29 de mayo de 2005. Jn 6, 51-58: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida."
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Entramos en el mundo de Dios: Tenemos un nuevo Padre, un nuevo cielo, una nueva Palabra, un nuevo alimento, una nueva vida...
Hoy la Palabra reclama nuestra atención en el alimento del cielo. Los alimentos es junto con el agua aquello que nos mantiene vivos físicamente hablando; pero nosotros sabemos bien que nuestra vida no está formada sólo por nuestra frágil constitución física. Mientras la comida y el agua mantienen nuestro cuerpo sabemos que en nuestro interior hay otras realidades que necesitan alimentos para ayudarnos a crecer.
La Eucaristía es el mejor medio que tenemos para alimentar y conservar nuestra vida divina. El cuerpo y la sangre de Cristo es nuestro primer manantial de vida eterna.
La Eucaristía ocupa el lugar central de nuestra fe. Muchas veces me he preguntado si los católicos somos conscientes de esta realidad que una y otra vez celebramos en nuestros templos. Se abre la Iglesia; entran las personas que van a participar de la misa. Empieza el canto de entrada. El sacerdote comienza el ritual y los asistentes contestan grandes realidades que muchas veces no se adaptan a la vida diaria.
Pero la Eucaristía que es algo tan íntimo no puede convertirse en algo intimista. Me acerco a recibir a Cristo y a comulgar con Él pero no para hacer un acto mecánico y mero acontecimiento social. Me acerco a Él para que mi vida se vea llena de su presencia. Mi vida sale a la calle, se encuentra con los demás en las tormentas y zozobras de la vida. No sé si los otros notarán que llevo a Cristo dentro de mí. No sé si el sagrario se ha instalado allí donde vivo y me relaciono con los demás?
Cuando tengo hambre del Señor en mi vida diaria. Hambre de verdad y de vida, de amor y de entrega, de generosidad y cariño por parte del buen Dios.
Cuando soy capaz de amar sin medida a los demás, en especial a los más débiles y necesitados. Si soy capaz de ver en los demás al Señor Resucitado es cuando toda la energía eucarística se ha asimilado en mi vida.
Sólo desde el amor en la entrega es como podemos acercarnos a recibir el cuerpo de Cristo para luego llevarlo en el sagrario de nuestra vida a quienes no se acercan a la Iglesia. La vida de cada católico tiene que ser como un sagrario andante, un sagrario digno y solidario con el dolor y las esperanzas de nuestro mundo, sólo de esta manera es como el Señor se hará más visible a las personas de nuestro tiempo. ¿Eres buen sagrario de Dios? La próxima vez que vayas a la Eucaristía y cuando el sacerdote diga aquello de "Levantemos el corazón..." piensa bien lo que vas a contestar...
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©2005 Mario Santana Bueno
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