Conocí a Emilio Valverde hace más de treinta y cinco años. Acababa de conseguir una plaza de cirujano digestivo en el Hospital Gregorio Marañón. Es una persona además de un buen médico, agradable, sencilla y con unas convicciones religiosas, muy elevadas.Con motivo de mi trabajo en unos importantes laboratorios farmacéuticos, teníamos una magnífica relación profesional, que con el tiempo se fue transformando en una bonita amistad. Comíamos juntos frecuentemente y pasábamos buenos ratos charlando.

Para mí, significaba y sigue significando su amistad y su constante optimismo, un renacer continuo, ante ocasiones en las que la fe parece adormecida. Su espíritu positivo ante cualquier problema que le surgía, era inmediatamente resuelto al ponerlo en manos de Dios y de este modo sin apenas proponérselo transmitia tranquilidad y esperanza en cualquier conversación.

Hace unos días, vino a visitarme a casa. Nos fundimos como siempre en un abrazo, pero noté que ese día su cara reflejaba una alegría especial. Apenas me concedió tiempo para prepararle una taza de café, cuando me comentó que había conocido a un nuevo evangelista en un curso de teología realizado en su parroquia.

Estaba tremendamente feliz por que había descubierto a través del profesor Andrés Huertas, con su conocimiento extraordinario de los evangelios, un mejor entendimiento del Nuevo Testamento y de la gran figura de Jesús de Nazaret.
Mi sorpresa y mi curiosidad se atropellaban ante la noticia de mi amigo. Por supuesto comprendí, en cierto modo, la titulación a mi parecer poco ortodoxa, que Emilio concedía a su profesor Andrés; ¡El nuevo evangelista!, pero dejé a mi viejo amigo seguir relatándome esos hermosos conocimientos adquiridos en el curso de los que estaba profundamente inundado.

He conocido, me comentaba mi amigo Emilio, a un Jesús tremendamente humano, enviado a la tierra por mandato de su Padre, encarnándose en una criatura y descendiendo a la condición humana, haciéndose sensible al sufrimiento, al pecado y a la marginación y por otra parte, mediante su Resurrección, llevando al ser humano a la realidad divina.Un Jesús, que nos anuncia un Reino de paz y de amor, uniendo su predicación a la curación de toda clase de achaques y enfermedades (Mt. 4.23-24), en un mundo despedazado por los seres humanos.

Un Dios en Jesús, que se conmueve con el buen ladrón: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc.23-43)” o con el fariseo, que en el Templo se reconoce pecador. Se compadece de la mujer adúltera, evitando que muera apedreada y perdonándola de sus pecados. Y sana a tantos y tantos que con fe acuden a El, que el relato sería interminable. Un Jesús humano, que es vida y genera vida a su paso por la tierra y que nos enseña a buscar nuestra propia vida, que al fin de cuentas es nuestra resurrección, sin esperar al día de mañana, porque hoy para nosotros, es el día de mañana y no el de nuestra propia muerte.

Nuestra resurrección (continua relatándome mi amigo) que nace con nuestras propias vivencias, revitalizándonos en cada instante. El pecado es nuestra muerte, el arrepentimiento es la vida, es la resurrección.
Mientras en silencio termino mi café, escucho con toda mi atención a Emilio, que sigue narrándome sus hermosas experiencias de ese curso de teología, que confiesa no saber ni como llegó a él.

Nosotros querido Guillermo, tristemente nos quedamos aparcados en el Jesús dulzón de mirada triste, que nos señalaban aquellas estampas antiguas, aquellos catecismos y ciertos libros religiosos de los años cincuenta y sesenta, que nos sobrecogían dándonos a conocer la imagen de un Dios de poder, de grandeza, de majestad y se olvidaban de presentarnos a un Dios sencillo, cercano y humilde que se convierte en tolerante con los extraviados, solidario con los pobres y cercano con los pecadores.

El Dios de Jesús, no es un castigador que desea la desgracia humana ni a quien hay que temer, sino amar. No es un Dios que exija sacrificios físicos por sufrir, sino por amar. Es un Dios al que le agradan esos sacrificios que brotan de la lucha contra el sufrimiento, contra el mal, contra la injusticia. En resumen un sufrimiento que sea fruto de la solidaridad y del amor.

El Dios de Jesús de Nazaret, quiere la felicidad de todos los seres humanos, especialmente de los débiles, de los pobres, de los desamparados, de los tristes y de todos aquellos que pasan por la vida aliviando el sufrimiento ajeno.
Y este amigo Guillermo, es el Jesús que he descubierto en el curso, gracias a Andrés, al que he calificado como “Mi nuevo Evangelista”, y el que me ha hecho entender que llegué a su curso de teología, invitado simple y llanamente por el mismo… Dios de Jesús.

José Guillermo García Olivas