Tolerancia: Educar en y para la tolerancia

EDUCAR EN Y PARA LA TOLERANCIA

La cultura actual ha concedido a la libertad un valor inestimable. La libertad afortunadamente se cotiza hoy al alza. Sin embargo, la historia reciente está demostrando que toda esa sensibilidad no ha logrado acabar con muchas formas de violencia e intolerancia personal y social que todos abominamos. Quizá sea porque el verdadero amor a la libertad ha de demostrarse en la defensa de la libertad de los demás, y ahí no siempre resulta tan atractiva.

La libertad no es cuestión en absoluto sencilla. Plantea una serie de tensiones naturales entre la propia libertad y la de los demás; entre la libertad y la verdad; entre la libertad individual y el bien (propio y de la colectividad); etc. que sugieren apasionantes temas de debate para cualquier sociedad que se precie de reconocer y proteger los derechos naturales de sus ciudadanos.

Porque es evidente que no todo puede tolerarse. Y es evidente también que debe respetarse la libertad. El problema que aquí se debate es dónde está el punto de equilibrio entre ambas afirmaciones obvias, puesto que crear una verdadera cultura de la tolerancia requiere como ha señalado Umberto Eco fijar los límites de lo intolerable.

Este artículo que coincide con la proclamación de 1995 como Año Internacional de la Tolerancia por parte de las Naciones Unidas, la Unesco y El Consejo de Europa, pretende señalar algunas ideas que pueden contribuir a una verdadera y positiva educación en y para la tolerancia.

La tolerancia, entendida como respeto y consideración hacia la diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, como compresión y flexibilidad, o como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces un valor de enorme importancia.

Estimular en este sentido la tolerancia puede contribuir a resolver muchos conflictos y a erradicar muchas violencias. Y como unos y otras son noticia frecuente en los más diversos ámbitos de la vida social, cabe pensar que la tolerancia es un valor que necesaria y urgentemente hay que promover. Sin embargo, promover una acertada aplicación de la tolerancia es algo extremadamente difícil y complejo, que conviene analizar con calma, sin trivializarlo, para no caer en simplistas reduccionismos.

El escepcitismo permisivista: el todo vale
El primer riesgo de reduccionismo sería considerar la tolerancia como un valor absoluto. El problema, en ese caso, es que habría que permitir cualquier atropello. Habría que tolerar el robo, la violación y el asesinato. Cualquier intento de imponer el imperio de la ley o un sistema de autoridad podría considerarse como una grosera manifestación de intolerancia. Sería imposible establecer un sistema de Derecho o cualquier tipo de ordenamiento jurídico. Promover la tolerancia no es tolerarlo todo, porque es evidente que no se puede permitir todo.

Parece, por tanto, que la tolerancia, como la libertad, ha de tener unos límites. No en vano, todos los análisis realizados con motivo del Año Internacional de la Tolerancia insisten en que una interpretación superficial de la tolerancia la llevaría a su ruina: al escepticismo permisivista del todo vale.

La verdadera tolerancia como ha señalado Norberto Bobbio no se fundamenta en el escepticismo, sino en una firmeza de principios, que se opone a la indebida exclusión de lo diferente. O, como señalaba el Director General de la Unesco en su informe para el Año Internacional, la tolerancia no es una actitud de simple neutralidad o indiferencia, sino una posición resuelta que cobra sentido cuando se opone a su limite, que es lo intolerable. Posición resuelta fruto de la firmeza de los principios, perfectamente compatible con un modo de aplicarlos prudente y flexible.

El fracaso del permisivismo refuerza la idea de sentido común de que toda persona ha de aprender a esforzarse seriamente si quiere conseguir cualquier objetivo valioso en su vida. Y sobre todo en esas primeras etapas de la infancia en las que se va conformando el carácter.

Por otra parte, para aprender a esforzarse seriamente en algo resulta muy práctico procurar sujetarse libremente, pero sujetarse a un plan exigente. Y esto es así porque hacer lo que uno entiende que debe hacer supone muchas veces un esfuerzo considerable. Por eso, una educación responsable ha de llevar a plantear o plantearse un alto nivel de exigencia personal. Y eso no significa ningún atentado contra la tolerancia, sino saber educar.

Una voluntad fuerte es un elemento imprescindible en la búsqueda de la felicidad. Y muchas personas carecen de esa fuerza de voluntad porque han sido educadas en una atmósfera de permisivismo, fruto de un mal entendido sentido de la libertad y la tolerancia que ha impedido formar en la exigencia. Como afirma Enrique Rojas, la voluntad es piedra angular del éxito en la vida, la facultad capaz de impulsar la conducta y de dirigirla hacia un objetivo determinado. La mayoría de los problemas que las personas se encuentran en la vida no se deben a una falta de información o de inteligencia, sino a una voluntad debilitada que impide poner en juego las propias capacidades.

