LOS EXCLUIDOS SON INVISIBLES

La exclusión social supone negar a la persona el derecho a ser persona. Si el hombre es un ser social, al excluido, con tan sólo un pasar de largo, se le arrebata aquello que permite sentirse humano. El excluido es aquel al que la sociedad le da la espalda. Los políticos no suelen ocuparse de ellos. En los medios de comunicación apenas aparecen. El excluido social no disfruta de los derechos más básicos, porque la sociedad no se los reconoce y porque él no puede reclamarlos.

La imagen de la exclusión social más evidente es quizás la de las personas que viven en la calle. En la próspera Unión Europea de quince países, se calculó que había cinco millones de personas sin hogar, y que más de 15 millones vivían en infraviviendas. Por su parte, los inmigrantes sin papeles, los habitantes de barrios marginales y los drogadictos sin tratamiento forman un grupo de excluidos sociales cada vez más numeroso.

Si la sociedad no favorece al débil, lo excluye. La falta de interés por la educación que reciben los niños de los barrios marginales asegura una tasa de exclusión para el futuro. La igualdad de oportunidades se limita a una frase hecha si no se ponen los medios públicos al alcance de todos. En España, sólo el 2% de los disminuidos físicos llega a la Universidad. Si las leyes no buscan reinsertar a las personas que menos opciones han tenido, el Estado Social queda en entredicho. En los últimos años, la población reclusa ha aumentado en la mayoría de los países occidentales. La inmigración clandestina es un manantial de excluidos, cuyo único cauce posible parece pasar por la integración. Si la sociedad no es capaz de adaptarse a las nuevas realidades, la suma de minorías excluidas pueden convertirse en la mayoría de la población.

Fenómenos como el paro, la precariedad laboral o la reducción del Estado de bienestar hacen aumentar el porcentaje de excluidos. Las nuevas estructuras sociales crean grupos de exclusión que antes se consideraban impensables. El “abuelo”, que hasta hace poco era una figura fundamental en la mayoría de los hogares, se enfrenta a una de las exclusiones más sutiles: la soledad. En un país tradicionalmente familiar como España, un millón y medio de ancianos viven solos, y de ellos, el 20% reconoce que su principal problema es la falta de compañía.

Los grupos de exclusión cambian con el tiempo. A lo largo de la historia, han sido excluidos sociales los judíos, los zurdos, los enfermos mentales, los gitanos, los actores, o los portadores del virus del Sida. La homosexualidad o el consumo de drogas se han rechazado o dignificado según las distintas culturas. Sería bueno comprobar qué grupos de exclusión creamos en nuestro desarrollo y cuáles hemos hecho desaparecer, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Ahora, la principal causa de exclusión mundial es, sencillamente, la pobreza.

El excluido no es el que ha perdido el trabajo, sino el que no tiene esperanzas de recuperarlo. El problema de los excluidos no es que tengan problemas, es que no tienen a quien contárselos. Excluido es el inmigrante que llega en patera, es la prostituta a la fuerza, el drogadicto, la mujer maltratada, el sin hogar. Y el abuelo que no entiende una receta y no tiene quien se la explique; y el enfermo sin una visita desde hace meses; y el homosexual si debe callarse lo que siente; y el minusválido delante de una escalera. Pero los excluidos no eligen serlo. Entre todos escribimos su etiqueta. Nadie es excluido por lo que es, sino por el trato que recibe de los demás. Quizás, el excluido no existe, y sólo existimos los excluyentes.

Alberto Senante Carrau.