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La homilía del domingo:
Segundo domingo de Cuaresma — Ciclo C

4 de marzo de 2007. Lc 9,28b-36: "Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió."

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Evangelio

Jesús subió a un monte a orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro, y sus ropas se volvieron muy blancas y brillantes. Y aparecieron dos hombres conversando con él: eran Moisés y Elías, que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la muerte que Jesús iba a sufrir en Jerusalén. Aunque Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando aquellos hombres se separaban ya de Jesús, Pedro le dijo: Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Pero Pedro no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los envolvió en su sombra, y al verse dentro de la nube, tuvieron miedo. Entonces de la nube salió una voz, que dijo: Éste es mi Hijo, mi elegido: escuchadle.

Después que calló la voz, vieron que Jesús estaba solo. Ellos guardaron esto en secreto, y por entonces no contaron a nadie lo que habían visto.

Homilía

La transfiguración es una anticipo de la gloria del Señor y de nuestra propia gloria si nos mantenemos en Él.

La escena ocurre cuando Jesús está en oración. La oración para cada uno de los cristianos debe transfigurarnos y transformarnos pues por ella obtenemos la sabiduría, la gracia y el gozo que hacen que resplandezca el rostro.

Hay personas creyentes que temen su cuerpo ya que lo ven como nido de pecado. Se olvidan estos hermanos que fue el propio Señor quien tomó un cuerpo como el nuestro para, desde él, llevarnos a la salvación eterna. No es bueno ni sano estar obsesionado con la pecaminosidad de nuestro cuerpo. Tampoco es saludable ignorarlo. Creo que lo justo es transformar el cuerpo y lo que de él se deriva para hacerlo templo del Espíritu Santo.

Jesús aparece vestido de luz refulgente. Están también Moisés y Elías que hablaban con Él sobre la muerte que iba a sufrir en Jerusalén. En medio de la transfiguración estaba Jesús dispuesto a hablar de sus sufrimientos.

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño. Se anticipa la escena de Getsemaní donde los discípulos se quedan dormidos. Lo mismo en la gloria que en la agonía del Señor los discípulos, se mantuvieron en vela. Los cansancios y los problemas de la vida nos pueden llevar a quedarnos si no dormidos, por lo menos aturdidos, y que sea ese aturdimiento quien nos impida ver la gloria del Señor cuando pasa a nuestro lado.

Al final les envuelve una nube, símbolo de la presencia de Dios; no es oscura sino luminosa en señal de acogida, pero aún así infundía temor a los discípulos. Nadie tiene que temer el entrar en la nube si está Jesús en ella, porque Él hará que pasemos sin sufrir daño alguno. Las nubes que nos envuelven no son siempre claras. Hay momentos que son tristes y oscuras y, lo que es peor, anulan los ojos de nuestra alma y nos quedamos sin guía en esos momentos tan difíciles. Sólo quien ha anclado su vida en Dios puede seguir sin temor llevado de su mano.

La transfiguración es una confirmación de la encarnación. Jesús tomó nuestro cuerpo pero no abandonó su divinidad. En aquel cuerpo de Jesús, semejante en todo al nuestro menos en el pecado, se escondía la gloria de la divinidad. Es un anticipo de la gloria de la resurrección. Es un anuncio de lo que ocurrirá con nosotros.

En pocos momentos de la Historia se le ha dado tanta importancia al cuerpo. Si en siglos anteriores el cuerpo era despreciado hoy se valora grandemente. La gente no tiene miedo de hacer grandes sacrificios por mantener en línea la esbeltez y la belleza de su apariencia física, pero no realizan el mismo esfuerzo por su apariencia interior. No importa el mantener auténticas dietas espartanas para que nuestro cuerpo no coja exceso de grasas... no cuestan laboriosos y cansados ejercicios físicos para que nuestro cuerpo no acuse el sobrepeso... pero no se da la misma paridad de esfuerzo para que nuestra alma no pueda contaminarse con el pecado. Es como si al darle importancia al cuerpo nos olvidamos del alma, y viceversa.

Lograr la síntesis es más que importante para el cristiano. Tenemos que tener en cuenta que el ser humano no tiene un cuerpo, es un cuerpo. Sin cuerpo y alma no nos podríamos ver ni percibir, de ahí que Dios mismo se hiciese uno de los nuestros para redimir nuestra naturaleza caída. Si Dios le da tanta importancia al cuerpo, ¿por qué yo no lo cuido más?

La transfiguración se da hoy y cada día en la Eucaristía. Cada Misa vivida con auténtico espíritu entregado a Dios tiene el suficiente valor de producir una transformación y la conversión personal. Si cada Misa fuese para nosotros un Tabor  ya estaríamos más que convertidos, lo que ocurre es que en muchas ocasiones subimos al monte a orar, pero con mucha frecuencia nos quedamos dormidos...

* * *

  1. ¿Qué opinión tienes sobre el cuerpo humano? ¿Por qué?
  2. ¿Qué significa en tu vida la transfiguración?
  3. ¿Qué tiempos dedicas al crecimiento interior? ¿Por qué?
  4. ¿Cuáles son las transfiguraciones que se dan hoy a nuestro alrededor?
  5. ¿Cómo vives la experiencia de la transfiguración? ¿Por qué?

© 2004. Mario Santana Bueno.

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