La importancia de los testimonios intelectuales de conversión

La fe cristiana, desde el principio, ha suscitado conversiones a su alrededor. Porque es una llamada a la conversión («convertíos y creed en el Evangelio» Mc 1,15). Por eso son muchos los casos de conversiones a lo largo de la historia. De la mayoría no nos queda testimonio o solo un testimonio genérico. En parte, por el comprensible pudor con que estas cosas se tratan. En parte también por la dificultad de poner por escrito un itinerario interior tan delicado: que exige percibir a cada paso lo que sucede y conservarlo con claridad en la memoria.

Pero algunas veces nos encontramos con casos de intelectuales que han vivido conscientemente su conversión como un proceso y son capaces de relatar sus etapas. Ya lo hizo, de una manera magistral, san Agustín. Y sus Confesiones han quedado como un modelo en este género de literatura religiosa. Y también mostraron su interés y su papel para el mejor conocimiento y la difusión del mensaje evangélico.

Tiene un gran interés que personas con vida intelectual nos cuenten su conversión. Son más capaces de analizar y describir evolución, las distintas situaciones por las que han pasado con su contexto, y el peso que tuvieron diversos elementos e ideas. Así su relato adquiere una fuerza, que es verdaderamente literaria, no por artificio, sino por la realidad que toca, que es profundamente humana.

No es que, necesariamente, estas conversiones sean, en sí mismas, más perfectas, más valiosas o más auténticas que otras menos conocidas o que no han dejado huella literaria. No se pueden establecer tales baremos en estas experiencias. Se trata simplemente de que, al haber sido expresadas, se prestan al análisis. Y éste tiene un alto interés, tanto para la teología, que piensa el mensaje cristiano en sus implicaciones intelectuales, como para la evangelización, que trata de difundirlo y hacer que llegue a los corazones de los hombres.

De una manera semejante a lo que sucede con los experimentos cruciales en el ámbito de una ciencia, con estos testimonios podemos acceder a estratos del espíritu humano y de la vida cristiana, que, en las circunstancias normales, no se nos muestran tan claramente. La conversión afecta a muchas dimensiones del ser humano: Desde el punto de vista antropológico, nos sumerge en las profundidades de los resortes del espíritu. Desde el punto de vista literario, es un tema privilegiado, por su dramatismo y profundidad. Desde el punto de vista teológico, nos descubre con trazos vivos la verdad existencial de los misterios cristianos (Palabra, Gracia, Sacramentos, Iglesia). Desde el punto de vista de la evangelización, nos señala prioridades y nos sugiere formas mejores de ofrecer el mensaje. Y siempre nos recuerdan la absoluta primacía de la gracia de Dios.

Los grandes relatos de Newman, Edith Stein, Chesterton, García Morente y Lewis, siguen la huella trazada por San Agustín en sus Confesiones, y se convierten, ellos mismos, en grandes testimonios humanos y literarios y en caminos de conversión.

El converso es un antídoto contra la mediocridad, contra el acostumbramiento, contra la inercia de las sociedades sociológicamente cristianas. El converso percibe la novedad, se da cuenta de la maravilla de la fe. Tiene la sensibilidad entera y despierta: lo ve todo junto, con ojos nuevos, no acostumbrados, con todos sus perfiles. Tiene capacidad de admirarse ante lo admirable. Está en una situación peculiar (que no resiste la naturaleza humana por mucho tiempo). Es un revulsivo para los cristianos acostumbrados. Nos presta ese extraordinario servicio. Abre un camino y su vida se convierte en un argumento, en una manera particularmente viva de mostrar la fe. (En cambio, para el converso, la mediocridad de lo que encuentra a su alrededor, la falta de entusiasmo en la fe, frecuentemente se convierte en una nueva prueba). Y, en muchos casos, los grandes relatos de conversos son una ayuda inestimable para los que están en el mismo camino de conversión y pasan por pruebas semejantes. Se sienten animados y acompañados.

