraba ese Dios, era amor, compasión y mucho menos perdón. Así crecimos muchas personas, creyendo que Dios te las tenía preparadas a la primera de cambio que te equivocaras, con lo cual tenías que afinar mucho, para no equivocarte y fingir que sí eras buena, cuando lo que tenías por dentro era un volcán de emociones.

Fueron muchos años con estas creencias tremendas en tu vida, que desde luego no te ofrecían ningún rumbo hacia ninguna parte, haciéndote sentir perdido y abandonado por Dios, cosa que no llegabas a entender. Pero las cosas de la vida da tantas vueltas, que nunca sabes donde están las oportunidades, hasta que a mi me llegó después de un accidente de tráfico, que aunque solo se dañó físicamente el coche y no yo sí estaba minada mi moral, porque ese fue el último de tres accidentes casi seguidos.

Después de clamar al cielo con un grito desgarrador, pidiendo ayuda desesperadamente, un día llego en manos de un familiar, que curiosamente llevaba conjuntamente con otras dos personas lo que ellos llamaban “El grupo de La Palabra” donde te ayudaban a reconducir tu vida, poniendo como ejemplo la vida de Jesús. Esto hubiera sido un regalo del cielo, en aquel momento, si luego ella no hubiese añadido como respuesta a mi pregunta que se reunían en una Iglesia.

Pero como Dios sí sabe lo que necesita cada uno, luego descubrí que en realidad sí era un regalo del cielo aquella invitación que cambio mi vida para siempre.
Estuve antes de ir toda una semana luchando con mi mente si iba o no, dándome mil razones para no ir, para ir eran muy pocas, pero hubo una muy contundente que calló mi mente. Y era el hecho de que en los últimos meses, mi vida estaba perdida, sin rumbo y sin esperanza para continuar. Al darme cuenta de que no tenia nada que perder, si no me gustaba dicha reunión, ya que en ese momento me encontraba bastante perdida, tome la decisión de ir, aquel lunes.

Mi corazón antes de entrar iba a mil por hora, la lucha entre mente y corazón se puso más tensa que nunca en aquellas horas, pero mi alma me llevó a aquella iglesia cogida de la mano porque casi me temblaban los pies, y ella sabía que todo iba a ir bien. Pasé de sentirme una extraña, mirando aquellas personas como si fueran extraterrestre, y lo que decían, a irme relajando poco a poco. Desde luego lo que decían me iba gustando, sobre todo cuando me pedían que fuese poco a poco.

Eso de que nadie te fuerce a aprender cuando eres un adulto, evitando así comportarse como aquellos profesores, que con toda la buena intención del mundo creían que la letra con sangre entraba, creo que motiva a cualquiera, sobre todo, porque le quita la presión que ejerce el ordeno y mando que a todos, cuando llegamos a la edad adulta nos atemoriza, creyendo que de repente va a aparecer por la puerta, aquella profesora/or que a nadie gustaba en el colegio, por sus métodos, y que ahora a nuestra edad lo único que conseguiría seria nuestra rebeldía.

Decidí que las primeras reuniones, no valían para valorar si me quedaba o no, ya que me encontraba muy tensa comparando el “ayer” y el “hoy” de la Iglesia, en mi vida.

Aun cuando seguía asistiendo a la reunión semanal después de varios meses, todavía quedaba resistencia en mí, aunque algo más fuerte, empezaba a hacerse cargo de la situación y comenzaba a sentir pequeños cambios en mi vida, pero era pronto para hablar de una victoria.

El impacto más grande que tuve desde que llegue a la iglesia fue conocer al sacerdote que estaba allí. Esperaba al típico sacerdote de entonces, serio y gris, al que yo pretendía olvidar. La sorpresa fue mayúscula, cuando me encontré con una persona, alegre, cordial, muy comunicativa, y sobre todo muy cercana.

Una persona del grupo me invito a ir a misa y dijo que si no me gustaba que lo dejara, ya que el sacerdote me había impactado, me dijo que al menos viniera a una misa, y a las demás decidiera yo. Me costó un poquito decidirme, hasta que aquel sábado no lo pensé más y con aquel impacto todavía en mi memoria, gratamente, la inquietud por conocer más de cerca de aquel seguidor de Cristo, me llevó a la primera misa.

Esperé a que comenzara la misa para que nadie me viera llegar y me senté en la fila que estaba cerca de la puerta, la cual me pareció estupenda por si tenía que salir corriendo, por los malos recuerdos que tenía de las misas, ¡esto es cierto! Desde luego que lo que escuche allí nada tenia que ver con mis recuerdos sobre las misas, era todo tan diferente que casi no me lo podía creer.

Nadie se movía del sitio en aquella iglesia, ni siquiera el aire se atrevía a entrar, era tal la fortaleza de sus palabras que sonaban como campanas, fuertes, claras y contundentes. Yo estaba asombrada de todo aquello, me sentía maravillada, por primera vez en muchos años, me sentía feliz al escuchar a un sacerdote. Salí de allí entre el impacto de sus palabras, y la energía vital que sentí en todo el cuerpo, que parecía que me había tomado de golpe un tubo de vitaminas.

