Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Domingo 18 del Tiempo Ordinario — Ciclo B

3 de agosto de 2003. Jn 6,24-35: "El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed".

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Evangelio

Al no ver allí a Jesús ni a sus discípulos, la gente subió a las barcas y se dirigió en busca suya a Capernaum.

Al llegar a la otra orilla del lago encontraron a Jesús, y le preguntaron: Maestro, ¿cuándo has venido acá?

Jesús les dijo: Os aseguro que vosotros no me buscáis porque hayáis visto las señales milagrosas, sino porque habéis comido hasta hartaros. No trabajéis por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y os da vida eterna. Esta es la comida que os dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.

Le preguntaron: ¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?

Jesús les contestó: La obra de Dios es que creáis en aquel que ha enviado.

¿Y qué señal puedes darnos —le preguntaron— para que al verla te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: "Dios les dio a comer pan el cielo".

Jesús les contestó: Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien os da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.

Ellos le pidieron: Señor, danos siempre ese pan.

Y Jesús les dijo: Yo soy e pan que da vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed.

Homilía

La gente busca a Jesús. Así comienza el Evangelio de hoy. Jesús se acercaba a la gente, pero esta vez es justo al revés...

Hay también personas que se acercan a nuestras parroquias, la mayoría de ellas lo hacen no por inquietud evangélica o por deseos de conocer más a Jesús, sino mas bien para pedir ayuda de alimentos y dinero.

El Señor acoge a las personas pero les hace ver la intención de su cercanía. No le buscan porque han descubierto su divinidad o su misión, le buscan "porque han comido hasta hartarse".

Hay momentos en la vida de toda persona que experimenta con fuerza la realidad de los dones de Dios. Son los momentos alegres donde se ensancha el corazón y los pulmones. Vemos cómo Dios actúa en nuestra existencia llenándonos de paz, amor y sentido de la vida. Pero hay momentos totalmente distintos. La soledad y el vacío humanos se hacen presentes con tal fuerza que eclipsan la presencia del Señor. Son los momentos de desvanecimiento espiritual donde todos tenemos que estar atentos para que nuestra vida no se aparte totalmente de Dios.

La vida es un camino donde necesitamos alimentarnos para seguir adelante y Jesús nos recuerda que Él es el alimento que no pasa y que da vida eterna.

El mundo en el que vivimos está falto de muchos sentidos, pero quizás el más grave sea el déficit del sentido de la vida.

Muchas personas viven sin vivir, van echando días a la vida esperando que les llegue la muerte. En el fondo, detrás de muchos fracasos humanos existe en lugar de un "¿Por qué?", un "para qué..." La gente puede tener explicaciones sobre lo que les ocurre, pero pueden que no tenga motivos para superarlo. Dicen "para qué voy a seguir luchando si todo va a continuar igual..."

Le preguntan a Jesús: "¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?" O lo que es lo mismo: "¿Cómo podemos nosotros tener siempre presente a Dios en nuestra vida diaria?"

La respuesta de Jesús nos desvela nuevamente la cercanía de Dios. Aquellas personas le preguntaban sobre qué cosas tenían que hacer, pero el Señor les responde que seguir al Padre no es sólo hacer cosas, sino creer en Él. Hace unos días me comentaba un hombre de mediana edad cómo en su infancia le obligaban en el colegio religioso a ir diariamente a misa; tenían que llevar como una especie de carnet que le sellaban a la entrada de la iglesia... El tema del seguimiento del Señor no es sólo hacer cosas, tal y como pensaban los judíos de la época de Jesús. Seguir al Maestro es aceptarle en lo profundo de nuestra vida, sólo entonces iremos a los asuntos de Dios sin que nadie nos obligue.Jesús se ofrece como alimento de nuestra vida. Si la comida nos mantiene físicamente bien, el alimento espiritual del Señor nos hace saltar desde nuestra realidad material a la espiritual. Necesitamos de los dos alimentos, del material y del espiritual.

El gran debilitamiento espiritual de muchas personas (falta de sentimientos, falta de amor, falta de fe y de esperanza, falta de solidaridad con los más débiles...) es debido a que no se alimentan adecuadamente, son anémicos de espíritu y raquíticos de esperanza.

Jesús nos ha dejado su vida, su Iglesia y su cuerpo, para que tengamos vida y vida abundante.

* * *

  1. ¿Qué entiendes cuando dice la Palabra que Jesús es nuestra comida?
  2. ¿Cuáles son tus anemias espirituales?
  3. ¿Cómo podemos comer a Jesús?
  4. ¿Cuáles son los milagros que Dios ha hecho y hace en tu vida?
  5. ¿Tienes un sentido para tu vida? ¿Cuál?

©2003 Mario Santana Bueno.

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