Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Fiesta del Bautismo del Señor — Ciclo C

7 de enero de 2007. Lc 3, 15-16. 21-22: "Jesús se bautizó. Mientras oraba se abrió el cielo."

 « Fiesta de la Sagrada Familia Segundo domingo del Tiempo Ordinario »

Evangelio

La gente se encontraba en gran expectación, y se preguntaba si tal vez Juan sería el Mesías. Pero Juan dijo a todos: Yo, ciertamente, os bautizo con agua; pero viene uno que os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él es más poderoso que yo, que ni siquiera merezco desatar la correa de sus sandalias.

Sucedió que cuando Juan estaba bautizando a todos, también Jesús fue bautizado. Y mientras oraba, el cielo se abrió, y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma, y se oyó una voz del cielo, que decía: Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido.

Homilía

El propio ritmo del año litúrgico nos trae esta fiesta como continuación de la Navidad y de la Epifanía; hace caer la festividad desde una mentalidad netamente cristiana: el niño hace poco que ha nacido... ahora vemos su bautizo... La mentalidad de la gente alejada asocia este bautismo de Jesús con el de los niños actuales, pero en realidad su simbolismo es totalmente otro.

¿Por qué se bautizó Jesús? ¿Acaso tenía pecados? ¿Acaso necesitaba convertirse?

Los primeros cristianos tuvieron sus grandes debates sobre este tema. Hubo explicaciones para todos los gustos, pero el bautismo en el Señor tiene unas referencias que bien nos pueden servir para darnos cuenta de la hondura de este gesto. Jesús no tenía necesidad de purificación pero tenía que cumplir la voluntad del Padre.

Después de los días de adviento aparece de nuevo Juan el Bautista. Ahora tiene ante sí mismo a quien había anunciado.  La gente estaba expectante y se preguntaba si Juan era el Mesías. Él lo desmiente exaltando al Señor por encima de su persona y de su actividad. En la vida diaria del cristiano la labor que hacemos es como la de Juan el Bautista. Tenemos que estar anunciando a los alejados y a los convertidos la grandeza del Dios que te espera. Ha venido, pero muchos no le han aceptado en su vida. Juan es hoy el que proclama, el que realiza gestos, el que mira al futuro que Dios nos trae.

El Evangelio de hoy tiene un aroma conmovedor. Juan puede ver a quien anunció. Algo parecido nos ocurrirá en el momento de nuestro encuentro con la eternidad. En aquel último momento veremos a Dios tal cual es, y, nosotros seremos ante Él tal y como realmente somos. En el fondo lo que vivió Juan el Bautista fue un ratito de cielo. Él se despojó de sí y aceptó la grandeza de Dios de una manera plena.

El bautismo de Jesús le sitúa entre los pecadores. Dios no sólo se hizo carne sino que tomó sobre sí el peso de la carne. El Señor no tuvo ningún pecado, pero estuvo muy en contacto con aquellos a los que el pecado había poseído. Pasar por el bautismo era experimentar el arrepentimiento, sentir lo que una persona conmovida podía percibir en su espíritu cuando se acercaba al agua.  Muchas veces no nos damos cuenta que en la vida humana sólo hay un dolor, un sufrimiento solidario que atraviesa cada alma y cada historia personal. En la vida sólo hay una felicidad que ilumina el ser de cada persona. Jesús se metió de tal manera en la realidad del ser humano doliente que pasó, sin merecerlo , por las cavernas del dolor para que el dolor no hundiese al ser humano, por eso los cristianos vemos también en el dolor y en el sufrimiento de cada persona la mano redentora de nuestro salvador.

Juan dice a la gente que él sólo puede bautizarlos con agua e invitarles al arrepentimiento, pero él personalmente no puede concederles el perdón; su bautismo es externo y físico, mientras que el de Cristo sería interior y espiritual. Juan hace que la gente vuelva los ojos a Jesús sin despistarles con otras cosas que siendo importantes pueden ocultar la presencia de su creador.

Todos hemos asistido a numerosos bautizos, nos hemos incluso cuestionado muchas cosas sobre este primer sacramento. Hemos juzgado interiormente a los padres, a los padrinos, al sacerdote celebrante. Nos hemos preguntado sobre la conveniencia de los mismos: ¿para qué bautizar a los hijos de los alejados? ¿para qué bautizar a alguien que no ha tomado la decisión de seguir a Cristo? Son tantas las preguntas y las cuestiones que nos surgen que muchas veces olvidamos que el bautismo de Jesús otorga la presencia de Espíritu Santo. Vemos a la hora de bautizar cómo son los padres y los padrinos, vemos su lejanía de nuestras celebraciones e incluso una cierta indiferencia entre los invitados... pero ¿somos capaces de saborear la presencia del Espíritu que actúa y actuará en la vida de ese niño? Vemos con demasiada frecuencia las incoherencias de los demás y en cambio no saboreamos la presencia de Dios en aquello que no entendemos. Demos la oportunidad a nuestro corazón para que aquello que hacemos en el bautismo sea una continuidad de lo que Jesús hace cada día por nosotros.

En mi parroquia hay personas sencillas que vienen para "echarle el agua al niño..." Necesitan el agua como señal de limpieza, de vida, de inclusión en la vida del Señor, pero se olvidan que junto al agua va el Espíritu de Dios que da vida, que alienta nuestro caminar. Siempre espero que algún día me llegue alguien para recibir el Espíritu que Juan nos promete en el bautismo de Jesús. Vemos lo exterior pero no nos percatamos de lo interior. ¡Tremenda pena da un cristiano que no sepa leer entre líneas los acontecimientos de la vida! Mientras tanto, espero sin juzgar a los demás, sino viéndome a mí mismo y comprobando que a pesar de mi recorrido no siempre vivo de acuerdo al agua y al Espíritu que un día recibí.

Cuando Jesús estaba orando dice la Palabra que se abrió el cielo y bajó el Espíritu Santo y se oyó la voz del Padre. Este párrafo me hace una invitación a mantener mi vida en constante oración para que el Espíritu tenga cabida en mí.

Los cristianos somos privilegiados y muchas veces no nos damos cuenta que la presencia del Espíritu nos hace ser seres nuevos, capaces de entender y ayudar a otras personas que un día recibieron o no el agua pero que no han terminado de aceptar a Dios en sus vidas. Me quedo orando, meditando, reflexionando. Intentaré no quedarme juzgando... Dejaré espacio en mi interior para que el Espíritu haga en mí su vivienda permanente...

* * *

  1. ¿Quién es el Espíritu Santo?
  2. ¿Notas la presencia del Espíritu Santo en tu vida? ¿Cómo?
  3. ¿Tiene sentido la mayoría de los bautismos que celebramos en la actualidad? ¿Por qué?
  4. ¿Juzgas con frecuencia a los demás? ¿Por qué?
  5. ¿Qué actitud debemos de tomar ante lo que significa vivir como un bautizado?

© 2004. Mario Santana Bueno.

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