Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Segundo Domingo de Navidad — Ciclo A.

2 de enero de 2005. Jn 1, 1-18: "La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros."

 « Fiesta de la Sagrada FamiliaFiesta del Bautismo del Señor »

El texto que la Palabra nos propone hoy es por sí mismo un tratado completo de teología. Estos versículos serían más que suficientes para meditar diariamente sobre el misterio de Dios y del ser humano; misterio explicado en Jesús.

Las personas más alejadas de la fe encontrarán en el Evangelio de hoy poco para entender. Les parecerá algo así como un trabalenguas religioso o mas bien filosófico. Pero la hondura de lo que dice va más allá de cualquier otra consideración.

No es nada fácil explicar estos párrafos a las personas que no tienen la fe en Cristo. No es fácil porque muchas personas se peguntan sobre si Dios existe y nuestro escrito de hoy hace no sólo una afirmación a tal cuestión sino que proclama que el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, ha descendido al seno de una Virgen y se ha hecho un ser humano como nosotros. Si leo este texto joánico sin los ojos de la fe los oídos de mi alma no sabrán captar el gran anuncio de lo que en él se proclama.

Toda la Historia humana tiene un principio y lo que nos dice la Biblia que en ese principio estaba Dios. Dios es el creador, el origen, pero también es la meta del ser humano. Nunca un origen es a la vez meta. En el caso de Dios es así.

Nuestro Dios no es alguien alejado de nuestra realidad diaria. Eso es lo que experimentamos y a la vez confunde a otras personas. Si Dios está con nosotros, en nuestro mundo ¿Por qué el mal en el mundo? ¿Por qué han tenido que morir en el Sudeste Asiático en estas Navidades de 2004 tantas y tantas miles de personas? ¿Si Dios está en nuestras calles por qué tanto y tanto sufrimiento?

Ser creyente no es nada fácil en un mundo que se hace preguntas tan radicales sobre Dios y su presencia en la vida. Decimos que Dios no está lejos de nosotros, pero la realidad nos demuestra que el mundo no es, todavía, según Dios quiere. El choque entre libertad humana y voluntad de Dios se repite una y otra vez en la Historia desde aquel lejano paraíso hasta nuestros infernos cotidianos. Ya me lo han oído ustedes más de una vez: el cielo sólo es uno (estar en Cristo). Los infiernos, en cambio, son infinitos porque lo que nos aleja de Dios va como el trigo y la cizaña anidando en nuestra mente y en nuestro corazón. Cada persona tiene sus propios infiernos.

Varios elementos muy queridos en los escritos del discípulo amado son de muchísima utilidad en nuestro desorientado mundo de hoy.

Habla de vida. ¿Nos es acaso una gran crisis del sentido de la vida lo que tienen muchas personas de nuestro tiempo? Tienen vida. Tienen salud, pero no encuentran motivos por los qué vivir. Jesús ha venido para que tu vida y mi vida se conecten de nuevo con aquella primera relación humana con Dios. Si perdimos el paraíso en la tierra, Jesús nos trae el nuevo paraíso que debemos de construir en el mundo, el Reino de Dios. El Señor reconstruye nuestra relación con Dios, pero también con nosotros mismos y con los demás. La vida no acaba cuando termina nuestro cuerpo. Esa amistad que Dios nos sigue ofreciendo a lo largo de los siglos encuentra en la vida eterna la plenitud. No es extraño que en la cruz Jesús dijese a aquel ladrón: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".

Habla de luz. La vida era la luz de la humanidad. Si Dios es luz, la humanidad vive en muchas ocasiones en la oscuridad. Es lo mismo que nos sucede cuando una y otra vez nos topamos de cara con los misterios. Nuestra vida se encuentra permanentemente interrogada por el misterio. La luz no es encontrar respuestas. La luz es admirarse y contemplar en quien revela, no los entresijos intelectuales que ayudan a explicarme, sino en saber que fiarme de Jesús no me procurará sólo respuestas racionales ante lo que desconozco. Fiarme de Jesús me dará la posibilidad de que el misterio se vaya desvaneciendo en mi mente y en mi corazón. Jesús no me explica racionalmente las respuestas ante los misterios, Él lo que hace es sumergirme en el Misterio con un amor tan profundo que me lo hace amigable y cercano. El misterio de la vida queda explicado en Jesús.

