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La homilía del domingo:
Quinto domingo de Cuaresma — Ciclo C

25 de marzo de 2007. Jn 8,1-11: "El que esté sin pecado que tire la primera piedra."

 « Cuarto domingo de CuaresmaDomingo de Ramos en la Pasión del Señor »

Evangelio

Jesús se dirigió al monte de los Olivos, y al día siguiente, al amanecer, volvió al templo. La gente se le acercó, y él, sentándose, comenzó a enseñarles.

Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes, y dijeron a Jesús: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. En nuestra ley, Moisés ordena matar a pedradas a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?

Preguntaron esto para ponerle a prueba, para encontrar algo de que acusarle; pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y respondió: El que de vosotros esté sin pecado, que le arroje la primera piedra. Y volvió a inclinarse, y siguió escribiendo en la tierra. Al oír esto, uno tras otro fueron saliendo, empezando por los más viejos. Cuando Jesús se encontró solo con la mujer, que se había quedado allí, se enderezó y le preguntó: Mujer. ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Contestó ella: Ninguno, Señor.

Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar.

Homilía

Las personas tenemos una predilección especial por la justicia; pero no siempre la justicia que creamos los hombres se ajusta a los designios de Dios. En nombre de la justicia hemos cometido a lo largo de la Historia toda clase atropellos e injusticias. Nosotros los católicos venimos de una Iglesia que fue injustamente perseguida y que a su vez injustamente persiguió a otros. ¿Cómo romper la espiral de la justicia que se vuelve injusta? ¿Cómo tener la certeza de no equivocarnos cuando queremos impartir justicia? Veamos cómo logró Jesús equilibrar la justicia con la misericordia.

La escena sucede en el templo. Nosotros también acostumbramos a llevar al templo nuestros pecados y los de los demás. En algunas ocasiones oímos como el predicador condena reiteradas veces a las mazmorras eternas a los pecadores temporales...

Era una mujer que había cometido un pecado gravísimo: era una adúltera. Parece que esta narración coincide con la historia de Susana (Dan 13). Se repite la escena pero esta vez con personajes bien distintos.

Los acusados del crimen de adulterio habían de ser condenados a muerte tal y como lo prescribía la ley judía. Los fariseos aparecen aquí extremadamente celosos contra el pecado, cuando en realidad ellos mismos no estaban libres del mismo pecado u otros del que acusaban a la mujer. Muchas veces encontramos entre los cristianos actitudes parecidas. Los que son indulgentes con sus propios pecados muchas veces son muy severos con los pecados de los demás.

Esta pobre mujer no tiene excusa, no puede alegar que es mentira ya que la Palabra nos dice que fue "sorprendida en el acto mismo de adulterio" (ver 4).

En la ley (Lev 20,10; Dt 22,22-23) mandó Moisés apedrear a tales mujeres. La perversidad del adulterio está en razón directa de la santidad del matrimonio, pues es la violación de la primera institución divina en el estado de inocencia.

Le piden que dé su veredicto. Jesús trae una nueva ley superior a la de Moisés en contenido y exigencias. No se trata de cumplir mecánicamente lo que hay que hacer, sino ir poco a poco teniendo un corazón limpio y una mirada limpia de la que salga todo el amor y bondad de la que se es capaz. Tener un corazón limpio es la mejor manera de entender las exigencias del Evangelio y saber aplicar las normas con una recta justicia.

Hay ocasiones que en la pastoral de Iglesia se producen acciones que nos despistan o que pueden incluso confundirnos. Si entendemos mal lo que es la justicia que Jesús quiere y, llevados de una falsa comprensión de la caridad dejamos que el pecado siga estando en el pecador, y lo que es más triste, que tratemos de justificar el pecado en nombre de la comprensión humana, estaremos haciendo un flaco servicio al amor de Dios. Es delicado tratar el pecado sin la comprensión de Dios porque siempre podemos encontrar explicaciones racionales a las cosas que hacemos. Mirar el pecado más allá de nuestras limitaciones humanas es darnos cuenta que la libertad del ser humano no siempre va orientada hacia su libertador. Ser profeta es descubrirle al otro la dimensión de su pecado y la llamada a la misericordia de Dios en un cambio real de vida. No estamos llamados los cristianos a ser catalogadores de pecados ni de pecadores, estamos invitados a ser los proclamadores de las misericordias de Dios para con los que se arrepienten. No caigamos en la trampa de pensar que utilizando la sola comprensión de las ciencias humanas (psicología, sociología...) llegaremos a entender la hondura real del pecado. El pecado es otra dimensión que sólo los espirituales pueden sondear y sanar indicando al pecador el camino del encuentro con Jesús.

