CINCUENTA AÑOS AL SERVICIO DE DIOS

Hace unos días, recibí una llamada telefónica que me produjo una gran alegría. Mi viejo amigo de la infancia, Rafael Pastor me comunicaba que con motivo de sus boda de oro sacerdotales, el próximo día 21 de junio, celebraría una Eucaristía solemne y que por supuesto contaba con mi asistencia.
Fernando y yo nos conocíamos desde niños. Siempre ha sido uno de mis mejores amigos, quizás por ello, juntos nos embarcamos en la Acción Católica de aquellos tiempos. Nos queríamos como hermanos. Vivíamos muy cerca y nuestras familias mantenían una entrañable amistad.
Desde muy pequeño, Fernando ha sido una persona muy religiosa. Rodeado de una familia, que además de creyente, cristiana y católica, era tremendamente apostólica, fue cultivando una vocación, que le hizo ingresar bastante joven en el Seminario.

Una vez ordenado sacerdote, comenzó su labor apostólica en una Iglesia de nuestra Ciudad, totalmente entregado y enamorado de Dios y de sus feligreses. Nunca fué un sacerdote de los denominados “burócratas”, sino de los entregados por completo al servicio de los demás, en la confianza que supone creer en el sacerdote predicador que alimenta nuestra fe y anima nuestra conciencia.
La misa de ese 21 de junio, día de San Luis Gonzaga, fue concelebrada por varios sacerdotes, resultando tremendamente emotiva. Allá estábamos llenando totalmente el templo, además de familiares, amigos y personas que querían dejar patente el cariño de unos feligreses hacía ese cura que nunca les había fallado.
En su sencilla pero brillante homilía, comenzó comentando el Evangelio (Mt. 6,7.15), en el que Jesús de una manera tan bella, nos enseña a orar advirtiéndonos que no usemos muchas palabras pensando que nos hará más caso, toda vez que el Padre celestial sabe perfectamente lo que nos hace falta, ante de pedírselo. Y de esta manera, Jesús nos aconseja, debéis de rezar pidiendo la santificación del nombre del Padre y que se haga su voluntad. Que venga hasta nosotros su Reino; que nos dé el pan cada día, que nos libre de caer en la tentación y en las garras del mal. Y sobre todo y ante todo que me perdone, como yo perdono. Por supuesto, nos advertía Fernando, ésto condiciona la oración: ¡Querer perdonar de corazón, sin medias tintas!.
Seguidamente también nos recordó, aquel importante día en su vida al recibir el Sacramento de su Orden Sacerdotal, cuando sobre su cabeza impuso sus manos el Sr. Obispo, pidiendo al Espíritu Santo, le otorgara los poderes sagrados para ejercer su ministerio al servicio del pueblo de Dios y al culto divino.

Así mismo, nos comentaba emocionado, lo que supuso para su vida sacerdotal, al recibir la unción con el Santo Crisma, aquella primera oración dirigida por el Prelado, transmitiéndole el don espiritual y la semilla apostólica; “Quedáis instruidos para poder instruir. Sois luz para iluminar. Os acercareis a Dios para que los demás, ser acerquen también. Y finalmente seréis santificados para santificar y recrear la imagen de Dios”.

Al finalizar la hermosa ceremonia, uno, en silencio, desea dar gracias a Dios por haber mantenido durante cincuenta años al servicio de su Iglesia, a su viejo amigo sacerdote y unir su felicitación a la de todos aquellos que por su bautizo, recibiendo la luz de Cristo entraron a formar parte de la Iglesia. A la de tantos niños que por su mano, recibieron por vez primera a Jesús en su corazón. A la de los matrimonios que por su bendición iniciaron un camino de amor y de esperanza. A la de los enfermos que sintieron la ayuda y el calor necesario, para aceptar y ofrecer a Dios sus dolores. Así mismo también quiero unir mi felicitación a la de los familiares de aquellos que partieron para la vida eterna y fueron consolados. A la de tantos cristianos que recibieron su consejo y ayuda espiritual en momentos difíciles, pensando en un Dios que estaba demasiado lejos y demasiado alto. En definitiva a todos aquellos que viviendo un sueño imposible, han despertado por razón de alguna de sus homilías y como un renovado milagro, han encontrado paz y sosiego en su alma.
Por todo ello, nuestra humilde oración, la ofreceremos para que a Fernando le permita Dios seguir dando testimonio de amor y de servicio a su Iglesia hasta el final de su vida, teniendo siempre presente a San Agustín, cuando proclamaba: “Seréis felices, aquellos que hayan buscado y encontrado la forma de servir”.


José Guillermo García Olivas