Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Tercer domingo de cuaresma — ciclo A

27 de febrero de 2005. Jn 4, 5-42: "Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna."

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En mi país cuando una persona se encuentra mal, triste, sin ilusión, sin ganas de vivir, dice que está "seca por dentro..." El Evangelio de hoy nos convoca a descubrir una escena entre Jesús y una samaritana, que trata de responder a esa sequedad interna de muchas personas de nuestro tiempo.

Los samaritanos eran judíos mestizos, tanto en su sangre como en la religión. Habían mezclado su sangre elegida con sangre pagana. Adoraban a Dios no en Jerusalén sino en el monte Garizim, cerca de Siquén. Tanto era la lejanía afectiva y relacional de los judíos contra los samaritanos que los primeros cuando deseaban insultar a alguien le decían: "Eres un samaritano..."

El propio Jesús encargó a sus discípulos que "no entren en ninguna ciudad de los samaritanos." (Mt 10,5).

¿Quiénes son estos "samaritanos"?

Todavía queda una pequeña porción de esta comunidad étnica y religiosa. Viven en Nablus (Cisjordania) y en zonas de Holon, cerca de Tel Aviv en Israel. Actualmente son unas 500 personas. Tanto los samaritanos del tiempo de Jesús como los de hoy proceden del reino del norte que fue destruido entre los años 722-721 antes de Cristo. A la caída de este reino los israelitas residentes se mezclaron con los colonos asirios, de esta manera los judíos mezclan su sangre y sus costumbres religiosas con los asirios logrando que sus hermanos del pueblo elegido les despreciaran profundamente. Todos estos acontecimientos llevan a un proceso de sincretismo religioso y cultural. Es como si al mezclar sus costumbres y la pureza de su religión se hicieran despreciables para Dios y sus seguidores. Pasaron de ser miembros del pueblo elegido a miembros odiados y despreciados de los elegidos por Dios.

La mujer samaritana ve a Jesús como un pobre judío que le pide de beber; pero Jesús le habla sobre sí mismo, sobre quién es. El encuentro de las personas con Dios se establece muchas veces por cuestiones accidentales o no propiamente religiosas. Las conversiones se dan en las calles, en los hogares, en los hospitales... Cuando vamos al templo lo que hacemos es ponernos ante Dios que nos ha cautivado. ¿Pueden existir conversiones dentro de un templo? Por supuesto, pero no es el único lugar donde se puede dar el encuentro con Jesús. El cristiano está llamado que cada espacio en el que se mueve esté muy cerca de Dios para que al menor intento la persona pueda percibirlo en la hondura del corazón.

"Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva." (V.10) Puede que muchos hermanos y hermanas en la fe se olviden de este magnífico texto de gran hondura espiritual. Muchas veces nos han educado para que nos ofrezcamos a Dios, para llevarle las manos llenas de frutos a Dios. La verdad es bien distinta. La vida cristiana tiene que ser una continua acción de gracias al Padre porque hemos descubierto "lo que Dios da... y su agua viva". La cosa no está en intentar hacer méritos ante Dios. El tema es que después de descubierto al Señor en nuestra vida no podemos hacer otra cosa que vivir para Él.

La conversación de Jesús con la mujer se centra en estos puntos: el agua, el marido, el lugar de culto y el Mesías. Además de todo el mundo simbólico de estos temas no es menos cierto que Jesús se acerca a la realidad de aquella mujer y por extensión a la del pueblo de Israel. Dios no está en las nubes ni escondido. Dios está en la realidad diaria, en el abanico de posibilidades de encuentro que nos ofrece la jornada que vivimos.

El agua que lleva a la eternidad. Hoy se predica poco sobre la eternidad. Es como si lo que de verdad merece la pena de atenderse es siempre lo efímero, lo pasajero. Pero el Evangelio es una invitación a la eternidad de Dios. Ocurre muchas veces que los predicadores se encuentran más cómodos hablando del horizonte humano que de la promesa de la vida eterna. De esta manera la fe se convierte en una filosofía más o en unas técnicas más o menos adecuadas para el crecimiento personal. La eternidad no está de moda, pero la eternidad es el tiempo de Dios. Muchas de las angustias de las personas de nuestro tiempo se dan por la falta de tiempo, por el no llegar a todo lo que hay que hacer. Dios se sitúa en la eternidad, fuera del tiempo, para que nos demos cuenta que nuestra vida y relación con Él es para siempre. Dios no tiene nunca prisas con nosotros...

Adorar en espíritu y verdad. La adoración a Dios no está en Jerusalén o en el templo del Garizim, sino en la actitud de fe. Una persona puede estar todo el día metido en una catedral o en cualquier templo queriendo descubrir a Dios y, en cambio, su corazón estar espiritualmente a miles de kilómetros de distancia. Para descubrir a Jesús en el sagrario, en la Eucaristía o en la Palabra hay primero que adecuar un sitio en nuestro interior; uno o varios motivos por los cuales darle las gracias y tener un oído espiritual más que atento para que se nos haga presente en los locales divinos. Te invito a que el sagrario, la Eucaristía y la Palabra no estén solo en los muros de tu Iglesia, sino que tengan sede en tu corazón.

El auténtico templo de culto es Jesús o la Palabra de Jesús que fructifica en el corazón de las personas por medio del Espíritu Santo. Dios está por encima de los lugares. Nuestro verdadero contacto con Dios es la persona de Jesús. Quien quiera encontrar a Dios, lo encontrará en Jesucristo.

* * *

  1. ¿Qué entiendes por estar espiritualmente "seco"?
  2. ¿Cómo se supera la sequedad espiritual?
  3. ¿Qué es para ti la eternidad? ¿Cómo la vives?
  4. ¿Puede Dios hacerse presente en los más despreciados y débiles de la sociedad? ¿Por qué? ¿Cómo?
  5. ¿Qué hace falta en tu vida para que se dé una auténtica conversión vital a Cristo?

©2005 Mario Santana Bueno.

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