El pasado día 4 de octubre, asistí invitado a una fiesta celebrada en uno de los muchos centros de acogida que existen en Madrid de carácter gratuito, con motivo de la festividad de San Francisco de Asís a cuya advocación está dedicado este centro que acoge a personas que carecen de hogar, familia, empleo y medios económicos para poder vivir.El relato de su vida y obra, expuesto por uno de los conferenciantes con exquisita profundidad y belleza, me permito resumirlo en este escrito para alabanza de un hombre que aprendió en el libro de la creación y de la naturaleza.

Nos habló de un Francisco nacido en 1.182 hijo único de un comerciante italiano, Pedro Bernardone y de Pica su madre, natural de Francia. Se educó bajo la dirección de los sacerdotes de la Iglesia de San Jorge de la bella ciudad italiana, Asís, que aunque no consiguieron hacer de él un hombre de letras, si que le despertaron un gran fervor hacía ellas, amando sobremanera los versos y la música y siendo sus fieles compañeros hasta el final de sus días.

Fue un hombre sencillo, con una cultura elemental. Buscó a Dios en la ecología a través de los sentidos y llegaba a El, no por lo razón sino por lo natural, por lo que nos rodea. En la luz que nos ilumina, en el sol que nos alumbra, en las estrellas que nos guían y en las criaturas que destacan por su pequeñez y su pobreza.
Nunca rivalizó con nadie. Era un juglar que cantaba, el aspecto de la vida y un sentimental que vivía la noche profundamente para experimentar y valorar la luz del amanecer.

El Santo de Asís un tanto desorientado pidió a Dios que le mostrara rumbos más seguros para encaminar sus pisadas por senda más firmes y de este modo abandonar aquella vida brillante y fácil que hasta entonces había llevado e iniciar su conversión en su mundo, junto a sus conocidos y en la Ciudad que le había visto nacer.

Repartió los pequeños bienes que poseía entre los necesitados y vestido con un tosco hábito, eligió doce compañeros poseedores de altísima pobreza que despreciando toda cosa mundana, le siguieron en el camino de la humildad y del amor, para convertirsen una vez llenos del Espíritu Santo, en predicadores del Evangelio como apóstoles de los pobres.
Su doctrina fue sencilla y humilde, haciéndola merecedora de la norma de no tener nada para poseerlo todo; de este modo tanto Francisco como sus compañeros frailes fueron “inmensamente ricos”, porque pacíficamente todo lo poseían; el hermano sol, la hermana luna, el hermano viento, el hermano fuego y las hermanas avecillas creadas por Dios que con su canto les hablaban continuamente de El. En definitiva la implicación en el afecto cordial a cuanto es bello, amable, tierno, poderoso y suave como la hermandad fraternal de los hombres con la naturaleza bajo la paternidad de Dios.
Con frecuencia (nos comentaba el orador) se preguntaba si debería servir mejor a Dios dedicándose a la oración o tratar de darlo a conocer por medio de la predicación. Clara, su amiga con la que fundó la orden de las clarisas le aconsejó que habiéndolo comentado con sus compañeras novicias le aconsejaron dedicara todo su tiempo no tanto a la oración como a predicar y extender el Reino de Dios. Y así lo hizo.

Exhortaba a los ricos y poderosos: “Haceos pobres, conquistar la libertad de vuestro espíritu. Sed inteligentes y virtuosos, porque en ello reside la verdadera riqueza, que consiste en la libertad del corazón”.

Y dentro de su sencillez estimulaba a los pobres en el mundo de los sentidos “Ya tenéis la pobreza que es un don, conquistad su espíritu como criaturas creadas por Dios. Todos somos hermanos e hijos de nuestra madre tierra y de Dios. Y no lo busquéis en lo extraordinario, en lo maravilloso ni en lo grandioso, sino en lo sencillo, en el amor, en lo cotidiano y en la pobreza”.

El Santo de las gloriosas, sagradas y santas llagas padecidas en pies, manos y costado similares a las cinco llagas sufridas por Nuestro Señor, las recibió de Jesús en el santo monte de Alvernia, lugar en el que fundó un convento dedicado a la oración y desde donde se despidió el 30 de Septiembre de 1.224, día de San Jerónimo, de aquellos catorce frailes que le acompañaron en su vida de predicación, recomendándoles que no permitieran nunca que aquel monte fuese profanado, sino que procurasen que fuese respetado y reverenciado.

