Buzón Católico
www.buzoncatolico.com

la homilía del domingo:
Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A

6 de noviembre de 2005. "¡Que llega el esposo, salgan a recibirlo!"

 « Trigésimo primer domingo del Tiempo OrdinarioTrigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario »

Evangelio

Escuchen, pues, lo que pasará entonces en el Reino de los Cielos. Diez jóvenes salieron con sus lámparas para salir al encuentro del novio. Cinco de ellas eran descuidadas y las otras cinco precavidas.

Las descuidadas tomaron sus lámparas como estaban, sin llevar más aceite consigo. Las precavidas, en cambio, junto con las lámparas, llevaron sus botellas de aceite. Como el novio se demoraba en llegar, se adormecieron todas y al fin se quedaron dormidas.

A medianoche se oyó un grito: «¡Viene el novio, salgan a su encuentro!» Todas las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Entonces las descuidadas dijeron a las precavidas: «Dennos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se están apagando.» Las precavidas dijeron: «No habría bastante para ustedes y para nosotras; vayan mejor a donde lo venden, y compren ustedes.»

Mientras fueron a comprar el aceite llegó el novio; las que estaban listas entraron con él a la fiesta de las bodas, y se cerró la puerta.

Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad se lo digo: no las conozco.»

Por tanto, estén despiertos, porque no saben ni el día ni la hora.

Homilía

El Evangelio de hoy nos propone el reino de Dios como un banquete de bodas. Jesús utiliza la figura de las bodas de su tiempo para reflejarnos tres actitudes profundamente cristianas:

En aquella época todo el pueblo salía a acompañar a la pareja al nuevo hogar, e iban por el camino más largo posible para recibir las felicitaciones de todos los que encontraban a su paso.

Cuando se casaba una pareja, no se iban de luna de miel, sino que se quedaban en casa. Durante una semana tenían la puerta abierta a los que quisieran visitarles. A esta semana estaban invitados los amigos más íntimos; así es que no fue solamente la ceremonia de la boda, sino toda una semana de fiesta lo que se perdieron las muchachas que no estaban preparadas.

Las visitas esperaban con la novia la llegada del novio que podía llegar incluso a media noche. A nadie se le permite estar en la calle cuando anochece sin una lámpara, y una vez que ha llegado el novio, y se ha cerrado la puerta, los que lleguen tarde a la ceremonia no pueden entrar. Esto sucede aún hoy.

El Reino de Dios es comparado a la sala de banquete donde entran las muchachas prudentes.

El punto nuclear de esta parábola es el estar preparados para cuando el Señor llegue.

Hay muchas personas que entienden lo de estar preparados en un sentido puramente sobrenatural: prepararnos para la hora de la muerte. Nada más lejos de la realidad que nos refleja la Palabra de hoy. Estar preparados significa tener siempre presente a Cristo y comprometerse con su causa, en esta vida, en el día a día, y en la suma de todos esos días de seguimiento es donde ya nos encontramos preparados para nuestro encuentro final con el Señor.

El fallo de las muchachas imprudentes no fue el que se quedaran dormidas ya que todas descansaron, su fallo fue el no haber previsto los elementos necesarios para que cuando llegase el novio sus lámparas estuviesen encendidas.

En la fe no hay que vivir desprevenidos, hay que estar siempre alerta a las indicaciones del Maestro. Si tenemos los elementos adecuados que Jesús nos propone, nuestra fe nunca se apagará.

Estamos esperando la venida definitiva del Señor y no tenemos que cansarnos ni desanimarnos en la espera. Puede ser que la vida muchas veces se nos presente llena de dificultades y temores pero no tenemos que dejar de esperar en el Señor y su voluntad. La gran tragedia de muchos cristianos es el cansancio que les despista y desanima de la espera realmente importante.

Las muchachas descuidadas representan a aquellas personas para los que la fe es algo que aparentemente no necesita cuidados. Se quedan dormidas, se despiertan y al darse cuenta de su falta de aceite la piden a las otras, a las prevenidas. Las muchachas preparadas son las que han pensado que el novio se puede retrasar y se han procurado una reserva de aceite para que la fe no se apague. La fe no se puede prestar a nadie. El corazón de cada persona es el campo exclusivo donde florece la gracia de la fe que no se puede trasplantar ni ceder a nadie.

El Señor está por venir, tenemos que mantener viva nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor; pero esto sólo se logra con vigilancia, con perseverancia y con una profunda confianza en el Señor.

Quiera Dios que cuando lleguemos a su presencia las lámparas de nuestra fe estén encendidas y con suficiente reserva para poder, en la oscuridad, reconocerlo como nuestro Salvador.

* * *

  1. ¿Cuál debe ser la actitud del cristiano ante las dificultades de la vida?
  2. ¿Cómo debemos esperar la venida definitiva del Señor?
  3. ¿Cómo podemos alimentar nuestra fe diariamente?
  4. ¿Qué hacer cuando flaquea la fe?
  5. ¿Se puede prestar la fe a nuestros familiares, amigos, etc.? ¿Por qué?

©2002 Mario Santana Bueno

« Trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario / Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario »

Ir al inicio de la página