Buzón Católico
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Ll homilía del domingo (154):
Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

29 de mayo de 2005. Jn 6, 51-58: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida."

  « Solemnidad de la Santísima TrinidadDécimo Domingo del Tiempo Ordinario »

Entramos en el mundo de Dios: Tenemos un nuevo Padre, un nuevo cielo, una nueva Palabra, un nuevo alimento, una nueva vida...

Hoy la Palabra reclama nuestra atención en el alimento del cielo. Los alimentos es junto con el agua aquello que nos mantiene vivos físicamente hablando; pero nosotros sabemos bien que nuestra vida no está formada sólo por nuestra frágil constitución física. Mientras la comida y el agua mantienen nuestro cuerpo sabemos que en nuestro interior hay otras realidades que necesitan alimentos para ayudarnos a crecer.

La Eucaristía es el mejor medio que tenemos para alimentar y conservar nuestra vida divina. El cuerpo y la sangre de Cristo es nuestro primer manantial de vida eterna.

La Eucaristía ocupa el lugar central de nuestra fe. Muchas veces me he preguntado si los católicos somos conscientes de esta realidad que una y otra vez celebramos en nuestros templos. Se abre la Iglesia; entran las personas que van a participar de la misa. Empieza el canto de entrada. El sacerdote comienza el ritual y los asistentes contestan grandes realidades que muchas veces no se adaptan a la vida diaria.

Hagamos un recorrido a nuestra Eucaristía.

  1. Vamos a la Misa no sólo porque tengamos "la obligación" o "la devoción". Venimos porque es el mismo Señor quién nos ha llamado. Nunca pienses que vas a Misa por tu propio pie. Es el Señor quien te invita. Antes de comenzar medita esto en tu corazón: "Aquí estoy Señor porque me has llamado."
  2. Empezamos en el nombre de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Tengo que dejar hueco a la Santísima Trinidad.
  3. Me confieso pecador. Veo mi realidad con respecto a Dios y a los demás. Sé que mi vida está siempre invitada a crecer desde mi miseria no desde mi superioridad.
  4. La Palabra. Llega la Palabra con su bisturí espiritual. Sabe abrir mis adentros sin destruirme. Ante ella sólo queda la alabanza que sale de mi corazón y de mi boca.
  5. Creo con toda la fe de la Iglesia. La Iglesia no es nunca un local privado. La Iglesia es la patria del alma.
  6. Las ofrendas. Con el pan y el vino presento ante el Señor mi propia vida para ser alimentada.
  7. Pan y vino. Estamos ante Jesús que se nos da una y otra vez. Es una extraña sensación de miseria y grandeza que se encuentran. Mi miseria es mi propia vida. La grandeza es Dios mismo que se me da a través de la Iglesia.
  8. La oración. Levanto mis manos y mi alma. Necesito orar y poner ante Dios mi vida y pedirle para que nunca me aparte de su presencia.
  9. Cordero de Dios. Se acerca el momento de la comida espiritual. El se me da porque yo lo acepto.
  10. Comunión. La Eucaristía es un misterio de comunión. Recibir la grandeza de Dios en nuestra propia fragilidad. Grandeza que te ayuda a descubrir a Dios como Padre y a los demás como hermanos.

Pero la Eucaristía que es algo tan íntimo no puede convertirse en algo intimista. Me acerco a recibir a Cristo y a comulgar con Él pero no para hacer un acto mecánico y mero acontecimiento social. Me acerco a Él para que mi vida se vea llena de su presencia. Mi vida sale a la calle, se encuentra con los demás en las tormentas y zozobras de la vida. No sé si los otros notarán que llevo a Cristo dentro de mí. No sé si el sagrario se ha instalado allí donde vivo y me relaciono con los demás?

¿Cuál es el termómetro para saber si el alimento de Cristo llena mi vida?

Cuando tengo hambre del Señor en mi vida diaria. Hambre de verdad y de vida, de amor y de entrega, de generosidad y cariño por parte del buen Dios.

¿Cuál es el termómetro para comprobar que la entrega de Cristo de verdad me alimenta?

Cuando soy capaz de amar sin medida a los demás, en especial a los más débiles y necesitados. Si soy capaz de ver en los demás al Señor Resucitado es cuando toda la energía eucarística se ha asimilado en mi vida.

Sólo desde el amor en la entrega es como podemos acercarnos a recibir el cuerpo de Cristo para luego llevarlo en el sagrario de nuestra vida a quienes no se acercan a la Iglesia. La vida de cada católico tiene que ser como un sagrario andante, un sagrario digno y solidario con el dolor y las esperanzas de nuestro mundo, sólo de esta manera es como el Señor se hará más visible a las personas de nuestro tiempo. ¿Eres buen sagrario de Dios? La próxima vez que vayas a la Eucaristía y cuando el sacerdote diga aquello de "Levantemos el corazón..." piensa bien lo que vas a contestar...

* * *

  1. ¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en tu vida?
  2. ¿Participas en la Eucaristía de manera intimista, ignorando la presencia de los demás en ella?
  3. ¿Se puede desligar la Eucaristía de la vida diaria?
  4. ¿Qué tienes que hacer para que la celebración de la Eucaristía en tu comunidad sea más vital?
  5. ¿Qué papel tiene en tu vida los más débiles y necesitados?

©2005 Mario Santana Bueno

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