Hay que educar enseñando a esforzarse día a día en hacer lo que uno entiende que debe hacer, aprovechar el tiempo, sacar partido a los propios talentos, procurar vencer los defectos del propio carácter, buscar siempre hacer algo más por las personas que están a nuestro alrededor, mantener una relación cordial con todos, etc. Pero todo eso es muy difícil sin una motivación, puesto que la voluntad mejor dispuesta es la más motivada y en la motivación está la clave de la educación de los sentimientos.

La persona motivada ve la meta como algo grande y positivo que puede conseguir. En cambio, desde la indiferencia no se puede cultivar la voluntad. El hombre ilusionado sabe lo que quiere y adónde va, está siempre en vela y no se desmorona. Incluso en los peores momentos, hay un rescoldo de esperanza bajo las cenizas. Ahí se apoya la capacidad de volver a empezar una y otra vez, que hace grandes a las personas.

Quizá sea este un momento especialmente oportuno para devolver a la autoridad su auténtico sentido. Para no caer en el autoritarismo difícilmente reconciliable con una correcta aplicación de la tolerancia es muy recomendable: guardarse de querer juzgarlo todo y precipitadamente, esforzarse por no caer en el simplismo, en el "etiquetar" los problemas, que es un modo de eludir su complejidad, adoptar actitudes abiertas y positivas ante las nuevas formas y estilos de vida, compatibles con la dignidad del hombre, huir del talante de queja habitual, del catastrofismo, de la condena precipitada.

Educar supone hacer pensar, no ser pesados ni impositivos, y no formar personas de respuesta aprendida, no dárselo todo ya pensado. Hay que contar más con los intereses y las aptitudes de los alumnos y no querer meterlos a presión en un molde educativo que no les deja desarrollar su personalidad.
El peligro del relativismo
El Diccionario de la Real Academia señala dos acepciones de la palabra tolerancia que engloban quizá lo que acabamos de decir: una es el respeto y consideración hacia las opiniones o practicas de los demás, aunque sean diferentes a las nuestras; y la otra que recoge quizá el sentido más específico de la palabra señala que tolerar es permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente; o sea, no impedir pudiendo hacerlo que otro u otros realicen un determinado mal.

En ambos casos, el quid de la cuestión está en determinar el límite de lo no tolerable: la legítima diversidad siempre debe tolerarse, pero la ilegítima puede tolerarse o no, según los casos. Pero el concepto de legitimidad, e incluso el concepto de bien y de mal, son muy relativos para bastante gente. Por eso, para poder hablar de tolerancia es preciso analizar el segundo riesgo de reduccionismo: los que entienden la tolerancia como relativismo.

En Alemania se han prohibido recientemente diversos actos públicos de grupos neonazis, lo cual supone limitar el derecho de manifestación. En Francia, donde también parece haber libertad de expresión, el gobierno ha clausurado varios periódicos musulmanes ligados al FIS argelino, por su "tono violentamente anti-occidental y anti-francés", según la explicación oficial. ¿Pueden justificarse medidas como esas a la vez que se admite el principal postulado que siempre han repetido los relativistas: nadie tiene derecho a imponer a los demás su propio concepto de moral?

Este primer postulado relativista es una apasionada y loable invocación a la libertad individual, pero si se analiza con un poco de calma, es fácil descubrir que esconde serias contradicciones. De entrada, el relativismo deja momentáneamente de ser relativo para imponernos a todos su postulado indiscutible (que nadie puede imponer nada a nadie). Pero el principal problema del relativismo surge cuando se habla de poner límites a la tolerancia.

Ya hemos visto que parece inimaginable una sociedad en la que se permitiera todo, puesto que hay cosas que no pueden tolerarse. Si analizamos por qué no toleramos algunas cosas, pronto descubrimos que la causa está en verdades y valores que consideramos innegociables. Por ejemplo: no toleramos el robo para proteger la propiedad, necesaria para la subsistencia libre de las personas; o no toleramos el asesinato para proteger el derecho a la vida de todo hombre.

Si aceptáramos el relativismo, cada persona tendría derecho a su verdad y su criterio para definir lo bueno y lo malo, y bien podría pensarse que cualquier imposición de la ley que muchos veces es manifestación de un sentido moral es una clara muestra de intolerancia.

