Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Décimosexto domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A

17.07.2005. Mt, 24,43. "Dejad crecer juntos el trigo y la cizaña".

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Evangelio

Jesús les contó esta otra parábola: "El reino de Dios puede compararse a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían llegó un enemigo que sembró mala hierba entre el trigo, y se fue. Cuando creció el trigo y se formó la espiga, apareció también la mala hierba. Entonces los labradores fueron a decir al dueño: "Señor, si la semilla que sembraste en el campo era buena, ¿cómo es que ha salido mala hierba?" El dueño les dijo: "Un enemigo ha hecho esto." Los labradores le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancar la mala hierba?" Pero él les dijo: "No, porque al arrancar la mala hierba podéis arrancar también el trigo. Es mejor dejarlos crecer juntos, hasta la siega; entonces mandaré a los segadores a recoger primero la mala hierba y atarla en manojos, para quemarla, y que luego guarden el trigo en mi gramero."

Jesús les contó también esta parábola: "El reino de Dios se puede comparar a una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo. Es, sin duda, la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido es mayor que las demás plantas del huerto, y llega a ser como un árbol, tan grande que los pájaros van a anidar entre sus ramas."

También les contó osta parábola: "El reino de Dios se puede comparar a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para que toda la masa fermente."

Jesús habló de todo esto a la gente por medio de parábolas, y sin parábolas no les hablaba, para que se cumpliera lo ue había dicho el Profeta: "Hablaré por medio de parábolas; diré cosas que han estado en secreto desde la creación del mundo".

Jesús despidió a la gente y entró en casa. Sus discípulos se le acercaron y le pidieron que les explicara la parábola de la mala hierba en el campo. Él les respondió:

"El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que son del reino; la mala hierba, a los que son del maligno; y el enemigo que sembró la mala hierba es el diablo. La siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se recoge la mala hierba y se la quema en una hoguera, así sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre mandará sus ángeles a recoger de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que practican el mal. Los arrojarán al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes. Entonces, aquellos que cumplen lo ordenado por Dios brillarán como el sol en el reino de su Padre. Los que tengan oídos, oigan.

Homilía

Jesús sigue hablando en parábolas y quiere tocar un tema que ha preocupado al ser humano en todo momento de la Historia.

¿Por qué el mal? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Cómo entender el poder de Dios si vivimos también rodeados por la maldad? ¿Qué papel juega Dios en todo esto?

Los creyentes en Jesús nos podemos ver arrastrados por dos realidades:

En la medida que intentamos ir difundiendo esa buena noticia, vemos que casi pegado al mensaje de Dios, crecen otros mensajes aparentemente tanto o más atractivos que el del Señor.

¿Qué mensajes te llegan al corazón: derechos humanos, respeto a los demás, tolerancia…? ¿Qué despiertan en ti esos mensajes? ¿Son estos mensajes también presencia de Dios?

El Evangelio nos propone una de las respuesta más increíble que podamos imaginar: el bien camina junto al mal por el mismo camino, por las mismas sendas. Pero hay una seguridad: el mal se desvanecerá antes de llegar al final del camino. Se desvanecerá por la fuerza invisible del bien. El mal sólo se destruye con el ejercicio del bien.

El trigo y la cizaña cuando empiezan a crecer se parecen tanto que los judíos de la época pensaban que la cizaña era trigo que se había corrompido. El bien y el mal andando juntos en nuestra realidad humana, se parecen pero no son ni mucho menos iguales.

El Reino de Dios necesita ser sembrado, cuidado, mimado, vivido. El mal se propaga por sí solo, sólo hay que sembrarlo. Hay una realidad fácilmente comprobable y es que el mal logra esconderse largo tiempo en la vida de las personas en forma de odio, maldad, celos, alejamiento de Dios, etc.

En el mundo el mal está presente en forma de toda clase de acciones que conducen al ser humano a la infelicidad permanente. Existe un estado donde la persona va perdiendo el norte de su vida y al final no sabe ni quién es, ni dónde está ni adónde va.

La paradoja del mal y del bien en el mundo es que el mal parece no exigir gran esfuerzo, se hace con facilidad y hasta con impunidad. Hacer sufrir a alguien es muy sencillo, destruir es muy fácil; pero hacer el bien, crear, hacer crecer a los demás, hacerlos personas, recrearlos de nuevo libres ya de las ataduras de los pecados, es una obra que sólo puede hacer Dios a través de nosotros.

Una persona se puede contagiar del mal fácilmente con la actuación de otra persona. Una persona sólo puede estar incitada permanentemente al bien si Dios la ilumina, le da la fuerza necesaria y el apoyo en el interior de su corazón. Para sembrar el bien cada persona debe ser para la otra hermano y hermana.

Para muchas personas el Evangelio aparece como algo sin fuerzas, sin posibilidad de transformar la vida de las personas que nos rodean.

¿Te sientes transformado por Dios? ¿Por qué? ¿En qué?

El Evangelio es como una pequeña semilla, casi insignificante: no está hinchada de filosofía, no quiere alardes y puede ser predicado y entendido por cualquier persona que se abra al bien. No debemos olvidar que ambas siembras la de la bondad de Dios y el mal se hacen casi al mismo tiempo, cada persona debe decidir qué cosecha escoger.

Tengo el convencimiento prometido por la palabra que Cristo triunfará al final de la Historia… Para saber lo que está bien y lo que está mal, tenemos que recurrir una y otra vez a la palabra y al corazón de Dios, a la experiencia cristiana de tantos hombres y mujeres donde la bondad ha hecho su morada. Tenemos que volver una y otra vez a nuestro corazón para que en ese diálogo interior y personalísimo con el Señor, nos haga entender que nosotros no estamos llamados a juzgar a nadie. Jesús no nos ha nombrado jueces de nadie sino hermanos y hermanas de nuestros hermanos y hermanas… Dejo el juicio para Dios y prefiero acoger al que dejó crecer la cizaña en sí mismo, con el amor con el que Dios me acoge.

* * *

  1. ¿Cuándo has notado en tu vida la presencia de Dios?
  2. ¿Qué ha transformado Dios en tu vida?
  3. ¿Cómo te planteas el mal que existe en el mundo? ¿Con paz? ¿Con serenidad? ¿Con desánimo? ¿Con esperanza?
  4. ¿Qué puedes hacer para seguir sembrando el Evangelio?
  5. ¿Cómo ayudar al que está lejos de Dios?

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