12 de marzo de 2006. Mc 9, 2-10: "Este es mi hijo amado."
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Seis día después, Jesús se fue a un monte alto, llevando con él solamente a Pedro, Santiago y Juan. Allí, en presencia de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Sus ropas se volvieron brillantes y blancas, como nadie podría dejarlas por muy bien que lavase. Y vieron a Elías y Moisés, que estaban conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús:
—Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Es que los discípulos estaban asustados, y Pedro no sabía que decir. En esto vino una nube que los envolvió en su sombra. Y de la nube salió una voz:
—Este es mi Hijo amado. Escuchadle.
Al momento, al mirar a su alrededor, y ano vieron a nadie con ellos, sino sólo a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado. Así que guardaron el secreto entre ellos, aunque se preguntaban que sería eso de resucitar.
Los cristianos de todos los tiempos tenemos dos peligros a la hora de percibir a Dios y su presencia en el mundo. Hay dos posturas arriesgadas que desdibujan la presencia del Dios verdadero:
El Evangelio de hoy nos invita a ser precisamente eso: Buena Noticia, Evangelio encarnado. De una manera espectacular y simbólica se funden el cielo y la tierra, la apariencia humana y divina. Para el ser humano esta doble realidad de Jesús le produce una profunda y conmovedora felicidad. Si quitas a Jesús su divinidad a costa de su humanidad, le dejas incompleto y si lo haces al revés , también.
Lo percibes tal cual es cuando logras experimentar una presencia tan humana , tan divina… Una dimensión sin la otra sólo hace presente a un Jesús parcial, incompleto, sin capacidad de cuestionar ni dar respuesta al corazón humano.
El ser humano se acerca una y otra vez a los misterios de la vida, misterios que la propia persona no ha creado, sino cuestiones que están ahí, lanzadas a la eternidad… Jesús viene no a explicarnos el misterio, sino a enseñarnos el camino para que cada persona llegue a encontrarle sentido. Cuando un cristiano sabe calibrar auténticamente la presencia de Jesús desde una autenticidad de vida, asumiendo los dos niveles de la existencia del Señor, es cuando su vida se vuelve Evangelio para los otros y para sí mismo.
La transfiguración de Jesús nos recuerda estas dos dimensiones: la divina y la humana. Hoy más que nunca el mundo necesita cristianos que sepan nivelar y vivir ambos aspectos de la figura y la vivencia del Señor.
Si vivo un Dios enteramente divino estoy seguro que no entenderá mi pobre humanidad, porque lo divino es perfección y yo soy imperfecto…
Si vivo un Dios enteramente humano, estoy seguro que será un dios que morirá conmigo. No seré semejanza de Él sino que será un Dios a mi medida…
Dios Padre dice: "Este es mi hijo amado. Escúchenle." La vida del cristiano es escuchar en lo íntimo para pregonarlo al mundo. Llegar a esta meta nos llevará la vida entera. Hacer esta síntesis es entender la transfiguración…
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©2003 Mario Santana Bueno