Buzón Católico
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la homilía del domingo:
Domingo de Pentecostés — Ciclo A

15 de mayo de 2005. Jn 20, 19-23: "Como el Padre me ha enviado, así también les envío yo. Reciban el Espíritu Santo."

 « Séptimo domingo de Pascua, solemnidad de la Ascensión del SeñorSolemnidad de la Santísima Trinidad »

Me da la impresión que para muchos cristianos la fe está sujeta a teorías más o menos aceptadas y no a una vivencia concreta. Me explico. Desde pequeño se nos dice que tenemos que creer en lo que formulamos en el Credo. Son realidades espirituales que abarcan la historia de la salvación. El tema está que para muchas personas estas frases son sólo eso: frases vacías de contenido vivencial. De esta manera vemos que se pueden decir muchas cosas de grandes contenidos pero sin sentir vivencialmente la plenitud de lo que decimos.

Algo parecido nos ocurre con el Espíritu Santo. Una vez pregunté a unos niños quién era el Espíritu Santo y sólo uno me contestó bien: "El Espíritu Santo es Dios." Y es que Dios que se queda en nosotros, en nuestra vida diaria, nos alienta en nuestro caminar diario de cristianos.

¿Eres una persona "espiritual"? ¿Qué es ser "espiritual"?

Para muchos detrás de este calificativo se esconden muchas complicaciones interiores. A un carácter tímido, cerrado, sin empuje, que se refugia en la fe muchas veces para tratar de explicar sus propios entuertos... se le puede tildar de "espiritual..." Nada más lejos de la verdad. Ser espiritual no es ser tímido, cerrado, lleno de miedos y complejos. Ser espiritual es dejarse guiar por el Espíritu, no tener un carácter bajo mínimos.

Nadie puede dudar que san Pedro o san Pablo eran personas espirituales, pero nadie puede afirmar que eran personas tímidas, cerradas, metidas en su pequeño y corto mundo.

Ser espiritual es tener un corazón donde quepa todo el mundo y es que el problema de muchos corazones es que padecen de atrofia espiritual. Cuanto menos se entregan al Señor más pequeños y egoístas se vuelven. Con el tiempo llegan incluso a confundir las cosas llamando a lo bueno malo y a lo malo bueno. Ese es el camino de quien no vive en la sintonía del Espíritu Santo. Ni los ritos religiosos celebrados sin "alma" (sin vida) les llena. Son para ellos palabras vacías que no producen ecos espirituales. Son ecos mudos de sus propias frustraciones. Las personas que se dicen creyente y viven así lo que les ocurre es que se mantienen en un permanente infantilismo que infantiliza negativamente todo lo que con ellos se roza.

Estamos llamados a crecer en el Espíritu. Estamos invitados a madurar humana y espiritualmente y para ello necesitamos la presencia constante de Dios en nuestra vida.

La Palabra nos recuerda que los discípulos estaban reunidos (como muchas veces nos reunimos nosotros hoy), pero tenían las puertas cerradas (no se refiere sólo a las puertas físicas, sino a las de nuestro corazón), por miedo (tengo que descubrir los miedos que rondan mi vida y me impiden crecer como persona y creyente). Bien sabe el Señor que para la titánica misión de crecer y hacer presente a Dios en el mundo es necesario la ayuda del propio Dios. El ser humano no tiene fuerzas suficiente para por sí mismo mantenerse en la presencia constante de Dios. Es por ello que necesitamos de su ayuda y aliento.

¿Vives tú bajo la ley del Espíritu?

Los frutos del Espíritu Santo son el testimonio más importante de su acción en nosotros. Somos cristianos en la medida que dejamos que Dios nos transforme y nos capacite para ser sus seguidores.

A pesar de estar la casa cerrada Jesús no violenta las cerraduras ni da una patada en la puerta de aquellos discípulos. Entra silenciosamente. Se filtra por las paredes. Aquellos estaban llenos de miedo pero estaban reunidos recordando lo que había ocurrido. Fue tan fuerte el ver a Cristo resucitado que el miedo les desapareció y se creó la Iglesia. La Iglesia aparece por tanto con estos elementos: estaban reunidos- aceptando la presencia de Cristo Resucitado- abriendo las puertas del alma- superando el miedo- recibiendo el Espíritu Santo.

La Iglesia es la patria del alma. Ser Iglesia es tener las puertas abiertas, reunidos y sin miedos. Quienes intentan vivir el Evangelio desde esas premisas son los que ven cómo el Espíritu Santo les va haciendo cada día.

La gente que vive llena de miedos e inseguridades serán unos ineficaces discípulos porque en ellos no se dan los frutos del Espíritu. Quien vive en cobardías sólo cobardías transmitirán a otros. Quienes piensan que la fe es algo tan íntimo que no necesita ser compartida se encontrarán encerrados en su egoísmo, solos y sin la presencia del Espíritu Santo.

En este día de Pentecostés tenemos que preguntarnos sobre el proceso de madurez de nuestra fe. ¿Ha ido mi corazón en todos estos años acercándose a la madurez espiritual a la que soy llamado? ¿Qué cerraduras son las más difíciles de abrir en mi vida y por qué? ¿Qué miedos son los que todavía tengo que superar? ¿Acepto al Espíritu Santo en mi vida?

* * *

  1. ¿Quién es para ti el Espíritu Santo?
  2. ¿Cómo está presente la acción del Espíritu en tu vida?
  3. ¿Qué tiene que hacer una persona para que el Espíritu Santo actúe en ella?
  4. ¿Ha madurado tu fe? ¿Cómo? ¿En qué lo notas?
  5. ¿Qué puedes hacer para colaborar con el Espíritu Santo?

©2005 Mario Santana Bueno.

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