El relativismo siempre acaba en un círculo vicioso, porque sin una referencia a una verdad universal, que nos obligue a todos, ¿en nombre de qué autoridad se puede considerar que una acción es mala, e imponer a otros ese concepto de lo que es malo? ¿cómo defender razonadamente que hay que actuar así, que deben ponerse esos límites a la tolerancia? Ese limite puede ser difícil de apreciar, porque las circunstancias hacen a veces muy complejos esos problemas. Pero tiene que haber un limite preciso, independientemente de que sea difícil de distinguir. Porque si no hubiera limites, la tolerancia se destruiría a si misma, ya que nadie podría impedir legítimamente nada: en nombre de la tolerancia, habría que tolerar todo, también al intolerante; además, se podría tachar de intolerante a cualquiera que hiciera algo que no coincidiera exactamente con lo que nosotros defendemos.

Y también parece bastante claro que para definir los limites de la tolerancia, es preciso reconocer la existencia de la verdad. Algunos, cuando oyen hablar de verdad objetiva afirman que esta actitud lleva fácilmente a la tentación del fanatismo, de matar a los enemigos. Y que la historia tiene abundantes ejemplos de esto. Es verdad que existe la tentación del fanatismo contra la que hay que luchar decididamente, y que en la historia hay abundantes ejemplos de esa grosera forma de intolerancia. Pero no puede decirse que creer en una verdad suponga ya ser un fanático, y mucho menos presentar instintos homicidas. Eso seria un prejuicio, mas que una explicación. Afirmar que existe una verdad universal sobre el bien y el mal, que tenemos el deber de procurar descubrir, y a la que debemos ajustar nuestra conducta no significa pretender tener siempre razón. Es distinto decir de modo altivo "mi opinión es la mejor" (entre otras cosas, porque puede fácilmente no serlo), a decir que, en esa búsqueda de la verdad en que todos debíamos estar empeñados, la opinión que coincida con esa verdad es mejor que las opiniones que no coincidan con ella.

No se puede decir que la verdad no exista, ni que de igual una verdad que otra, ni que la verdad se vaya a componer entre las opiniones de todos. Pero si ha de aceptarse aunque se tenga una firme certeza moral sobre una serie de verdades, que muchos otros tendrán alguna parte de verdad en ámbitos muy diversos, y también nos iluminan con sus aportaciones y sus hallazgos en esa necesaria y liberadora búsqueda de la verdad.

Una buena educación en el seno familiar y escolar ha de pretender que los hijos y alumnos se "aficionen" a buscar la verdad, sin olvidar que los hombres podemos ser muy aficionados a buscar la verdad, pero bastante reacios a aceptarla. A los hombres como decía Gilson, no nos gusta que la evidencia racional nos acorrale. E incluso cuando la verdad esta ahí, en su impersonal e imperiosa objetividad, muchas veces sigue en pie nuestra mayor dificultad: someternos a ella a pesar de no ser exclusivamente nuestra.

El hecho de que en tiempos y lugares diferentes hayan existido diferentes opiniones sobre el bien y el mal, en absoluto supone que dé igual una que otra. Ante las diferencias de opinión, lo razonable es plantearse cuáles de las expresadas son verdaderas, o más cercanas a la verdad, en lugar de rechazarlas todas; lo sensato es tratar de resolver la diferencia, examinando las razones y argumentos de cada opinión. Una cosa es reconocer que caben múltiples puntos de vista, que la verdad a menudo no es inmediata, y otra pensar que no la hay en absoluto y que el acuerdo es imposible. Si no se acepta que hay verdades universales, ¿con qué fundamento opinamos? El riesgo del clima relativista es que, al instalar las creencias en el reino de la pura subjetividad, y no tener así que responder ante instancias objetivas, tiende a convertir las opiniones en obstinaciones.

Los relativistas sostienen que la cuestión no es ver quién tiene razón, sino más bien no pensar en absoluto que se tiene razón; que el verdadero peligro es el hombre con convicciones fuertes. Olvidan que el respeto a la libertad se nutre de convicciones firmes. Toda sociedad necesita de valores firmes, de convencimientos no hipotéticos. Esta necesidad resultaba evidente para los fundadores del estado de derecho: la abolición de la tortura y la esclavitud no fue el resultado de una hipótesis, ni los derechos humanos fueron una propuesta, sino una proclamación. La aparente terquedad con que se alzan determinados valores humanos innegociables responde a una profunda sabiduría.