Enfermo y próximo a su muerte, permaneció en el Palacio del Obispo de Asís, desde donde partió hacía la enfermería del convento de Santa María de los Ángeles, fundado por él, lugar donde falleció el sábado 4 de Octubre de 1.226, no sin antes pedirle al Señor no abandonara a la pobrecita familia religiosa que le había encomendado, recibiendo a través de un ángel que le confortaba, el deseo de Dios diciéndole que su Orden no faltaría en el mundo hasta el día del Juicio; Ni existiría pecador alguno que amando su Orden se condenara, porque hallaría la misericordia de Dios.Se le tributó el homenaje y la veneración de cuantos acudieron a su entierro, besando sus llagas. Entre ellos Santa Clara y sus monjas, venidas de Asís que con gran dolor le dieron sepultura el domingo día 5 a los 45 años de su nacimiento.

Fue canonizado el año 1.228 por el Papa Gregorio IX que acudió en persona a la ciudad de Asís, lugar donde actualmente reposan sus restos en la cripta de la Basílica que lleva su nombre.
No obstante como testamento universal nos dejó a través de su representación plástica, el cuadro del Nacimiento de Jesús, creando sobre los años 1200 y 1226 la emotiva tradición de la instalación de belenes invitando a un grupo de pastores a representar la escena del Nacimiento en un pesebre viviente.
Así mismo nos regaló su “Cántico a las criaturas” escrito cuando se agravaba su enfermedad y se iba quedando ciego, iniciando con ello una tendencia poética que ha influido en la literatura universal y de modo especial en la poética española.
Desde la oscuridad de su ceguera alababa a Dios por la hermana luna y las estrellas, que seguía viendo a través de la gran luz que le proporcionaba su enorme fe y que le ayudaba a dominar su desconsuelo, su soledad y su tristeza a la que estaba sometido por la falta de visión.

Loado seas, mi Señor -recitaba- por el hermano viento que nos aproxima a Dios y a las criaturas. Un viento que no sabemos de donde viene ni a donde va, pero que nos enseña a estar en un mundo abierto que no tiene barreras ni paredes y que nunca podrá estar cerrado.
Y alababa a su Señor por la hermana agua ya que por ella recibimos el Agua Viva que nos regenera, purifica y estimula a la humildad.
Y cantaba a su Señor por quienes perdonan por su amor y soportan enfermedades y tribulaciones, para así poder aprender que el modelo de reconciliación, es el perdón y la paz como dones de Dios, buscando en los demás lo que nos une, no lo que nos desune.
Loado seas mi Señor, rezaba, por la hermana muerte corporal. Que los odios, las discusiones, las tinieblas y las incomprensiones no nos hagan morir, antes que llegue la muerte corporal propia del deterioro de nuestro cuerpo.
Igualmente también nos dejó su culto a la pobreza en esas “florecillas “que son a la vez historia viviente y poema lírico en las que aúna verdad y poesía y que nadie será capaz de separar.
En ellas, el protagonista no es el propio Francisco, sino Jesucristo a quien el santo y sus discípulos pretenden imitar. Según Sureda Blanes, autor de la biografía más cuidada en versión castellana, casi parece el Santo, una nueva encarnación de Cristo y un relato de la nueva llegada del Redentor en la persona de quien impregnado de la divina esencia de Cristo, mereció poseer las huellas dramáticas de los estigmas de la Pasión.
En España que la recorrió en los años 1.212 y 1.213 fundando el primer convento franciscano en Salamanca, nos dejó un símbolo de humildad en el convento franciscano de Campanario, bello pueblo de la baja Extremadura, del cual solo se conserva un epígrafe alusivo a la Orden mendicante, reflejada en un escudo con dos brazos en cruz y un bello poema a su pié que dice: “Conviene que esté vestido / un brazo de aquellos dos / que sino no sabéis vos / cual el de Francisco ha sido / y cual el brazo de Dios.
Al término de la hermosa vivencia llena de amor y de humildad que el conferenciante nos expuso de Francisco, uno piensa que ahora todo es diferente, claro. Los tiempos han cambiado quizás para bien, pero siempre nos quedarán sus hermosas alabanzas para encontrarnos con Dios contemplando la naturaleza.
Acercarnos a Él, en las noches tranquilas y serenas llenas de estrellas que nos invitan a respirar un aire limpio que huele a universo en paz y escuchando el trino de las alondras conocerle mejor.
Y servir y darle gracias por siempre, cuando llega el otoño, la estación sedante y suave con ese dorado y tibio sol que nos trae las primeras lluvias que nos reconfortan y que son una bendición del Cielo porque nos dejan el agua que necesitamos para vivir y cuando los árboles se vuelven dorados o amarillos y comienzan a perder sus hojas.Sería tan bonito.

José Guillermo García Olivas