Buzón Católico
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La homilía del domingo:
Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario — ciclo C

28 octubre 2007. Lc 18,9-14: "El publicano bajó a su casa justificado y el fariseo no."
La parábola del fariseo y el cobrador de impuestos.

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Evangelio

Jesús contó esta otra parábola para algunos que, creyéndose buenos, despreciaban a los demás:

Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro uno de esos que cobra impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.” Pero el cobrador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.

Homilía

Hoy Jesús cuenta una parábola destinada "para algunos que, creyéndose buenos, despreciaban a los demás".

Los creyentes tenemos que tener mucho cuidado en las actitudes que emanan de nuestra vida cristiana. Vivir siguiendo a Cristo supone estar en el mundo con una vida equilibrada y bien pegada a la felicidad. Felicidad que no hace daño ni a la propia persona ni a los demás. Creo que esto es cierto cuando intentamos hacer nuestro el camino de las bienaventuranzas. Lo que intenta explicarnos el Evangelio de hoy no es la bondad presente en nuestra vida sino la actitud que toma la persona que disfruta de tal regalo.

¿Cuál es nuestra actitud frente a las demás personas que nos rodean? No me refiero a los hermanos y hermanas en la fe. Probablemente con ellos estamos en una relación de iguales. Me refiero a esas personas que se acercan a nuestras parroquias y comunidades que han sido fuertemente heridos por la vida y esas heridas que traen nos molestan más que la propia persona.

A los cristianos nos han educado en el respeto a la persona. Bien conocido es aquello de "condenar el pecado no al pecador..." pero la realidad muchas veces es bien distinta. El pecado de los otros muchas veces en nuestra manera de percibirlos absorbe a la persona condenándola junto con su comportamiento. Nos olvidamos con frecuencia que en el corazón de todo ser humano siempre está latiendo la presencia amorosa de Dios, del Dios que espera, acoge y perdona.

La Palabra nos habla de actitudes para con Dios, para con nosotros mismos y para con los demás. ¿Cuál es mi actitud de seguidor de Cristo? ¿Cómo afronto las heridas que el pecado va dejando en mí y en los demás?

Lo curioso de la parábola es que los dos estaban haciendo algo objetivamente bueno: los dos estaban orando. Lo que les diferencia a uno de otro es la actitud exterior e interior con la que hacían sus rezos:

Los dos fueron al templo a orar:
No es suficiente el espacio religioso para lograr con la ayuda de Dios las actitudes del Evangelio. Vemos gente "de Iglesia" cuya inmadurez humana y espiritual es más que evidente. Ir al templo es entrar en el espacio de Dios, en los criterios y objetivos del Evangelio. Ocurre que muchas veces nuestro cuerpo entra al templo, pero nuestra vida está atascada en celos, en afanes de reconocimiento por parte de los demás, en complejos disimulados en falsa espiritualidad... Nuestra vida tiene que estar permanentemente en el templo, esto es, en la presencia de Dios para aprender a ser tal cual Él nos quiere.
El fariseo se mantenía de pie:
La verdad es que el creyente sale un tanto mal parado en esta parábola, pero así es como debe ser. No censura Jesús lo que cree o lo bueno que hace. Jesús ataca la soberbia y el afán de suficiencia con el que lo hace. Nuestro fariseo cumple lo estipulado pero no cambia la actitud del corazón. Muchos cristianos no se dan cuenta que todo lo que hacemos, los métodos que utilizamos, las estructuras organizativas, las celebraciones litúrgicas son siempre para crecer en el amor de Dios; no son fines en sí mismos.¿De qué te sirve hacer tantas cosas "religiosas" si luego tu vida está lejos del amor que Cristo nos trae? El fariseo cumple lo prescrito y por eso se cree bueno. Piensa que lo que él hace es lo más importante y que lo que hacen los demás no lo es. Cada ser humano tiene un termómetro en el seguimiento de Cristo. Si tu vida crece día a día en el amor, estás por el buen camino. Si, en cambio, tu vida cada día es más soberbia disfrazada de tantas maneras de falsas espiritualidades, ya te has apartado del camino...
El cobrador de impuestos se había quedado a cierta distancia:
Este hombre percibe la distancia que nos separa en esta vida de Dios. Nuestro Dios no está lejos de nosotros. Está tan cerca que podemos charlar con Él cada día y en cada momento, pero sabemos que está en el mundo sin confundirse con él. Descubrir la distancia que existe de mi vida hasta Dios es el camino de la conversión. Vivir en cristiano es reducir distancias sin soberbias, sin envidias, latiendo en el amor a Dios.
El cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero el fariseo no.
Curiosa distribución la que Dios hace. Al que tenía más pecado se le perdonó y al que vivía según la Ley cumpliendo todo lo prescrito apenas fue escuchado. La paga de la humildad y del reconocerse ante Dios tal y cual somos es el perdón y la paz interior. La soberbia religiosa es un arma que siempre se utiliza contra el otro. Es como decirle a los demás: "Yo soy más santo que tú..." La santidad es dejar un hueco en el corazón lo más grande posible para albergar a Dios y a la humanidad entera.
El fariseo no fue perdonado porque lo que presentaba ante Dios eran logros y cumplimientos. El publicano, en cambio, oraba no presentando las conquistas espirituales logradas por prácticas religiosas sino que se presentaba ante Dios humillado, pidiendo misericordia.

Termina el Evangelio recordándonos la necesidad de la humildad para no presumir de la fe y del cómo la vivimos; mas bien una vida de fe vivida en plenitud será siempre un interrogante para los demás y una llamada a la misericordia de Dios. Nada tiene de qué presumir quien sabe que es Dios quien nos lo da todo.

* * *

  1. ¿Cuáles son las actitudes que están presentes en tu vida de fe?
  2. ¿Cuándo eres el fariseo y cuándo el publicano?
  3. ¿Qué papel tienen los demás, en especial los más débiles y pecadores en tu vida diaria? ¿Sabes acogerles, comprenderles, aceptarles, quererles...?
  4. ¿Cómo podemos hacer una Iglesia y una espiritualidad más humilde?
  5. ¿Cómo podemos educar y hacer crecer las actitudes del Evangelio en nuestra vida? ¿Qué elementos tenemos a nuestro alcance para lograr la plenitud espiritual?

©2004. Mario Santana Bueno.

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