Muchas veces no es fácil vivir conforme a la verdad encontrada. Hay que esforzarse para lograrlo, pero también habrá que ser comprensivo, de alguna manera, con quienes no lo logran, siempre que eso no signifique tolerarlo todo con la excusa de que no es fácil hacer el bien. Si alguien comete un robo, una violación o un asesinato, hay que ser comprensivo con él, y quizá haya circunstancias eximentes o atenuantes, pero de modo general esos hechos en sí mismos nunca deben tolerarse. Ser buen conocedor de la dificultad que entraña el esfuerzo por el bien aleja al hombre del fanatismo y le hace profundamente comprensivo.
El mito de la educación neutra
Hoy día a muchas personas les gusta presentarse como neutrales, en el sentido de personas independientes, objetivas, ecuánimes. Ser hombre neutral es hoy casi sinónimo de persona cuyas opiniones están varadas en la objetividad.

Se trata de un deseo loable, que fomenta un buen entendimiento de la tolerancia y aleja las actitudes impositivas y prepotentes. Sin embargo, si no se tiene un cierto cuidado, se corre serio peligro de pensar que la objetividad se asegura desvinculándose de todo, no formando parte de nada, no defendiendo nada. La obsesión por la neutralidad es una de las mejores formas de acabar sin ninguna idea propia dentro de la cabeza. Y eso es lo que fácilmente sucede con los que propugnan con gran seriedad la llamada educación neutra, que consiste básicamente en una educación en la que no se puede forzar a nadie a adquirir convicciones firmes ni valores bien asentados.

¿El motivo? Siempre el mismo. Dicen que inculcar esos valores y esas convicciones sería una manipulación, un adoctrinamiento. Aseguran que con ello se restringiría su libertad, puesto que siendo tan jóvenes no pueden aún saber si desean o no esos valores y esas convicciones, y tampoco saben si de mayores querrán ejercitarlos.

En la educación neutra sólo se inculca una firme convicción: la de no tener convicciones firmes. Y sólo hay un valor intocable: la neutralidad. Hay un pequeño detalle que suele pasar inadvertido: no suelen explicar cómo saben que los niños sí desean esos sacrosantos principios de neutralidad que rigen inapelablemente su esquema educativo.

Por otra parte, un análisis mínimamente profundo revela que tal neutralidad es contradictoria. Optar por la tal educación neutra supone siempre elegir. Es más, supone determinarse por un tipo muy concreto de educación, elegir un sistema educativo informado por el dudoso valor de la neutralidad, que se pretende destacar como valor supremo de entre todos los demás valores posibles.

Entender la educación como un simple servicio de instrucción, a cargo del Estado, sobre los mínimos que debe conocer un ciudadano, es algo que por fortuna esta ya felizmente superado en muchos países. Basta con superar el prejuicio de considerar que sólo el Estado sabe gestionar el interés público y atender sus necesidades. Son los padres o los propios hijos, cuando ya son mayores los que han de elegir el centro educativo más acorde con su modo de pensar y de entender las cosas.

La neutralidad es una curiosa forma comprometerse, vincularse y autodeterminarse. Lo que subyace detrás de esa actitud no es, probablemente, un profundo amor por la libertad, sino más bien un profundo miedo a la libertad. Se trata de un compromiso que apenas enriquece puesto que con nada se compromete, y que lleva habitualmente a una espiral de progresivo empobrecimiento.

No cabe una actitud aparentemente neutral, ya que con la palabra y con la conducta siempre se parte de unos principios y se presentan unos contenidos morales determinados, correctos o no. La diferencia entre adoctrinar y formar la conciencia, en muchos casos, no está tanto en qué se enseña, sino en cómo se enseña. Lo importante es respetar a los alumnos ayudándoles a asimilar y personalizar los valores que se les presentan, los criterios de vida y las virtudes que se promueven, a través de un proceso educativo que fomente un sano espíritu crítico. Se ha de lograr un clima en el que los educandos expongan y defiendan su propia argumentación, y los profesores escuchen con atención y respeto sus reflexiones, procurando ofrecerles los puntos de apoyo indispensables para que encuentren por sí mismos una sólida fundamentación racional. Es preciso suscitar en los alumnos un sano sentido crítico frente a los medios de comunicación de masas, omnipresentes y de una gran influencia manipuladora. Hemos de enseñarles a procurarse otras fuentes de información y de formación: leer, pensar, hablar, en definitiva, dar profundidad al pensamiento y a la vida.

José Antonio Alcázar Cano
del Centro de Investigación y Desarrollo Fomento de Centros de enseñanza


(c) 2013 - BUZÓN CATÓLICO www.buzoncatolico.es Quedan todos los derechos reservados

Imprimir esta página