Peco y soy como soy no porque haya nacido en una familia desestructurada y mi infancia esté llena de dolor, y en mis años de juventud tuve todo tipo de vicios... El pecado está presente en mi vida, soy presa del pecado, porque todavía no he tenido un encuentro cara a cara con el Señor que sea tan fuerte que transforme mi vida...

El origen del pecado no es el pasado de mi vida. El pecado siempre es presente, siempre es ausencia de Dios en este momento de mi vida... Superar el pecado es comenzar una vida nueva donde el pasado queda ya olvidado y sólo queda mirar hacia adelante. La vida nueva es el encuentro real con Jesús.

Si Jesús perdonaba a la mujer le acusarían de contradecir la ley de Moisés y fomentar el pecado, cosa indigna en quien profesaba la rectitud y la pureza de un profeta.

¿Cómo solucionó Jesús este laberinto donde se confunde ley con misericordia?

Al principio se comportó como si no le diese importancia al asunto. Es la única vez que la Palabra menciona al Señor escribiendo. Cuando nos proponemos cosas difíciles no hemos de precipitarnos a la hora de responder sino contar diez antes de hablar.

El Maestro nombrado juez por aquellos da un salto espiritual y va más allá de lo meramente jurídico, va al corazón de los acusadores y allí encuentra las mismas miserias que condenaban en aquella mujer.

Le insisten nuevamente con más preguntas. Esperan una respuesta. Jesús volvió contra ellos mismos el veredicto que formulaban contra la mujer. Ellos pedían un veredicto legal y Jesús les ofrece un veredicto desde sus conciencias.

La conciencia es la luz de Dios depositada en el interior de cada persona, y una palabra de Cristo puede reavivar esa luz y poner la oscuridad del pecado a la amorosa presencia de Dios. El pecado nunca podrá ocultar la luz de Dios. Pase lo que pase en la vida de una persona siempre podrá volverse a la luz limpiadora de Cristo.

Les dijo que el que no tenga pecado que tire la primera piedra. No les está hablando de los pecados que habían cometido en el pasado, les está preguntando por sus pecados de hoy. Uno a uno se marcharon.

La mujer se quedó a solas con Jesús. Ella no trata de culpar a los otros ni disculparse con elaborados razonamientos. Sólo se quedó esperando el veredicto que los otros demandaban. El Señor no le dijo "Vete y haz lo que quieras", sino que le urgió: "Vete y no peques más". Ya saben ustedes que en el camino de nuestra vida material el encuentro con Jesús no es definitivo; una y otra vez estaremos escuchando esa frase de "Vete y no peques más..." hasta llegar al encuentro definitivo donde la frase de Dios será otra: "Vengan benditos de mi Padre..."

No es suficiente reconocer el pecado; hay que cambiar el pecado por vida nueva.

Miro mi vida siempre al borde de la tentación y me miró frágil en mis adentros. Desde mi ministerio sacerdotal tengo que predicar a otros la perfección del seguimiento de Cristo y el amor que Dios nos tiene. Mi misión es predicar el amor de Dios pero me encuentro muchas veces con normas , reglamentos, ideologías, que quieren imprimir en mí otra mirada distinta a la de Jesús. Pido a Dios que no me haga juez de los demás, que me dé mirada limpia para saber que más allá del pecado siempre hay un ser humano sediento de misericordia. Pido a Dios su sabiduría para ser un fiel testigo del justo amor de Dios.

Una persona puede tener muchos pecados, pero los cristianos, incluso en esas situaciones que nos sumergen en el lodazal del pecado, tenemos que decirnos una y otra vez: "no estoy orgulloso de mis pecados... me avergüenzo de ellos..." Este ejercicio lo hago con frecuencia en mi vida. No quiero estar orgulloso de mis pecados, sólo quiero estar orgulloso de lo que Cristo con su sangre hace cada día por mí.

Hay personas que creen que nunca van a superar sus pecados y miserias humanas. A estas personas hay que recordarles que es necesario ese encuentro, ese silencio meditativo, ese saber estar cerca de Jesús para sentirse perdonado por Él y ese perdón nos llevará siempre a un cambio real de vida. No hay cambio si no hay encuentro con Él, aunque sea que por motivo de un pecado nos hayamos acercado al encuentro con su misericordia...

* * *

  1. ¿Cómo afrontas tus pecados? ¿Con miedo? ¿Con orgullo? ¿Con cobardía?
  2. ¿Qué tiene más importancia en tu vida la condenación o la salvación eternas? ¿Juzgas a los demás con facilidad? ¿Juzgas sus intenciones y caídas?
  3. ¿Cómo tratas a los que están espiritualmente lisiados por el pecado?
  4. ¿Qué significa para ti la frase "vete y no peques más..."? ¿Cómo entenderla en tu vida concreta?
  5. ¿Experimentas en ti vida la misericordia y el amor perdonador de Dios o eres una persona que siempre te tortura tu pasado?

© 2004 Mario Santana Bueno.

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