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La homilía del domingo:
Cuarto domingo de Cuaresma — Ciclo C

18 de marzo 2007. Lc 15,1-3.11-32: "Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido."

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Evangelio

Todos los que cobraban impuestos para Roma, y otras gentes de mala fama, se acercaron a escuchar a Jesús. Y los fariseos y maestros de la ley le criticaban diciendo: Este recibe a los pecadores y come con ellos.

Entonces Jesús les contó una parábola:

Un hombre tenía dos hijos. El más joven le dijo: "Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde." Y el padre repartió los bienes entre ellos. Poco días después, el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país, donde todo lo derrochó viviendo desenfrenadamente. Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible, y él comenzó a sentir necesidad. Fue a pedir trabajo a uno del lugar, el cual le mandó a sus campos a apacentar cerdos. Y deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: "¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a casa de mi padre, y le diré: "Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y y ano merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus labradores." Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre.

Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio y, sintiendo compasión por él, corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo." Pero el padre ordenó a sus criados: "Sacad pronto las mejores ropas, y vestidle; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro cebado, y matadlo. ¡Vamos a comer ya a hacer fiesta, porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a vivir; se había perdido, y le hemos encontrado!" Y comenzaron a hacer fiesta.

Entre tanto, el hijo mayor se hallaba en el campo. Al regresar, llegando cerca de la casa, oyó la música y el baile. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba, y el criado le contestó: "Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha mandado matar el becerro cebado, porque ha venido sano y salvo." Tanto irritó esto al hermano mayor que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciese. Él respondió a su padre: "Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, llega ahora este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro cebado."

El padre le contestó: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo. pero ahora debemos hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto ha vuelto a vivir; se había perdido, y le hemos encontrado."

Homilía

El Evangelio de hoy es un completo manual para entender el camino de la conversión personal. La parábola nos ofrece todos y cada uno de los aspectos necesarios para emprender de nuevo el camino de regreso al Padre.

Este Evangelio lo aplicamos con mucha facilidad a las personas que evidentemente son alejados, personas que no les vemos en la Iglesia ni en nuestras reuniones, pero permítanme hermanas y hermanos, que la lectura que yo haga hoy de este texto sea para aplicarlo a nosotros, a los que estamos dentro del camino, a los que aparentemente estamos sin marcharnos de la casa del Padre, pero que sin embargo la conversión no se ha hecho del todo en nosotros. Puede ser que este Evangelio desde esta lectura nos duela más de lo acostumbrado, no en vano todos somos pecadores. Los que están lejos de Dios y nosotros, los que estando cerca, quizá no experimentamos (como el hermano mayor) la grandeza del Dios Padre que tenemos.

En mi tierra, en las Islas Canarias-España, no se dice "Dios Padre"; nosotros decimos "Padre Dios". Si el primer título es verdad, el segundo no lo es menos. Permítanme que use el segundo con el mismo respeto y veneración que tengo al primero.

Padre Dios es ambas cosas para todos, es un Padre común para los de cerca y los de lejos. Siempre está asomándose a los caminos de la vida para ver cuál de sus hijos regresa hoy. Muchas veces me he preguntado por qué el Padre no dejó su casa y fue a la búsqueda de su hijo para tratar de convencerle y volver con él. Pero me doy cuenta que el Padre respeta la libertad del hijo, sabe que el auténtico amor muchas veces es un camino de regreso. Regresar es volver a los orígenes, es ir a nuestro principio en la vida curtidos ya de arrepentimiento y con el convencimiento que la vida no nos ofrece nada mejor. Hoy el Padre ya ha mandado a su Hijo más querido a buscar al menor pero éste no le hizo caso... hoy tiene que regresar por el camino que el Hijo amado le dejó trazado. El trayecto de Jesús es de la Palabra a la cruz y de ahí a la resurrección; el de los pecadores es siempre a la inversa y la conversión es volver a poner el orden de Jesús.

Muchas personas se acercan a nosotros buscando al abrazo de Padre Dios. Nosotros los creyentes tendremos siempre un camino de vuelta constante al Padre. En algunas ocasiones nos apartamos bien por despiste o bien por cansancio, pero ser creyentes es hacer siempre de nuevo el camino de vuelta.

