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La homilía del domingo:
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor — Ciclo C

1 de abril de 2007. Lc 22, 14-23, 56: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!"

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Homilía

No es fácil acercarse a la pasión del Señor cuando todo a nuestro alrededor es un bullicio de invitaciones a alejarse del dolor y del sacrificio por los otros. La televisión nos repite una y otra vez en forma de anuncios que debemos de vivir para nosotros, tener el mejor cuerpo, la mejor salud, el mejor coche, el mejor refresco o la mejor colonia... No es fácil ver nuestro dolor y nuestra miseria por televisión. Bien es verdad que nos dejan ver la de otros, pero sólo momentáneamente entre anuncio y anuncio consumista.

No hace mucho me preguntaban sobre el significado de la muerte de Jesús en la cruz. Al decirle que era para salvarnos se quedó con más dudas. Ya saben que la gente entiende que cuando uno se salva es cuando queda bien, cuando se triunfa, pero ellos ven que Jesús quedó clavado en la cruz...

La semana santa empieza con la entrada triunfal de Jesús, es como un escaparate desde donde se pasa del halago al sufrimiento, de la muerte a la resurrección.

La Pasión de Cristo no ha perdido ni perderá nunca actualidad. Cada uno de los personajes que aparecen en ella se hacen las mismas preguntas de las personas de todos los tiempos. ¿Qué significado tiene dar la vida por los demás? ¿Por qué existe el dolor y el sufrimiento? ¿Qué sentido tiene el sufrir?

¿Qué respuesta nos da la Pasión de Jesús?

Cada ser humano tiene en su vida sus cruces y su cruz. Las cruces normalmente las ponen los demás: el carácter y los traumas del otro; la mala relación con alguien determinado; el día a día lleno de sufrimiento por las incompresiones de los demás; la dificultad en las relaciones humanas...

La cruz, en cambio, siempre es nuestra, está en nuestro interior; casi les diría que vinimos con ella, es nuestra "cruz original". Nuestra cruz es lo que no podemos cambiar fácilmente y que tanto nos entristece y nos duele. En uno será el carácter, en otros el profundo sentimiento de soledad, en muchos la pérdida de la paz interior...

Jesús vino para darnos respuestas a las cruces y a la cruz. Para ello supo unir en sí mismo las cruces de los demás y su propia cruz. No era nada cómodo morir de esa manera cuando la vida te podía ofrecer otros horizontes. ¿Te has preguntado alguna vez por qué Jesús no murió plácidamente en una cama? ¿Qué misterio se encierra en la cruz?

Para superar las cruces, Jesús nos deja el perdón a los demás. Él perdona a todos desde lo alto de la cruz y fue un perdón dirigido a la humanidad entera. No fue solamente a aquellos que le proferían dolor e insultos sino a todos los que me infligen sufrimientos hoy, en este día. En la misma cruz perdona también al buen ladrón que se arrepiente. Ambas escenas son de la misma obra de la humanidad: el perdón al que peca para que su pecado no vaya a más y no haga y se haga más daño y el perdón al que se arrepiente. Arrepentirse significa reconocer que Dios es más que yo y que viendo mi error le dejo que entre a mi vida para que la transforme.

¿Qué actitud tomó Jesús ante este terrible sufrimiento?

Dice el versículo 44: "En medio de un gran sufrimiento, Jesús oraba aún más intensamente, y el sudor le caía al suelo como grandes gotas de sangre."

Sabía lección la que nos deja el Maestro: La oración ejerciendo su valor terapéutico y didáctico donde el dolor es sólo el alumno que tiene que aprender lo que dice un corazón que habla con Dios. El dolor con la oración adquiere una nueva perspectiva. Cuando una persona es capaz de poner el dolor ante Dios, es el propio Dios quien lo transforma en resurrección.

Cuando tengas un dolor, sea moral, sea físico, entra en pleno contacto con Dios y ya verás como no preguntarás el por qué, ni verás el sufrimiento como un fracaso. Descubrirás que ya no es el sufrimiento quien te domina sino es Jesús quien ha tomado las riendas de ese caballo desbocado que se llama dolor.

Jesús murió por mí para que yo entendiera quién soy yo y quién es Él. Supo salvarme sin aniquilarme sino dándome vida. No destruyó mi pasado de pecado sino que lo transformó en presente resucitado.

Hay muchas personas que tienen pendiente la difícil asignatura del dolor y el sufrimiento. Los cristianos no somos partidarios de la eutanasia pero tampoco somos masoquistas. Nuestra actitud va a la frase de Jesús: "Padre, si quieres, líbrame de esta copa de amargura; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya." (v.42).

Aceptar la voluntad que Dios tiene sobre mí es encontrar un significado al dolor diario.

Puede ser que tú que lees esto hoy estés en la cruz en sus diferentes formas. Yo también lo he estado varias veces. Mi palabra quiere ahora en este comienzo de la semana santa ser para ti.

Deja que tu vida mire a la cruz de Cristo. Pide al Señor en la oración no comprender el sufrimiento sino entender su cruz. Vive intensamente cada momento de esta gran aventura de la Pasión para que encuentres en tu vida no meras explicaciones sino el profundo significado espiritual que tiene.

Tenemos que ir a la cruz de Cristo no para entender sino para contemplar.

El sufrimiento es un misterio que sólo desde la voluntad y la cercanía de Dios tiene sentido.

Te deseo que esta semana santa sea en tu vida la primera semana de cambio en dirección hacia Jesús resucitado.

* * *

  1. ¿Cómo te sitúas ante el sufrimiento? ¿Con miedo? ¿Con interrogantes?
  2. ¿Tiene el sufrimiento algún significado?
  3. ¿Qué es la salvación que Jesús nos trae?
  4. ¿Cómo entiendes y vives el sufrimiento de los más débiles e indefensos?
  5. ¿Cuáles son las cruces y la cruz de tu vida? ¿Qué tienes que hacer para superarlas con la ayuda de Dios?

© 2004. Mario Santana Bueno.

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