Buzón Católico
www.buzoncatolico.com

La homilía del domingo:
Domingo 32 del Tiempo Ordinario. — Ciclo B

12 de noviembre de 2006. Mc. 12, 38 44: "Esa pobre viuda ha echado más que nadie ".

 « Domingo 31 del Tiempo OrdinarioDomingo 33 del Tiempo Ordinario »

Evangelio

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Estos recibirán una sentencia más rigurosa.»

Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

Homilía

El Evangelio de hoy nos presenta dos maneras de vivir la religiosidad. Una, llena de honores, fastuosidades y respetos, es estéril y Jesús nos previene contra ella. Es la religiosidad del que recibe y del que quiere siempre recibir…

La otra es la religiosidad sin complicaciones externas. Es la respuesta del pobre que da todo lo que tiene. Esta es la forma de vivir que nos propone Cristo. La vida del creyente siempre oscilará en estos dos extremos.

Unos buscan que su religiosidad se vea correspondida por el mundo y sus proyectos. Necesitan el reconocimiento del mundo para saber que ellos son los más santos, los que están más cerca de Dios. Ellos respetan a Dios pero quieren que los demás reconozcan su trabajo e incluso a ellos mismos. Esta forma de religiosidad marca las distancias. Dios está arriba y yo intento estar con Dios… por lo tanto yo estoy arriba y los demás me lo tienen que reconocer… Han pasado los años pero el corazón del ser humano no ha cambiado mucho. Todavía hoy se repite esta forma de religiosidad estéril una y otra vez…

Vivir así, con los criterios del mundo es la antife en Cristo y la lejanía de Dios.

Donde el Evangelio dice “no lleven ni alforja ni capa…”, ellos llevan “un amplio ropaje…”; donde el Evangelio nos recuerda que “sean humildes…”, ellos buscan las “reverencias en las plazas…”; cuando el Evangelio nos dice que “el publicano se puso en la parte trasera de la sinagoga implorando el perdón de Dios…”, ellos buscaban “los primeros puestos…”; nos dice la Palabra que “cuando acudas a un banquete no vayas a los primeros lugares…”, ellos buscaban precisamente los primeros y más reconocidos asientos…; donde la Palabra nos cita “el dar a los pobres…”, ellos devoraban los bienes de las viudas… Lo más triste de todo esto es que ellos están convencidos que su forma de vivir la fe es la que Dios quiere.

Para ellos el Evangelio no tiene mucho sentido porque la Escritura nos habla de entrega y ellos están más preocupados en recibir…

Tenemos que tener mucho cuidado con los rigoristas fanatizados y fanatizantes de nuestro tiempo. Su vivencia de la fe puede llegar a máximos extremos de crueldad humana y espiritual. No me estoy refiriendo sólo a los tradicionalistas que entienden que Dios quedó en el pasado humano y esplendoroso de la Iglesia… También vemos en muchas ocasiones cómo cristianos que se consideran “revolucionarios”, son iguales de estériles que sus hermanos intransigentes en la fe.

Ninguna religiosidad que no nos dé paz interior viene de Dios. Normalmente son sucedáneos de la verdadera fe en Cristo que no llenan a nadie, ni tan siquiera a quien formula esas apreciaciones.

Hoy tenemos que ser lúcidos para descubrir nuestra mediocridad espiritual y humana. Tenemos que ver cuáles son nuestros primeros puestos y nuestros reconocimientos de hoy día. Tenemos que plantearnos qué y a quién realmente vamos buscando…

El otro lado de la escena lo ocupa una persona socialmente insignificante. Es una viuda. Las viudas, sobre todo las que no tenían hijos, eran tenidas como el prototipo de la pobreza en el pueblo de Israel. Cuando la Palabra dices: “ayudarás al huérfano y a la viuda…” está recordando al israelita su extrema situación de indigencia.

Jesús nos propone el ejemplo de la viuda porque es lo contrario a lo anterior. Ella ni ocupa puestos importantes, ni recibe halagos ni es estimada por nadie. Va sola por la vida, muchas veces en silencio; su pobreza no la hace atractiva…

En esta viuda veo el alma del creyente, del verdadero creyente. A pesar de su indigencia es capaz de dar a Cristo y a los demás lo que tiene para vivir. Así pasa con la vida de muchos de los que intentamos seguir a Cristo: somos los pobres que damos o, como dice la Escritura: “siendo pobres, enriquecen a muchos…”

Esta pobre nos da ejemplo no solo por la cantidad que echó sino por la actitud de desprendimiento que suponía tal entrega. Resulta que cuando damos de corazón, por muy pobres que seamos, siempre entregaremos una gran riqueza. Dar con pena es cerrar el corazón.

En un mundo tan materialista como en nuestro en el que nos cuesta llegar económicamente al fin de mes, nuestra buena mujer de hoy nos enseña que la entrega absoluta a Cristo es el mejor regalo que podemos tener, por eso no teme en dar lo que tiene para vivir. Nosotros tampoco tendríamos problema de darlo todo si realmente viviésemos como el apóstol Pablo aquello de “para mí la vida es Cristo…” Si realmente viviésemos eso, todas las cosas y seguridades materiales nos parecerían insignificantes…

Hoy Jesús nos pone como ejemplo a una mujer y encima pobre. El Evangelio es así. Nos desconcierta porque usa otros criterios diferentes a los del mundo. No sé si seremos capaces de aprender en nuestro tiempo de hoy de aquellos que tienen un alma de pobre ante Dios y ante los demás…

* * *

  1. ¿Qué es tener un alma de pobre?
  2. ¿En qué intensidad necesitas que los demás reconozcan tu vida y vivencia de la fe?
  3. ¿Cómo reconoce Dios nuestro esfuerzo y entrega?
  4. ¿Qué debes de hacer para tener el espíritu de la viuda?
  5. ¿Cómo podemos ser auténticos profetas en nuestras parroquias y comunidades?

« Domingo 31 del Tiempo Ordinario / Domingo 33 del Tiempo Ordinario »

Ir al inicio de la página