La fe del sabio: actividad científica y creencia religiosa
Juan Arana

Cuando Charles Darwin se convirtió en una personalidad famosa y controvertida, muchos le preguntaron acerca de sus convicciones religiosas. En carta dirigida a un corresponsal interesado en la cuestión, hizo el siguiente comentario: «Hasta cierto punto no me siento inclinado a pronunciarme públicamente sobre temas religiosos, pues no creo haberlos meditado con una suficiente profundidad que justifique la divulgación de mis ideas.»1 Si tal era su voluntad, es indudable que su hijo Francis no la respetó, puesto que dio a la imprenta este y otros escritos privados, traicionando el pudor manifestado por el gran sabio. En cualquier caso, hay que reconocer la cordura del juicio enunciado: si Darwin no había prestado a la religión mucha atención, lo mejor que podía hacer con sus creencias e increencias era guardarlas para sí. Dejando a un lado este caso, cabría pensar que inquirir por la actitud de los científicos2 hacia Dios no tiene mayor interés que preguntar a un futbolista famoso cuáles son sus preferencias políticas, o a un próspero fabricante de pizzas qué pintores le gustan más. Se entiende que tanto la pintura como la política —y no digamos la religión—, pueden y deben interesar en el plano personal a todos los seres humanos, pero en principio no a unos más que otros.

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