Habla de amor. El gran aporte del amor que Dios nos tiene es que es posible contagiarse y transmitirse. Dios no nos dice "ámame y olvídate del mundo". Hace justo lo contrario. Nos recuerda que le debemos amar a Él por sobre toda las cosas (ya saben ustedes que las cosas llegan a robarnos el corazón y se convierte en infinidad de ocasiones en esos diocesillos malcriados que intentan jugar a ser Dios...). Pero ese amor a Dios con apariencia de exclusividad tiene un contenido que abarca a la humanidad entera, en especial a los más pobres y necesitados. Decir Dios es afirmar el amor a los demás.

Habla de verdad. No se refiere a la verdad en el sentido filosófico del término. Esto es algo más profundo. Verdad es saber percibir exactamente nuestra condición ante Dios. Cuando Jesús afirma que Él es la Verdad no dice que tenga explicaciones racionales para todo. Lo que nos dice es que en su caminar diario sabe precisar el sentido de las cosas, de las personas y la orientación de la vida. Vivir en la Verdad es sentir a Dios tan cerca que experimentas que en tu mente y tu corazón, como un latido que no acaba, Dios fluye una y otra vez iluminando tu existencia.

No es extraño que Jesús dijese en distintas ocasiones: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". "Yo soy la luz del mundo. Quien me sigue no camina en las tinieblas..."

Pero también nos recuerda la Palabra que "vino a su propio mundo, pero los suyos no le recibieron..." Lo que ocurre es que la historia de nuestros primeros padres se repite en cada vida humana. Toda la Historia de la salvación, entera y sin fisuras, se repite en cada ser humano. La persona es la que tiene que elegir. Hay gente que pierde mucho tiempo queriendo entender a Dios y se olvidan de vivir día a día en Dios.

"Pero a quienes le recibieron y creyeron en Él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios." Magnífico regalo de parte de Dios. El Señor no nos hace más inteligentes ni intelectuales, ni tan siquiera más poderosos humanamente hablando. Nos hace nada más y nada menos que hijos suyos. Quiero a Dios porque me siento querido por Él. Trato de vivir en Dios porque Él es el dueño de la vida. ¡Qué buen Dios tenemos que no nos da riquezas al estilo humano; que no nos da tantas cosas que morirán con nosotros! Nunca terminaré de dar gracias a Dios por lo más importante: porque me ha hecho hijo suyo.

Hay muchas personas, quizás puedes ser tú, que cada semana leen estas pobres líneas. Varias de estas personas no tienen fe según me dicen en sus correos, pero les ayuda a entender cosas sobre lo que los cristianos creemos. En esta primera homilía del año quiere que mis últimas palabras sean para ti.

Deja que este año que ahora comienza sea para ti el año del encuentro con el Señor. El camino será duro, las tentaciones constantes, los desalientos miles. Entrega tu vida al Señor. Ponte en sus manos. Deja que sea Él que lleve el volante de tu vida. La oferta que el Señor nos hace tiene un gran regalo: ser y sentirte en verdad hijo de Dios. No hay en la vida nada mayor ni nada más grande. Déjate adoptar por Dios. ¡Ánimo!

Feliz año nuevo en el amor de Dios.

* * *

  1. ¿Cómo entiendes que Dios esté con nosotros y la humanidad vaya tan mal?
  2. ¿Cuáles son las señales de la presencia de Dios en el mundo?
  3. ¿Qué debe hacer una persona para que Dios esté en su vida?
  4. ¿Eres capaz de soportar los misterios que constantemente nos asaltan en la vida? ¿Cómo te sitúas ante lo que no entiendes del misterio de Dios?
  5. ¿Te sientes hijo/a de Dios? ¿En qué lo notas? ¿Cómo lo captas y vives en el día a día?

©2005 Mario Santana Bueno

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