SEGUIR A JESÚS


Nuestro mundo está sometido a muchas direcciones que alejan de Dios. La sociedad en la que vivimos no nos ayuda a seguir el camino de Jesús, pero ¿Qué debe de hacer el cristiano para no dejarse arrastrar por la tormenta de las distintas ocupaciones que el mundo nos propone?

Hay pocas personas que se arriesgan a querer vivir los mandamientos de Dios y su mensaje. Es más cómodo mantenerse en lo que está la mayoría que a entrar en las exigencias del Evangelio.

¿Cómo podemos tener valentía espiritual para lograr superar lo material?
La valentía espiritual viene sólo cuando la persona ha aceptado de verdad en su vida que Jesús es Dios y Señor de su existencia. Mientras eso no se dé la persona estará de un lado para otro, buscando más la aprobación de los demás que la fuerza del Evangelio.

Tenemos que pasar de los principios de este mundo a los principios del Evangelio, pero este camino no es fácil, es doloroso, fuerte, arriesgado. Este camino nos enfrenta a nosotros mismos y a los demás. Al buscar una vida en la que Cristo ocupe el primer lugar, el mejor “riesgo” es confiar, como niños, en la divina providencia.

El camino del cristiano es la crucifixión: “El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará. ¿De qué lesirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se destruye a sí mismo?” (Lc 9,23-25).Uniendo en sí a Dios y al hombre, el Señor nos llama a seguirle. Cuando seguimos a Cristo nuestro espíritu entra a vivir una nueva forma de ser.

Muchas veces nuestros obstáculos para el seguimiento de Jesús se dan incluso dentro de nuestra propia familia:”de modo que los enemigos de uno serán sus propios familiares.” (Mt 10,36). Nuestros familiares nos aman y nosotros les amamos, pero no conviene seguirles cuando nos impiden abandonarnos a Dios. En la medida en que nos aparten del único camino verdadero, se convierten en nuestros “enemigos”.

Si vivimos según los mandamientos de Dios, gradualmente, poco a poco, y siguiendo un proceso doloroso (no nos olvidemos de esto), recibimos la solución a muchos de los eternos problemas de la humanidad. En Cristo está la salvación de cada persona individual, la de los grupos reunidos en su nombre, así como la de todos los pueblos y la del mundo (ver Jn 4,42; Mt 12,21). No hay ni puede haber situación alguna que Él no pueda salvar. Hablando de este modo no pensamos que Él haya de curar necesariamente esta o aquella enfermedad, ni que haya de librarnos de esta o aquella desgracia física, moral o material, de todo tipo de violencia o, en general, de todo aquello que se considera un mal o una catástrofe, aunque todo eso esté en sus manos. La verdadera salvación consiste en que, en cualquier circunstancia, nos mantengamos en su amor, como Él “Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,10).
Todo amor llega a través de las pruebas y la verdadera amistad se conoce en la desgracia. Cuando el amor es más fuerte que la muerte, se perfecciona.

El combate espiritual del cristiano se concentra al comienzo en el propio interior; pero cuando se perfecciona, se convierte en oración por el mundo entero. El primer movimiento del amor se dirige a Dios; el segundo, al prójimo. Como el amor al Padre ha alcanzado su culminación en el Hijo encarnado, así el amor de este al hombre llegó también “hasta e fin” (Jn 15, 10-15; 13,1) Y es precisamente este amor el que nos está mandado.