Hay que tener en cuenta que el ser humano es un ser profundamente social. Aunque hoy esté de moda pensar que cada uno puede hacerse una fe a su medida, el hecho es que cada persona es muy dependiente de sus tradiciones y de las posiciones que existen en su ambiente. Ni se parte de cualquier sitio, ni se llega de cualquier modo. Ordinariamente, sólo con una gran honestidad y esfuerzo personal, y conducido por alguna manifestación de lo cristiano (y por la gracia de Dios), se consigue el grado de independencia necesario para convertirse. Por eso, son, en general, casos solitarios, bastante conscientes de su proceso espiritual.

Tipos de conversiones

La palabra «conversión» (metanoia; en griego) tiene un sentido dinámico: significa un cambio de dirección de la mirada o del avance; en sentido espiritual, es un volverse hacia Dios y caminar hacia Él. Lo contrario de la famosa definición de pecado atribuida a San Agustín: «aversio a Deo et conversio ad creaturas»: separarse de Dios para convertirse a las criaturas. Ahora se trata de apartarse de otras cosas y volverse hacia Dios. Convertirse, para el cristianismo, es encontrar el verdadero rostro de Dios, tal como nos ha sido revelado en Cristo, «Camino, verdad y vida» (Jn 14,6). Como desea la hermosa bendición israelita, «que el Señor te muestre su rostro» (Nm 6, 24-26).

Generalmente, cuando hablamos de conversiones, nos referimos a procesos de personas que llegan a la fe. Pero también existen conversiones morales. Siempre ha habido personas que han sentido una llamada apremiante a seguir de cerca a Jesucristo. Así nos consta de San Bernardo, San Francisco de Asís, B. Ramón Llull, Pico della Mirandola, S. Ignacio de Loyola, Pascal, Chateaubriand, los románticos alemanes Friedrich von Schlegel y Novalis. En algunos casos, es sólo decidirse a vivir la vocación cristiana en serio. En la literatura espiritual, se llama « segunda conversión», a este cambio. Y el ejemplo tradicional es el de santa Teresa, cuando, después de muchos años de ser monja, siente una vibrante llamada a tomárselo definitivamente en serio.

Las conversiones a la fe son otra cosa. Parten, obviamente, de una situación de increencia. Los protagonistas tienen que ser personas que han abandonado la fe, o que pertenecen a grupos que tienen otra fe o ninguna. En la antigüedad, en la primera expansión del cristianismo, se dieron muchas conversiones de personas que procedían de otras religiones. Era un caso normal y estadísticamente frecuente, y lo siguió siendo durante varios siglos, cuando se convirtieron los pueblos de Europa. Durante el primer milenio, Europa se convirtió en un espacio cristiano, con escasas minorías religiosas (sobre todo, judíos y, en el sur, musulmanes).

Desde la mitad del segundo milenio (s. XVI), el cristianismo se expandió hacia otras zonas geográficas y fueron evangelizados los pueblos americanos, africanos (subsaharianos) y asiáticos (Filipinas). Es una época misional, que después será continuada hasta bien entrado el siglo XX. En la misma mitad del siglo XVI se produjo también la ruptura de la unidad religiosa del occidente cristiano y aparecieron varias confesiones cristianas (anglicanos, luteranos, calvinistas, etc.), que después darían lugar a muchas otras al trasladarse a los Estados Unidos.

En un tercer momento, después de cien años de guerras religiosas y, en parte por cansancio de ellas, se desarrolló en Occidente un proceso de secularización, impulsado por una rama de la Ilustración (francesa y alemana). Por primera vez, surgieron formas sociales de increencia, con sus propias tradiciones, que se perpetúan. Desde entonces, hay familias y ambientes «laicos», refractarios, ajenos o críticos ante la fe: materialista-cientifista, republicano-laicista-liberal, socialistas y comunistas; y más modernamente, algunos grupos verdes, alternativos y libertarios. Esta es una nueva clase de ateos o incrédulos con respecto al mundo antiguo.