Quien no ha experimentado a Padre Dios hace siempre el camino de ida y se pasa largo tiempo sin preocuparse por la vuelta. Cada persona es distinta. Cada persona tiene un camino de ida y otro de vuelta que sólo él y Dios conoce. El hijo menor cuando vuelve no se había olvidado del camino que le llevaría a su Padre.

Los agentes de pastoral tenemos que tener mucho cuidado para no desviar a nadie del camino hacia Padre Dios. Puede que lo hagamos con la mejor intención del mundo, que ofrezcamos nuestra experiencia para que los demás vuelvan por el mismo camino, pero no es así: cada persona tiene que encontrar el sendero de donde hace años se despidió cargado de ilusiones y de aparentes riquezas, a la búsqueda de la felicidad. Los caminos de la vida son muchos pero el Camino sólo es Jesús.

Muchas veces me pregunto si mi forma de ser y mi traicionera condición humana puede alejar del camino a los demás, puede retrasar el encuentro de quien quiere ser encontrado.

El hijo pródigo es la persona que desperdicia y consume su hacienda en gastos inútiles, sin medida ni razón. ¡Cuántos bautizados derrochamos sin pena los senderos que llevan a Dios! Tenemos luces y pistas, señales más que suficientes en el camino: la Iglesia, la fe, la Palabra, los sacramentos... pero algunos siempre están como si algo les faltara, como si tuviesen que descubrir aspectos que Padre Dios les hubiese ocultado. Piensan que el camino de la Iglesia no es suficiente y se meten por otros senderos como son la superstición, las sectas, la filosofía... todos caminos pero ninguno es el Camino.

Hay muchos aspectos en el hijo mayor que nos tienen que hacer reflexionar y que tienen más de un parecido con muchos cristianos insatisfechos de hoy. ¿Se han fijado ustedes del gran nivel de queja que existe entre los católicos? Hemos entrado en lo que yo llamo "la pastoral de la queja..." No significa que tenemos que ser borregos acríticos con lo que vemos y oímos, pero tampoco debemos de ser tan simples en los análisis que hacemos. La casa del Padre puede estar salpicada por los defectos de sus hijos, pero lo importante es que es la casa de mi Padre y del tuyo... y estamos bajo el mismo techo escuchando la misma Palabra sólo que uno la escucha y el otro la interpreta a su manera...

El pecador derrocha lo bueno que posee. Lo bueno es lo que viene del Espíritu Santo. En la mayoría de las ocasiones las quejas no vienen del Espíritu de Dios.

Los cristianos en activo tenemos que tener cuidado de no ser engreídos, ni de tener una opinión muy alta de nuestra propia suficiencia. Somos lo que somos no por nuestros méritos sino por el amor del Padre que es paciente, que espera, que cree en nuestro retorno. ¿Tenemos nosotros estas actitudes para con los alejados que buscan acercarse de nuevo al Padre? ¿Somos acogedores con el hermano que llega roto y mal oliente de cuidar los cerdos del pecado? ¿Somos capaces de dar un abrazo fraterno al hermano que estaba lejos y a vuelto? Tenemos que aprender del Padre a esperar, sobre todo a esperar.

El estado del pecador es de miseria y soledad; el del creyente riqueza espiritual y compañía ¿Ofrecemos el calor del hogar a los que se acercan a nuestras comunidades o mas bien el orgullo indecente de nuestra aparente fidelidad a Dios? Hay cristianos que se creen con derecho a despreciar al nuevo que llega; es como si la adhesión del nuevo al Padre tuviese que ser también sumisión a él. Nada más lejos de la vivencia cristiana de la fe. Acoger al otro es tener un corazón grande y admirarse cariñosamente del que llega y del gran amor del Padre para con el que regresa.

Tenemos que lograr que esta magnífica parábola del "Hijo pródigo" y del "Padre Bueno" sea también la del "Hermano alegre"...

* * *

  1. ¿Cómo vives el arrepentimiento en tu vida?
  2. ¿Qué situaciones y personas te alejan de Dios?
  3. ¿Cómo acoges a los demás?
  4. ¿Está presente la confesión frecuente en tu vida? ¿Por qué?
  5. ¿Cómo te relacionas con los hermanos que todavía están lejos de la casa del Padre?

© 2004. Mario Santana Bueno.

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