Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario

30 de octubre de 2005. Mt. 23, 1-12. “No hacen lo que dicen”.

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Evangelio

Entonces Jesús habló tanto para el pueblo como para sus discípulos:

«Los maestros de la Ley y los fariseos han ocupado el puesto que dejó Moisés. Hagan y cumplan todo lo que ellos dicen, pero no los imiten, porque ellos enseñan y no practican. Preparan pesadas cargas, muy difíciles de llevar, y las echan sobre las espaldas de la gente, pero ellos ni siquiera levantan un dedo para moverlas. Todo lo hacen para ser vistos por los hombres. Miren esas largas citas de la Ley que llevan en la frente y los largos flecos de su manto. Les gusta ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos reservados en las sinagogas. Les agrada que los saluden en las plazas y que la gente los llame Maestro.

Lo que es ustedes, no se dejen llamar Maestro, porque no tienen más que un Maestro, y todos ustedes son hermanos. No llamen Padre a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, el que está en el Cielo. Tampoco se dejen ustedes llamar Guía, porque ustedes no tienen más Guía que Cristo. El más grande entre ustedes se hará el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto».

Homilía

En el ser humano existe una tensión constante entre el ideal que se plantea como programa de vida y lo que vive día a día. Es una característica en las personas que la vida no se adapta siempre a los grandes ideales con los que nos gustaría vivir.

El Evangelio de hoy nos acerca a esta realidad humana, pero acentúa un matiz que nos puede pasar desapercibido. En la época de Jesús el no llegar al ideal era una problemática igual a la de hoy pero que ellos habían sabido maquillar. En lugar de orientar su vida al ideal de Dios se quedaron en ritos, formas, etc. pensando que cada vez que se practicaba todo ello se llegaba realmente a Dios. Era un quedarse a medio camino. Los medios se convertían en el absoluto y esto no producía vida, ni fuerza vital, ni acercamiento a Dios ni a los demás.

En aquella época habían convertido la religión en una lista interminable de reglas y normas. Habían convertido la fe en una carga insoportable. Cuando la religión se convierte sólo en cargas y prohibiciones, deja de ser verdadera religión.

Cuando convertimos una religión basada solamente en el cumplimiento de unas normas tras otras, enseguida buscaremos que las personas vean que las cumplimos. En muchas ocasiones el Evangelio nos comenta la necesidad de lo interior, de lo que es en sí el ser humano, en el íntimo sagrario de su "yo". El creyente debe saber equilibrar esas dos realidad: una fe enraizada en lo profundo que sale al exterior para ser vivida. Si falta alguno de estos dos planos, de seguro la fe no cumplirá su misión en este mundo.

¿Qué son las filacterias?: Son como unas pequeñas cajitas de piel que se atan con correas en la muñeca y en la frente (Ex 13,9- Ex 13,16). En la cajita de la muñeca tiene un sólo compartimiento, en el que se guarda un rollito de pergamino con los siguientes cuatro textos de la Biblia: Ex 13,1-10,11-16; Dt 6,4-9. 11,13-21.

La de frente es igual, pero tiene cuatro compartimientos, en cada uno de los cuales se guarda un rollito con cada uno de los cuatro pasajes. Los fariseos para llamar más la atención, no sólo usaban filacterias, sino que las llevaban lo más grande posible para demostrar su cumplimiento.

Llevaban por fuera unos flecos. En Núm 15,37-41 y Dt 22,12 leemos que Dios mandó a su pueblo a que hiciera borlas en los bordes de las vestiduras, para que cuando las vieran se acordaran de los mandamientos de Dios. Estas borlas eran como pompones que se usaban en las cuatro esquinas de la túnica exterior. Posteriormente se pusieron en la ropa interior, y hoy día se mantienen en el chal que se ponen los devotos judíos para hacer oración. Se hacían los flecos excesivamente largos para hacer ostentación de piedad y usarlos para que los demás se fijasen en ellos.

Los primeros asientos. En Palestina, los últimos asientos eran para los niños y para la gente menos importante. Cuanto más adelante estaba el asiento, mayor era el honor. Los sitios más honorables eran los de los ancianos, que se sentaban de cara a la congregación.

Cualquier religión que produce ostentación en las obras y orgullo en el corazón es una religión falsa, alejada del Evangelio y del amor de Dios.

Este Evangelio nos recuerda que la vida de fe es una vida que tiene que estar marcada por el ser y por el hacer. No es suficiente decir que se tiene fe, es necesario vivirla, expresarla, hacerla realidad.

Cuando vemos persona que dicen que tienen fe pero que no la practican, tengan la seguridad que esa fe ha perdido su sentido, su dinamismo y su eficacia. La fe que no se vive simplemente se muere.

Tener y vivir la fe es dejarse guiar por Jesús, comprender su vida y respaldar su proyecto. La fe de muchos es estéril y por eso no es capaz de vivirse ni de aportar vida.

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©2002 Mario Santana Bueno.

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