MI ENCUENTRO CON RICARDO

Tomando un café, me encuentro con mi viejo amigo Ricardo, del que ya he hablado en estos escritos, porque juntos colaborábamos en nuestra vieja y querida Iglesia de San Valentín, con el entonces Párroco D. Ildefonso, procurando aliviar las necesidades y problemas de aquellos que acudían a la Parroquia en busca de consuelo.

Ricardo, no fué nunca un católico muy practicante, aunque sí un buen cristiano. No llegaba persona que precisara de su ayuda, que no recibiera todo su apoyo. Yo, me enorgullecía de su amistad y envidiaba su forma de servir a los demás.
En los años 90 por motivos familiares se trasladó a vivir a otra Ciudad, por lo que desde entonces, nos vemos de tarde en tarde pero no perdemos el contacto.

Hoy, al vernos, nos dimos un fuerte abrazo de alegría, aunque su cara un tanto envejecida reflejaba tristeza, posiblemente motivada por cierta amargura que mi buen amigo arrastraba. El encuentro invitaba a una charla amigable y tranquila, para tratar como en tiempos pasados, de ayudarnos. Mi tristeza, confiesa Ricardo, quizás se deba a cosas de la edad; uno va cumpliendo años y el cansancio, que de pronto se acumula sobre la vida agitada de un ser humano, parece obligarle a dejar aquellas cosas que para él, fueron prioritarias. Y es su mujer, la que a veces le dice que está desconocido. Que apenas se parece a la persona que antes era, porque antes amaba a todo el mundo y ahora pone reparos para amar y servir a los demás. Y le pregunta, dónde está aquel hombre, aquella persona entonces tan cordial y tan solidaria, cuando ahora rehuye al vecino pelma que le produce náuseas, porque siempre le ve bien y feliz. Y desea que su mujer no le diga nada, que no le insinúe que tiene que amar al prójimo, como lo hiciera antes que tenía un corazón limpio, sin malicia, solo dispuesto a dar refugio a las penas.

Y el hombre, aturdido, contesta a su mujer que en esos ratos de “pelea” que todos tenemos con Dios, a veces le ha preguntado el porqué tolera que en el mundo exista tanto dolor y tanto sufrimiento. Quiere tener fe, pero no logra entender a Dios y se angustia pensando el porqué Dios conociendo el principio y el fin de este amargo mundo, lo hizo así, permitiendo que por nuestro egoísmo, solo comamos un tercio de los humanos. Y en silencio, se rebela y sufre por que cada vez mueren más niños en el tercer mundo, que no han tenido la suerte de los que vivimos en países desarrollados, donde cada niño tiene un médico que le cuida en un buen Hospital. Y le atormenta, que el mundo sufra cada día más guerras crueles, asesinatos, violaciones, mujeres maltratadas y naufragios de pateras con cientos de inmigrantes en busca de pan y trabajo. Y reza, por ellos a ese Dios Todopoderoso que está en las alturas para que ante todos esos dolores humanos, también sea Misericordioso. Y sufre, por el susto padecido recientemente motivado por un amago de angina de pecho, que apenas le permitía respirar y que parece estar superando con un jarabe y unos comprimidos broncodilatadores. Y le desespera pensar, cuando reza el Padrenuestro (Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo) que dirá Dios de su fe y quizás de su desconfianza, cuando apenas puede dormir desde que su hijo se ha comprado una moto y está rodando, sobre todo por las noches, corriendo a toda velocidad y deteniéndose en los bares y pubs para tomar copas.

Abatido y cabizbajo, Ricardo cae en el más espeso de los silencios, mientras intento leer algún pasaje de la Biblia que le permita vislumbrar esa luz que parece habérsele negado. Efectivamente, le comento, es difícil tener fe creyendo en Dios y no comprenderlo. La fe no es una ilusión, aunque a veces la necesitemos para tener ánimo. No es algo real, como las cosas materiales; lo que se ve, lo que se palpa o se mide. La fe, para el creyente es algo especial, como especial fue la del ciego del Evangelio, que fue sanado por Jesús (Jn.9, 1.2). La fe, es el entender (mientras vivimos en esta tierra) que la justicia de Dios es aclarar donde está el bien y el mal, para irlo separando como nos cuenta Lucas (7, 22.23). Es el tener la confianza de que somos hijos de la Verdad, porque El es la verdad y la verdad nos hará libres, sean cual fueren nuestras ideas. Jesús nos deja el mundo en nuestras manos para que intentemos evangelizarlo y transformarlo, haciéndolo más humano y más cristiano. La tierra, la familia, el trabajo, la relación con los demás son el campo del cristiano que ha comprendido el encargo de Jesús de Nazaret: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio” (Mc. 16, 15.20).

Ricardo mi querido amigo, creo fervientemente que el mejor camino, es siempre aquel que Dios nos marca a cada uno, pero en todo caso el silencio y la oración en soledad es uno de los mejores.

José Guillermo García Olivas