Desde aquel día hasta hoy han pasado cinco años, y sigo asistiendo, cada vez con ilusión renovada y sobre todo con muchas ganas de aprender a vivir, de llevar a cabo, la vivencia que Jesucristo nos dejó, esa vivencia que aún hoy parece nueva.

Desde luego el concepto que tenia de la iglesia, ha pasado a la historia, sobre todo porque he comprendido que cada uno te da lo que tiene, con la mejor intención, y que los tiempos cambia a todos y a todo lo que nos rodea. Si alguien me hubiese dicho entonces que algún día estaría en una iglesia de forma activa, ayudando en todo lo que puedo, me hubiese echado a reír o quizás me hubiese enfadado, porque en aquel momento era algo imposible.

Hoy en cambio, cuando estoy dentro de la iglesia que me acogió me siento como en casa, siento que he llegado al lugar que tantas y tantas veces he buscado por otros lugares.

En esta vida no hay nadie perfecto, nadie que este libre del error, y la iglesia no está exenta de esta circunstancia.
En esta Iglesia he conocido gente, que día a día, regala tiempo de sus vidas para ayudar a los demás, sin pedir nada a cambio, y lo más importante, es que lo hacen de corazón, y eso es lo mas grande que pueda hacer el ser humano.

También se de personas, que repartidas por todo el mundo, en todos los lugares y en todas las circunstancias, regalan tiempo de sus vidas para ayudar a aquellos menos favorecidos en la vida, e incluso muchos de ellos, han sido capaces de cambiar el rumbo de sus vidas, en una sociedad con toda las comodidades, para ir a sitios inhóspitos, llenos de pobreza, de guerras y enfermedades, ayudando a personas que no conocen de nada, pero que algo si les hace parecidos, en el amor a los demás, el amor que Jesucristo derrama en todos nosotros, y ellos como portadores de ese mensaje de buena nueva, de Esperanza y de Luz, en un mundo aparentemente oscuro por la circunstancia, se convierten en luz de acá para allá, llevando vida y alegría por donde quiera que vayan, en nombre de Jesucristo.

El bien que la Iglesia hace cada día por el mundo, te hace pensar que tanta gente no puede estar equivocada y el hecho de que se cometan errores es inevitable allí donde este el ser humano, en todas las facetas de la vida.

Da igual que le llames Iglesia, que le llames padres, que le llames profesores, que les llames médicos, que les llames jueces, que les llames políticos….etc.

Quizás la respuesta podría estar en esta frase:

“El que esté libre de culpa, que tire la primera piedra...”

No se puede juzgar a todas las personas que componen la Iglesia, por aquellos que cometen errores, si lo hiciéramos así no existiría sociedad, porque mires donde mires, allí vas a encontrar errores.

Jesucristo nos dejó un mensaje, que habla por si solo, un mensaje que coloca a cada uno en su lugar, un mensaje que nos hace más humanos y más compasivos con los demás, y que nos cuestiona de dentro a fuera:

“ Amaos los unos a los otros, como yo os he Amado”

Si Él nos amó tal cual somos, con errores, con orgullos, con soberbias, con prepotencia, con ira, con rabias….que incluso en la cruz tuvo palabras de amor, para aquellos que le crucificaron:

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”

¿Quiénes somos nosotros para juzgar a los demás; quiénes nos creemos que somos; acaso pensamos que estamos en posesión de la verdad.. ?

Otra frase celebre suya, que nos deja sin palabras:

“La Verdad os hará libres”

Que nos hace pensar antes de hablar, razonando que es mejor investigar, conocer y entender a los demás un poquito más de cerca .

Lo cierto, es que ha cambiado mi forma de ver la vida, ha cambiado mis esquemas, mis sentimientos hacia los demás, la forma de reconducir mi vida, y lo sigue haciendo con ilusión, ya que cada vez que escucho las homilías me reconforta el alma y la Eucaristía me acerca más a Dios.

Intento llevar a la practica todo ese mensaje de vida, Esperanza, Perdón, y Compasión hacia la realidad que vive el otro, que también es parte de mí, a compartir lo que tengo y lo que soy con los demás, como regalo de la vida, que también nos regala a nosotros en la vida de los demás.

Una de las cosas más importante que he aprendido y estoy aprendiendo en esta Iglesia donde el Señor condujo mis pasos, ha sido encontrarme a mi misma, encontrar a la persona que soy de verdad, la persona desconocida en mí y que tanto había buscado.

Cuando escuche en una ocasión en la Iglesia, estas palabras:

“Dios te Ama tal cual eres, no tienes que fingir ser otra persona, El sabe lo que hay en tu corazón, y la única manera de llegar a Dios, a través de Jesucristo, es siendo tú misma”

Aquel día no pude contener las lágrimas en la reunión, me llegaron al alma aquellas palabras que parecieron acogerme con dos brazos abiertos, a un caminante cansado de caminar, sentí que comenzaba de nuevo, y que a pesar de mis cuarenta y cuatro años, estaba naciendo de nuevo a la vida.

(c)2009 Rosa Díaz Santiago