29 de octubre de 2006. Mc 10, 46-52: "Maestro, haz que pueda ver."
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Llegaron a Jericó. Y cuando ya salía Jesús de la ciudad, seguido de sus discípulos y de mucha gente, un mendigo ciego llamado Bertimeo, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino. Al oír que era Jesús de Nazaret, el ciego comenzó a gritar: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!
Muchos le reprendían, para que se callara, pero él gritaba más aún: ¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Jesús se detuvo, y dijo: Llamadle.
Llamaron al ciego, diciéndole: Ánimo, levántate. Te está llamando.
El ciego arrojó su capa, y dando un salto se acercó a Jesús, que le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó: Maestro, quiero recobrar la vista.
Jesús le dijo: Puedes irte. Por tu fe has sido sanado.
En aquel mismo instante el ciego recobró la vista, y siguió a Jesús.
No hay más ciego que el que, aunque quiera, no puede ver...
En mi país —España— existe una de las asociaciones más importantes del mundo para la ayuda y promoción de los ciegos. Es una gran asociación que se dedica a la atención y desarrollo de todos los invidentes. Es un ejemplo para los que tenemos la visión y no la valoramos lo suficiente, ya que en su trabajo diario han logrado que los que viven en la oscuridad se haya incorporado plenamente a la sociedad. Hoy los ciegos en mi país tienen sus trabajos, pueden hacer sus carreras universitarias, e incluso tener una buena profesión. Algunos de ellos están leyendo a través de sofisticados aparatos estas líneas...
El tema de la ceguera aparece varias veces en la Biblia y hoy es una de ellas. Hay mucha cercanía entre un ciego y un creyente:
El ciego al no tener la visión material se deja guiar por los sonidos y por las palabras. También el creyente está en una aparente falta de visión de Dios. No le vemos pero podemos detectar su paso por el camino de nuestra vida. Los sonidos que dirigen nuestros pasos son los sucesos que han ocurrido en la Historia. La Palabra que se nos dice es la de Jesús a lo largo del tiempo.
Cuando no vemos tenemos que movernos tocando, tanteando, dejándonos guiar por un lazarillo o por un bastón que nos libre de los peligros en nuestro caminar diario. Es el Señor quien nos guía y nos dirige.
La invidencia genera el desarrollo de otros sentidos. La vida del creyente desarrolla otras capacidades que el Espíritu Santo hace crecer y fructificar.
Pero existe también la otra ceguera espiritual de quien no ve, de quien no oye, de quien no se deja guiar. Es la ceguera de aquellos que tienen sensibilidad espiritual pero que no han percibido que Jesús es el que pasa por el camino de sus vidas. Todos conocemos personas buenas, sensibles, capaces de actos de amor y hacederos de buenas obras, pero que no han parado al Señor que pasa por delante de su propia existencia. La vida cristiana es hacer constantemente, casi cada día, lo que hizo nuestro ciego del Evangelio de hoy: llamar a Dios para que tenga compasión de nosotros. Dos veces le grita el ciego a Jesús que tenga compasión de él.
¿Qué es la compasión?
Tener compasión o compadecerse es compartir con alguien sus desgracias sean del tipo que sean. Pero la compasión no es algo estático sino que el compadecerse nos lleva a buscar junto con el que sufre la posible solución a sus problemas. Cuando el ciego le pide a Jesús que se compadezca de él, lo que está haciendo es urgir a Jesús para que haga algo para sacarlo de su ceguera.
Ser compasivo no es "tener pena" sino ponerse en camino con quien te encuentras en tu camino demandándote comprensión y ayuda.
La oscuridad de nuestro ciego no le impidió detectar la divinidad de Jesús. Fue un descubrimiento desde el vacío y el desposeimiento. Las cosas materiales muchas veces nos pueden alejar del Señor, pero una adecuada ceguera a lo que no es de Dios puede acercarnos a Él. Para muchas personas es justo al revés: ven lo que no les llena y se olvidan de lo que les puede llenar en plenitud. El invidente le dice a Jesús que quiere recobrar la vista, que necesita ver. Al igual que los creyentes mientras estamos en el camino de la vida, vamos a tientas y sólo al final del camino de nuestra existencia podemos ver a Dios "cara a cara".
Cuando Jesús le llama, dice la escritura que el ciego arrojó su capa y dando un salto se acercó al Maestro. La capa bien puede significar esas escasas seguridades que nos hacemos en la vida. El manto representa las cosas que nos dan tranquilidad, las rentabilidades que hemos ido eligiendo en la vida. Ayudar a quitarse la capa y dar un salto en la dirección indicada escuchando las palabras de ánimo de los discípulos es también la misión de la Iglesia. La comunidad eclesial tiene que ser como los animadores del encuentro con Jesús. La Iglesia no está para condenar sino para acercar al ser humano hacia sí mismo, hacia los demás y hacia Dios. Este es uno de los pasajes evangélicos donde encuentro estas tres dimensiones que son más que fundamentales en la fe:
En otro lugar del Evangelio se nos dice "¿Puede un ciego guiar a otro ciego...?" y yo me pregunto si mi ceguera ha sido redimida y curada, si me estoy dejando guiar y si guío bien a los que quieren ser compañeros de camino. Recuerdo aquél Tomás ciego de incredulidad, que hasta que no vio y tocó no creyó y me propongo creer sin ver a ejemplo de aquel pobre invidente del camino que lo único que pedía era compasión y vista. Esto es lo que pido cada día al buen Dios.
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©2003. Mario Santana Bueno.
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