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la homilía del domingo:
Vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A

28 de agosto de 2005. Mt 16, 21-27. "El que quiera venirse conmigo que se niegue a si mismo".

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Evangelio

A partir de ese día, Jesucristo comenzó a manifestar a sus discípulos que él debía de ir a Jerusalén y que las autoridades judías, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley lo iban a hacer sufrir mucho, que incluso debía ser muerto y que resucitaría al tercer día.Pedro lo llevó aparte y se puso a reprenderlo: “¡Dios no lo permita, Señor! Nunca te sucederán tales cosas.” Pero Jesús se volvió y le dijo:“¡Pasa detrás de mí, Satanás! Tú me harías tropezar. Tus ambiciones no son las de Dios, sino las de los hombres.”Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “El que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, pero el que sacrifique su vida por causa mía, la hallará. ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo? ¿Qué dará para rescatarse a sí mismo?

Sepan que el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta.”

Homilía

Se dice que la autoestima es importantísima para el desarrollo de la persona. Cuando una persona no se reafirma como tal es como un ser humano a medio hacer que no ha llegado a su plenitud. Hoy la Palabra parece proponernos justo lo contrario.

Jesús empieza a hablar a sus discípulos abiertamente. Les habla del sufrimiento y de la muerte que le esperan y les indica también la presencia de su resurrección. Para algunos esto puede parecer como la fatalidad del destino donde, según dice, cada persona tiene su vida escrita… Los cristianos no creemos en el destino ni que nuestra vida esté escrita en sitio alguno. Creemos en la libertad de la persona desde donde tomamos opciones para nuestra existencia que nos conducen a la felicidad o la frustración.

Ahora el Señor les habla de lo que le esperaba porque ya ellos están preparados para escuchar. Pedro hacía un momento había declarado en nombre de todos el reconocimiento de Jesús como el Mesías. Cuando los discípulos fueron capaces de reconocerle es cuando comienza a hablarles claro.

Sus seguidores creían en aquel momento que el reino que predicaba Jesús era un reino terrenal donde todos iban a conseguir buenos puestos. El Señor trata de desmontarles esta idea que ellos seguirán conservando. El reino de Dios no es solamente terrenal, tiene otra dimensión invisible para el momento presente.

Jerusalén era el lugar donde se hacían los sacrificios, Él sería allí sacrificado.

Los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley eran los que tenían que ratificar lo que venía de Dios; serán ellos los que le condenen…

Cristo advierte de antemano acerca de estas cosas para que sus seguidores no esperen de este mundo grandes cosas.

Pedro se revela contra esto. Con una prudencia natural y una comodidad propia del ser humano, nos invita a buscar el mayor bienestar posible. Pedro es como muchas, la mayoría, de las personas de nuestro tiempo. Piensa que el sufrimiento no tiene ningún significado, que es algo totalmente negativo para el ser humano, que es un estorbo para el desarrollo de la vida presente.

Hace poco tiempo Jesús había llamado feliz a Pedro, ahora su reacción es dramática, le dice: “¡Apártate de mí Satanás, pues me pones en peligro de caer! ¡Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres!”

¿Por qué Jesús trata con tanta dureza a Pedro?

Hay en el lenguaje del Señor unas entrelíneas que hay que entender. Cada cosa humana adquiere desde Dios un significado distinto. Cuando pensamos que tal o cual cosa de la vida es una desgracia humanamente hablando, tenemos que ver el significado espiritual más profundo donde se nos da a conocer la voluntad de Dios para nuestra existencia.

El verdadero seguidor de Jesús lo sigue en el dolor para seguirle en el honor. El cristiano sigue a Jesús no al revés.

¿Cuáles son las condiciones para ser seguidor de Jesús?

  1. Negarse a sí mismo: olvidarse de sí mismo. Es decirle a ese yo que todos llevamos dentro y que nos inclina a ser egocéntricos, autónomos y autosuficientes, que no queremos seguir nuestros propios planes, ni nuestros propios intereses, sino depender en todo de Dios y de hacer y sufrir todo cuanto Él tenga para nosotros.
    Ni que decir tengo que el mayor obstáculo para encontrar y seguir a Dios en nuestra vida no son los demás, ni las circunstancias de la vida… el mayor obstáculo somos nosotros mismos. Hay que redirigir nuestro yo a Cristo y dejar que sea Dios quien lo oriente.
    Es nuestro yo quien nos ata y nos hace ver cosas que no hay y sentir cosas que no son reales. La fe nos ayuda a la reeducación del yo.
  2. Tomar su cruz: no se refiere a los problemas de la vida que nos aparecen por doquier… Es asumir la carga del sacrificio. El seguidor de Jesús debe alistarse en la fila de los condenados a muerte a los deseos de sí mismos. La cruz es la carga que tomamos voluntariamente por servir al Evangelio del Señor.
    La cruz la hemos de tomar y seguir con ella a Cristo. No debemos hacernos la cruz nosotros mismos, sino arrimar el hombro a la que Dios ha preparado, sin temer su peso, sin ir cargados de miedos.
  3. Seguirle: es ir al ritmo de Dios en nuestra vida.

Entender estas tres partes son cruciales para vivir el Evangelio con una cierta elegancia. Al final se nos promete una recompensa…

* * *

    1. ¿En qué consiste ser cristiano?
    2. ¿En qué ocasiones has intentado dirigir tú los pasos de Dios?
    3. ¿Cómo puede una persona confiar plenamente en Dios?
    4. ¿Qué obstáculos encuentras en tu ambiente para seguir a Cristo?
    5. ¿Qué cruces hay en tu vida.

©2002 Mario Santana Bueno.

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