Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Cuarto domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo C

28 de enero de 2007. Lc 4, 21-30: "Jesús, como Elías y Eliseo, no es enviado sólo a los judíos."

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Evangelio

Comenzó Jesús a hablar en la sinagoga, diciendo: Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.

Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de la belleza de su palabra. Se preguntaban: ¿No es éste el hijo de José?

Jesús les respondió: Seguramente me aplicaréis el refrán: "Médico, cúrate a ti mismo", y me diréis: "Lo que oímosque hiciste en Capernaum, hazlo también aquí, en tu propia tierra." Y siguió diciendo: Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra. Verdaderamente había muchas viudas en Israel en tiempos de Elías, cuando no llovió durante tres años y medio y hubo mucha hambre en todo el país. Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de las viudas israelitas, sino a una de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón. También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, que era de Siria.

Al oíresto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús. Le llevaron a lo alto del monte sobre el que se alzaba el pueblo, para arrojarlo abajo. Pero Jesús pasó por en medio de ellos, y se fue.

Homilía

La Palabra de hoy comienza con admiración y termina con persecución y, entremedias, reina la cercanía familiar y la falta de reconocimiento a los que tenemos más cerca.

Todos hablaban bien de Jesús porque habían oído de su predicación y de sus milagros. Ahora el Maestro se encontraba en su tierra, en su sinagoga, rodeado de vecinos y conocidos. Si en tierras lejanas hizo milagros y demostraba su origen sobrenatural ¡qué haría en su tierra y con su gente!

Estaban admirados de la belleza de sus palabras. Hay personas que tienen el don de la palabra. Cuando hablan son capaces de llegar al corazón del oyente y esa palabra se vuelve pregunta interna que demanda una respuesta. Jesús poseía una Palabra como nadie jamás ha podido pronunciar. Es la Palabra definitiva de Dios a todos los seres humanos, de ahí que sus palabras no pasaran inadvertidas y crearan un estado de encuentro espiritual con su interlocutor.

Sus vecinos y conocidos no se conforman con la palabra; sabían que la mayor parte de los milagros de Jesús eran curaciones, así que podían exigir que curase también a los enfermos que había entre ellos. No se habían dado cuenta que las curaciones tenían por último objetivo sanar la incredulidad de los corazones. Pedían sanar el cuerpo pero no el corazón. Esperaban que después de las palabras siguieran obras milagrosas, pruebas más que reales de su divinidad. Su ciudad era tan digna como cualquier otra para que en ella hiciese milagros. Pero ellos se preguntaban: "¿No es éste el hijo de José?".

Normalmente valoramos poco a nuestros familiares y conocidos y esto sucede porque les conocemos incluso en sus intimidades, en sus momentos bajos y en sus errores.

Si preguntamos a las demás qué buenas personas conocen, puede ocurrir que siempre nos hablen de individuos de fuera de su ambiente familiar y de su círculo de conocidos. La familiaridad muchas veces engendra desprecio y tendemos a tener en poco a las personas con quienes estamos acostumbrados a conversar.

Jesús no hizo milagros delante de sus ciudadanos a causa de los prejuicios que ellos tenían. El Evangelio nos cita los casos de los milagros de los profetas Elías y Eliseo que se dieron porque en aquellos individuos los profetas encontraron fe, que los profetas no habían encontrado en sus conciudadanos. Después empieza la oposición y la persecución de Jesús. Tan cerca está para los cristianos la admiración de la persecución que no debemos dejarnos confundir por una o por otra; ambas siempre estarán a nuestro lado tal y como le pasó a Jesús.

Los oyentes se enfadan cuando oyen que Dios había mostrado su favor a los gentiles (a los que no eran de raza judía).

Ellos eran judíos, el pueblo elegido, la raza escogida. Las palabras de Jesús les sonaron más que un insulto. Hay veces que sólo nos gustan las palabras que nos halagan el oído, pero les impedimos que lleguen a nuestro interior, a lo más profundo de nuestro corazón.

Jesús les provocó con sus palabras y por eso intentaron matarlo. La Palabra que engendra vida se convirtió para aquellas personas duras de corazón, en palabras que engendran intenciones de muerte.

El misionero o profeta será siempre objeto de críticas desde dentro y desde fuera; siempre estará en una postura incómoda ya que al denunciar la opresión, la injusticia y el egoísmo se enfrentará irremediablemente incluso con los de dentro de su propia familia y comunidad. Tenemos que estar siempre preparados no sólo para el domingo de ramos sino también para el viernes santo de nuestras vidas apostólicas...

Este es un buen día para cuestionarnos sobre el Evangelio que tenemos que llevar a los cercanos: a nuestras familias, a nuestros amigos y compañeros de trabajo, a nuestros vecinos. Sería bueno preguntarnos cuántas personas de nuestro círculo más cercano han encontrado a Cristo gracias a nuestra palabra, a nuestro testimonio, a nuestra oración. Muchas veces los evangelizadores estamos tan inmersos en llevar el Mensaje a los demás que nos olvidamos de llevarlo a los que tenemos más cerca. Cuando Jesús lo hizo ya vemos el resultado...

Puede que más difícil que llevar el Evangelio a los lejanos sea el entregarlo a los más cercanos...

* * *

  1. Tu familia, tu comunidad, tus amigos ¿Viven en un ambiente de fe en Jesús?
  2. ¿Qué haces para que se acerquen a Jesús los más cercanos a ti?
  3. ¿Sabes qué hacer para que el Evangelio vaya calando entre los que mejor conoces?
  4. ¿Te afectan, te desaniman, te desalientan... las frecuentes opiniones contrarias a Dios, a la Iglesia, a la fe...? ¿Por qué? ¿Por qué esas opiniones te afectan tanto...?
  5. ¿Te cuesta predicar el Evangelio a tu familia y conocidos? ¿Por qué?

© 2004. Mario Santana Bueno

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