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La homilía del domingo:
Vigésimo segundo Domingo del Tiempo Ordinario — Ciclo C

2 de septiembre de 2007. Lc 14, 1.7-14: "El que a sí mismo se engrandece será humillado; y el que se humilla será engrandecido."

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Evangelio

Sucedió que un día de reposo (sábado) fue Jesús a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos le estaban espiando. Al ver Jesús que los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que llegue otro invitado más importante que tú, y el que os invitó a los dos tenga que decirte: “Deja tu lugar a este otro.” Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, pásate a este lugar de más categoría.” Así quedarás muy bien delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.

Dijo también al hombre que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, a tus hermanos, a tus parientes o a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás recompensado. Al contrario, cuando des una fiesta, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos; y así será feliz, porque ellos no te pueden pagar, pero tú recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten.

Homilía

La palabra "humano" viene de la misma raíz que "humilde". Ambos vocablos proceden del latín "hûmus" que significa "suelo, tierra". Cuando Dios nos creó no nos hizo desde el cielo sino de la tierra, de ahí nuestra humana-humildad. Para los cristianos la humildad es un tema que siempre tiene que estar presente en nuestra vida de cada día.

¿Qué es ser humilde?

Ser humilde no es tener un carácter débil, cobarde, vacilante. Tampoco es tener posturas afectadas ni silencios ni miradas perdidas... Nada de eso. Nuestros antepasados, bien sea san Pedro o san Pablo o cualquier otro u otra de los miles y miles de santos que nos ofrece la Iglesia, no fueron personas endebles sino justo lo contrario y, sin embargo, nadie duda de su profunda humildad.

Ser humilde es reconocernos ante Dios y ante los demás tal cual somos, sin apariencias ni falsas modestias. Sabemos que el orgullo y la ambición pueden llevar a los seres humanos a la humillación, mientras que el ser de verdad humildes nos lleva a ser más amados por los demás.

Muchas personas quieren ser humildes pero no pueden porque están muy centrados en sí mismos. Si permaneces mucho tiempo compadeciéndote, lamentándote, quejándote, nunca entenderás qué significa vivir en la realidad. Hay personas que se hunden porque su vida no está construida en Dios sino en las apariencias hacia sí mismos y hacia los demás. Quieren dar una imagen que no tienen dentro de sí. Quieren aparentar algo que no son. Ya saben ustedes que nadie da lo que no tiene...

La pobreza es aliada de la humildad. No me estoy refiriendo sólo a la pobreza sociológica sino a esa pobreza de espíritu a la que todos estamos llamados. Los pobres de espíritu no son los frágiles sino los que no tienen nada de qué presumir y si lo tienen no lo ponen como prioridad. Son pobres de espíritu los humildes y los temerosos de Dios, es decir, los que no tienen espíritu que infla.

Una de las cosas que tiene la humildad es que no se puede disfrazar. Se nota enseguida la persona que no va buscando admiraciones y reconocimientos y también aquellos que van tras los mismos. Una lección de humildad la tenemos magníficamente expuesta entre Juan el Bautista y Jesús; ambos nos dan en la escena del bautismo (Mt 3,14-15) una auténtica enseñanza de lo que debe ser dejar que Dios y el otro sean el primero en mi vida.

Conozco seglares y religiosos que están más que deseosos de escalar puestos en el escalafón eclesial. La verdad es que nunca me ha llamado la atención ni los títulos ni los grados ni los escalafones. Soy un cristiano del pueblo que busco apasionadamente el amor que Dios me da cada día y en cada momento. El pecado contra la humildad siempre ha sido el mismo: querer ser como Dios.

En la antigüedad romana cuando un general entraba a caballo victorioso en una ciudad a su lado corría un esclavo que le gritaba: "¡Recuerda que no eres Dios!" Ojalá las pasiones de hoy sean nuestros esclavos en los aparentes triunfos de la vida que nos recuerden nuestra vulnerabilidad y humana fragilidad.

Cuando buscamos el reconocimiento por parte de los demás no tenemos tiempo para dedicarnos a crecer por dentro. Nos comparamos con otros y esto nos hace sufrir. Siempre habrá personas mejores y peores que nosotros. Sólo tenemos que compararnos con nosotros mismos; hay que ser valientes y preguntarnos: "¿Cómo estaba el año pasado por estas mismas fechas? ¿En qué he mejorado en mi caminar hacia Dios y con los demás?"

Aprendamos de Jesús que nos dice: "Aprendan de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontrarán descanso." (Mt 11, 29).

La humildad tiene que ser los cimientos en los que se va construyendo la vida cristiana. El ayuno, la oración, la limosna, la castidad y cualquier otro bien que podamos realizar, sin humildad no sirve para nada. Incluso las apariencias de bien nos pueden alejar de Dios como los fariseos: cumplían todo lo previsto, pero serían unos malos seguidores de Jesús debido a su orgullo y desprecio de los demás. Tenemos que volver a la sencillez de los niños (Mt 18,4).

Soy un aprendiz de la vida y un aprendiz de cristiano. Conforme van pasando los años me voy dando cuenta que para vivir en el seguimiento de Cristo hacen falta muy pocas cosas; que este caminar es de renuncias y encuentros donde gana quien parece que pierde en las cosas de la vida. Tengo claro que la humildad es la casa donde habita el amor porque lo único que importa es el amor, porque Dios es amor...

* * *

  1. ¿Te crees una persona humilde? ¿Por qué? ¿Qué lugar ocupa la humildad en tu vida?
  2. ¿Qué características debe reunir una persona humilde?
  3. ¿Cómo es tu trato con tu familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo...? ¿Qué tienes que mejorar?
  4. ¿Cómo puede una persona aprender a ser humilde?
  5. ¿Qué gestos de humildad podemos hacer como parroquia, como comunidad, como Iglesia?

©2004. Mario Santana Bueno

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