JOSÉ AMABA INTENSAMENTE A MARÍA

Recientemente, un hermoso día de otoño ya pasado el 30 de Noviembre, festividad de San Andrés, cuando ya han llegado las primeras escarchas y en los pueblos huele a matanza del cerdo, he acudido a visitar a mi viejo amigo y compañero de estudios Fernando, que un buen día encontró su vocación espiritual después de trabajar durante varios años en una empresa bancaria y que actualmente ejerce su ministerio sacerdotal en una Parroquia de la sierra.Me invita a degustar en el modesto comedor de la Parroquia, ajo de mortero, plato típico manchego que tanto me apetece y que resulta muy reconfortante al tomarlo para combatir los fríos, mientras charlamos sobre el espíritu cristiano de la Navidad y sobre el nacimiento de ese Rey que nació pobre, con su grandeza de ser Hijo de Dios.

La lectura de la Biblia, nos ofrece todo lo sagrado y bello de lo acontecido en aquel importante día en la vida del mundo cristiano, por lo que tratamos de reconstruir los hechos.

De una parte María, una mujer madura de 15 años, hermosa de sonrisa permanente y llena de felicidad, hija de Joaquín y de Ana, que jamás había mantenido relaciones carnales con ningún hombre; de otra, el joven José el carpintero. Ambos, vecinos de la pequeña aldea de Nazareth que se habían enamorado y pretendían casarse.

Un buen día, María recibe la visita del ángel Gabriel que le anuncia que el Señor la ha elegido para ser la madre de su propio Hijo. “Concebirás por obra del Espíritu Santo y darás a luz un hijo al que pondrás el nombre de Jesús (Lc.1.31).
María, con el rostro lleno de gozo va en busca de José para comunicarle lo anunciado por el ángel, con la seguridad de que éste la creería por lo mucho que la amaba y contaría con todo su apoyo. Sin embargo José no puede evitar la duda ante el embarazo de María. Debería creerte, le contestó, por que te amo y porque mi corazón me dice que eres incapaz de mentir. Pero soy un hombre que no ha compartido cama contigo y las gentes saben que por tu visita a tu prima Isabel en Judea, no hemos estado juntos en los tres meses últimos. Maria le replicó, debes creerme José, voy a ser la madre del Hijo de Dios y en mi embarazo no ha intervenido varón alguno.

José, aturdido ante la confesión que acaba de oír, en principio se inclina por romper el compromiso, aunque su interior le diga que debe protegerla. Sus dudas y sus indecisiones le dejan profundamente dormido. La aparición del ángel del Señor en sueños (Mt. 1, 20), le tranquilizan de cualquier duda. Al despertar José vestido con sus mejores ropas, acude a casa de María para solicitar a sus padres se la entreguen porque deseaba hacerla su esposa.A la mañana siguiente se dirigen desde Nazareth a Belén a través de un camino bastante duro especialmente para una embarazada, sirviéndose de un asno y utilizando durante el trayecto el cielo como alojamiento y el amparo de un grueso árbol o de cualquier otra protección natural. Cuando llegaron a Belén para inscribirse, y de este modo cumplir con el decreto del emperador Augusto que había ordenado hacer un censo, cada cual en su ciudad, se encontraron que en la ciudad todas las posadas estaban ocupadas; no obstante se habían instalado infinidad de tiendas y habilitado cuevas como viviendas provisionales.

José y María pudieron ocupar una de éstas, ya que el nacimiento de Jesús era cuestión de horas. En el momento del parto María fue ayudada por las familias de los pastores. Los hombres encendieron una hoguera y las mujeres hervían el agua y reunían trapos limpios para utilizarlos en su momento. Al nacer Jesús (Lc. 2, 1 ss.) su cuerpo quedó en manos de la mujer que asistía a María, con los ojos abiertos y moviendo las manitas. En ese instante, una nube resplandeciente cubrió la cueva de Belén que se inundó de una claridad tan intensa que el ojo humano no podía contemplarla. Al disiparse la luz se vió al Niño y a María, dándole de mamar. De este modo y siguiendo los relatos de Mateo y Lucas en el Nuevo Testamento, intentamos reconstruir con aquellos hechos que a nuestro entender, pudieron suceder en esa maravillosa noche, en la que se produjo el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad.

Finalmente y antes de despedirnos, le pedimos al Niño de Belén que nos iluminara, para comprender que su Nacimiento es algo más sencillo y profundo que las luces, las músicas, los regalos y las comilonas.

Y para que del mismo modo, tengamos siempre presente, que también es Navidad para esos millones de personas del tercer mundo, que un año más seguirán con la misma hambre, con la misma guerra y con la misma marginación.

José Guillermo García Olivas