EXISTE LA FIDELIDAD CONYUGAL

A principios del pasado mes de diciembre, fuimos invitados mi señora y yo a unas conferencias para matrimonios, impartidas por matrimonios en el salón de actos de una institución pública, con un interesante tema: “encuentros matrimoniales”.

Recuerdo especialmente el día en el que la pareja moderadora iba a tratar a través de sus propias experiencias y testimonios, el tema sobre la fidelidad conyugal.
En el ambiente que reinaba en el salón repleto de parejas de distintas edades, se respiraba una inusitada expectación, interés y curiosidad.

Aquel día, la pareja inició su conferencia, repasando los distintos factores que intervienen de una manera definitiva, en la dignidad personal de cada miembro de la pareja, teniendo en cuenta que ambos la poseen en la misma medida.
Dentro del matrimonio, comentaban, la sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana: afectividad, capacidad de amar y de procrear así como la aptitud común del uno hacia el otro.
Incluso, en la Biblia Marcos (10.1) nos recuerda: “El hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su esposa y se harán una sola carne”. Sin embargo esta sexualidad no puede ser bien entendida, sino se comprende que está enjugada en el fondo de la castidad.

Esta, es una virtud moral, un don de Dios y un fruto del trabajo espiritual, que no tolera la doble vida ni la falta de dominio de sí mismo, sino se controlan las pasiones.
La alianza que los esposos contraen libremente (continuaba la pareja moderadora), implica un amor fiel y un respeto mutuo. El adulterio y el divorcio, lesionan esta alianza, por definirse como infidelidad que compromete la dignidad del matrimonio, e incluso el bien de los hijos.

Por todo ello, Mateo (5,27.32) también nos expresa claramente en su evangelio que no cometerás adulterio y el que despida a su mujer, fuera del caso de infidelidad, la empujará a cometerlo.
Recuerdo, que tras un pequeño descanso, que sirvió para reflexionar sobre lo hablado, la pareja moderadora, nos enumeraba las distintas materias englobadas en el significado de la primera parte de la conferencia, que no por desconocidas eran practicadas y que bien podían impedir la fidelidad conyugal como ley del matrimonio, toda vez que amor y fidelidad siempre han de ir juntas.

Materias a las que sin temor a error, podrían destruir la fidelidad conyugal, tales como la lujuria que ofende la dignidad del matrimonio y de las personas. La fornicación, como una relación del hombre con la mujer, fuera del matrimonio. De igual modo la pornografía que desnaturaliza la finalidad del acto sexual, así como la prostitución que atenta contra la dignidad de la persona, siendo una lacra social que no solo afecta a las mujeres y a los hombres, sino tristemente también a los niños.

También la violación atentatoria contra la justicia y la caridad, al forzar o agredir la intimidad sexual de una persona, incluso con mayor gravedad cuando se trata de incestos al estar cometida por padres o parientes a niños y adolescentes.
Al finalizar esta apasionada y comprometida charla, la pareja testimonial, nos invitó a reflexionar con toda la sinceridad posible sobre nuestro matrimonio, intentando recordar si aquel compromiso de fidelidad que nos prometimos ante Dios, lo estábamos cumpliendo en estos tiempos que nos ha tocado vivir, donde al parecer el bien y el mal están al alcance de nuestro mano.

Efectivamente, en este mundo lleno de complejos, habían sido muchas las cosas que se nos fueron perdiendo a través de los años de convivencia en el camino de nuestra felicidad. Pero estábamos convencidos que Dios siempre nos había ayudado a enfrentarnos a las tentaciones de infidelidad.
Estaba claro para nosotros, la fidelidad y el amor son camino de felicidad. Son gratuitos y gratificantes además de ser netamente necesarios para vivir. Son la aspiración que tenemos todas las personas para esforzarnos en hacer felices a los demás.
Siempre habrá un mañana y la vida nos dará la oportunidad de hacer las cosas bien o mal. Pero existe algo que es totalmente cierto; Se podrá dudar de las palabras, pero con seguridad nunca, de nuestras acciones.

José Guillermo García Olivas