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la homilía del domingo:
Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A

13 de noviembre de 2005. "Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor."

 « Trigésimo segundo domingo del Tiempo OrdinarioSolemnidad de Jesucristo, Rey del Universo »

Evangelio

Escuchen también esto. Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos de oro, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció en seguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo vino el señor de esos servidores y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: «Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos.» El patrón le contestó: «Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.»

Vino después el que recibió dos, y dijo: «Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.» El patrón le dijo: «Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón».

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: «Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.»

Pero su patrón le contestó: «¡Servidor malo y perezoso! si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los interesas. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.»

Homilía

La parábola de los talentos nos hace reflexionar sobre esas inmensas riquezas espirituales que Dios ha dado a su Iglesia y que ésta tiene que poner en juego para hacerlas fructificar. Cada cristiano tiene que acoger la administración de su Señor y hacer productivo lo recibido.

El amo es Cristo, los siervos todos los creyentes. El amo nos encomendó sus bienes.

Los bienes son las cualidades naturales y gracias espirituales que nos preparan para determinados ministerios al servicio de Dios.

Jesús dejó a la Iglesia equipada con todo lo necesario para permanecer y poder cumplir su misión.

No somos iguales ni en dones ni en talentos, pero cada ser humano por el hecho de serlo ya tiene por lo menos un talento. Muchas personas con pocos talentos pueden hacer mucho.

¿Qué hicieron con los talentos? Los pusieron a trabajar. No es el talento de la persona lo que importa; lo que importa es cómo lo use.

Dos de los siervos negociaron bien con sus respectivos talentos. Tuvieron gran éxito: doblaron los bienes encomendados.

Dios no mira la cantidad total de las ganancias sino la fidelidad al mandato dado.

Me impresionó aquel día que fui al aeropuerto a recoger a un anciano misionero, que ya venía a morir a su tierra después de toda una vida gastada por los más débiles. Éramos en el comité de bienvenida sólo tres personas.

En el mismo vuelo venía un famoso cantante que convocó en el aeropuerto varios cientos de fans que le vitoreaban, le aplaudían y le animaban con palabras amables. Cada uno de nuestros dos personajes ponía en juego lo que Dios le había dado, pero me da la impresión que a pesar de la pobreza en el recibimiento, el Señor estará más contento con el primero, aunque la gente grite, aplaude y anime al que sólo canta… La recompensa de Dios es más silenciosa, sólo la escucha y la saborea el corazón y quienes son capaces de ver en esas obras la mano amorosa del Señor.

El tercer siervo cumplió mal: escondió el talento que se le dejó. Muchas veces ocurre esto: quien menos tiene es quien menos arriesga.

En muchas ocasiones oímos a personas que nos dicen: Yo es que no sé… no puedo… no estoy preparado… para hacer cosas por los demás. En cambio, siempre estamos preparados y dispuestos para recibir la ayuda de los otros…

El Señor viene y ajusta cuentas con sus siervos. Todos tarde o temprano debemos ajustar cuentas:

Hay personas que se contentan con una frase ya manida. Dicen que no hacen mal a nadie, pero para el cristiano esta no es la frase. La pregunta para el cristiano es: ¿Le haces bien a alguien?

Si hacemos el bien y lo hacemos bien, recibiremos la bendición de Dios. Los siervos fieles presentan al amo lo que han ganado.

El mal siervo tiene tres actitudes que también vemos con cierta frecuencia a nuestro alrededor, quizá también en nosotros mismos:

Tenemos que llenarnos del convencimiento que algo es mejor que nada. Siempre podemos hacer algo por poco que sea.

El siervo inútil y negligente queda fuera del reino de Dios.

Los siervos que pusieron a rendir sus dones recibirán como premio el entrar al reino de Dios.

* * *

  1. ¿Cuáles son los dones que Dios te ha dado?
  2. ¿Qué dones son los más fáciles de poner al servicio de los otros?
  3. ¿Cómo mantener vivos los dones recibidos de Dios?
  4. ¿Pueden existir dones en una persona que no sea consciente de ellos?
  5. ¿Cómo pueden morir los dones que Dios nos ha dado?

©2002 Mario Santana Bueno

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