Buzón Católico
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la homilía del domingo (157):
Décimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo A

19 de junio de 2005. Mt 10,26-33: "No tengan miedo a los que matan el cuerpo."

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Hay una palabra que aparece con cierta frecuencia en los libros del Nuevo Testamento, es la palabra "miedo". En varias ocasiones se nos dice "no tengan miedo..."

El miedo es una constante en la vida del ser humano. Es algo tan común en las personas como el propio amor o la propia vida. Si nos sumergimos en la historia de la humanidad vemos como el miedo fue el que impulsó a reaccionar a buscar explicaciones a aquellos primeros primates. Pero el miedo lo vemos también en los animales y las plantas. Existe un miedo universal que lucha por tener protagonismo en la vida de la persona.

"No tengan miedo a la gente" dice el Señor. Nuestros temores no son exclusivamente internos, también desde el exterior nos llegan situaciones que nos desequilibran espiritualmente. Muchas personas han pasado de ser criaturas de Dios a ser hijos del miedo, por eso una y otra vez nos recuerda la Escritura la superación que debemos hacer de nuestros miedos.

Jesús nos avisa que no siempre su mensaje es bien acogido, pero nos invita a tener paz y serenidad, a no tener miedo. A pesar de que vivimos en un mundo plural, en muchas sociedades el Evangelio molesta porque rompe los esquemas establecidos por el mundo. El desarrollo de ideologías que no conducen a las personas a la felicidad que Dios desea es un obstáculo para vivir el Evangelio. Nuestra misión como cristianos de este momento es seguir anunciando sin complejos y con profundo respeto hacia el otro la buena noticia del Evangelio.

La predicación cristiana se desarrollará en un mundo hostil. Jesús nos aporta otras claves y otras maneras de entender la vida y nuestras relaciones con Dios, con uno mismo y con los demás. No nos debe extrañar que el mensaje de salvación provoque tensión en el mundo que necesita ser salvado. Sucede que las personas creemos que lo que hacemos lo hacemos siempre bien. Pensamos que nuestra buena intención es más que suficiente para ayudar que Dios esté presente en el mundo, pero vemos que el mundo no cambia, que la realidad del ser humano siempre va a peor, que las realidades de pobreza, injusticias y miedos se van abriendo camino con mayor fuerza si cabe que el propio Evangelio. Jesús nos previene para que no desfallezcamos en este propósito de seguir extendiendo la predicación del Evangelio. No estamos contra el mundo sino por el mundo querido por Dios.

Predicación y persecución aparecen como complementarios. Jesús nos da ánimos y nos anima a perseverar ante los peligros. Quizás el mayor peligro que podemos tener quienes intentamos ser fieles a Jesús es el del desánimo. Es un luchar y ver que casi nada cambia a nuestro alrededor. Es desgastarse para no obtener muchas veces ninguna señal de que nuestra misión está dando frutos según el Evangelio. Necesitamos tener esa serenidad y ese ritmo que sólo Dios puede darnos.

Si predicamos y anunciamos a Cristo con miedo su resurrección no estará presente en el mensaje. Tenemos que predicar al Señor desde nuestra propia misera, pero también desde nuestra propia fortaleza.

El Evangelio siempre es propuesta de libertad, nunca es una amenaza o una tiranía basada en el miedo. Cada uno de nosotros debemos de preguntarnos si el Evangelio nos libera de verdad de los miedos o, en cambio, nos sumerge aún más en los laberintos de nuestras miserias.

Puede ser desconcertante que nosotros los que tenemos que ser portadores del Evangelio de vida, no encontremos la receptividad que nos gustaría en las personas a las que invitamos a conocer a Jesús. Es muy probable que el Evangelio no sea nunca, gracias a Dios, un fácil objeto de consumo. Puede que incluso muchas veces nos sintamos desencantados y aturdidos. Sólo nos queda para seguir adelante la confianza en la Palabra, la fuerza en los sacramentos, y la resurrección, siempre la resurrección de Jesús.

* * *

  1. ¿Cuáles son tus miedos? ¿Por qué están presentes en tu vida?
  2. ¿Qué miedos son los que te apartan de Dios?
  3. ¿Qué obstáculos encuentras en ti mismo para ser un digno seguidor de Jesús?
  4. ¿Cómo podemos vencer al miedo?
  5. ¿Qué elementos crees necesario para predicar a los demás el Evangelio de la vida? ¿Cómo tiene que ser nuestra vida y nuestra predicación?

©2005 Mario Santana Bueno

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