Con este breve marco histórico, podemos establecer las distintas situaciones de las que proceden los conversos del siglo XX y dividirlos en cinco grupos:

- los católicos que habían perdido la fe o apenas la llegaron a tener y la recuperan;

- los que proceden de una tradición «laica», materialista, atea o agnóstica; son muchos.

- los que proceden de otras confesiones religiosas en las que se ha dividido históricamente el cristianismo (luteranos, calvinistas, anglicanos, baptistas, metodistas, etc.) o de sectas de origen más o menos cristianos.

- los que proceden del judaísmo; que es un grupo significativo en la primera mitad del siglo XX.

- los que proceden de otras religiones no cristianas (Islam, Budismo, Hinduismo, etc.): esto sucede principalmente en los territorios de misión propiamente dicha.

Son casos muy distintos. Para aquellos que han perdido la fe o no llegaron a tenerla muy viva, se trata de un redescubrimiento, cosas que sabían vagamente se vuelven vivas y operativas. Para los que proceden del agnosticismo o del ateísmo o de otras religiones, la fe es una luz que cambia totalmente el sentido y el marco de sus vidas. En el caso de los que proceden de otras confesiones cristianas, se trata de una recuperación de la unión original de la Iglesia: frecuentemente, sienten la incorporación como un volver a casa, sin que tengan que separarse de lo auténticamente cristiano que ya han vivido. Para los que proceden del judaísmo, si han tenido formación religiosa, perciben la relación entre el Antiguo y Testamento y recorren un camino semejante al que recorrieron los primeros cristianos al encontrar a Cristo y reconocerlo como el Mesías esperado por Israel; en muchos otros casos, más bien proceden del ateísmo materialista o del agnosticismo.

La minoría judía

El caso de los judíos centroeuropeos resulta particular por varios motivos. Hasta finales del siglo XX ha sido la minoría religiosa no cristiana más importante en Europa (ahora son los musulmanes). Hay que recordar que, hasta principios del XIX, vivía segregada, manteniendo su identidad, aunque en medios pobres y poco cultos, salvo excepciones. Con la expansión de las nuevas ideas políticas democráticas, se desarrolla un proceso de emancipación e integración política y civil, de las minorías judías europeas (Prusia y el Imperio Austrohúngaro, Rusia, Holanda, Suiza, Francia e Italia).
En una segunda o tercera generación, las familias judías centroeuropeas adineradas y cultas tendieron a la asimilación cultural y se bautizaron o educaron a sus hijos en el cristianismo (Max Scheler). En muchos casos, no significaba gran cosa. Especialmente, en los estados de tradición luterana, muy descristianizados, donde las iglesias llevaban el registro civil. El poeta Heine dijo que se bautizaba como si se tratara de un pasaporte social. Así sucede también con la familia de Wittgenstein, o con el propio Husserl); su bautismo apenas tuvo significado religioso (aunque más tarde ambos manifestaran cierto interés por el cristianismo).

En otros casos, supuso una verdadera y plena incorporación a la Iglesia, como se aprecia, por ejemplo, en la novelista de origen ruso y judío Irène Némirovsky. Muchos intelectuales judíos se interesaron personalmente por el cristianismo (Gustav Mahler, Franz Werfel, Henri Bergson). Una minoría mantuvieron y en algunos casos renovaron la fe judía (Buber o Rosenzweig). En otros muchos casos tendieron hacia el materialismo agnóstico o hacia posiciones de izquierda radical (comunistas). La tremenda experiencia del genocidio judío a manos de los nazis dio una nueva identidad (más histórica que religiosa) a la minoría judía restante, muy reducida. Y haría las conversiones más raras y más conscientes (Zolli, Lustiger). Hoy, además de Israel, la minoría judía más importante está en los Estados Unidos, donde hay que señalar también algunas conversiones (Nathanson. Novak).

Juan Luis Lorda
Gentileza de Arguments.es